¿Cómo superar la trampa de la dependencia de México frente a EU?
México enfrenta una división histórica en su relación con Estados Unidos bajo el T-MEC. Para evitar la trampa estructural de la dependencia y la mano de obra barata, el país debe transitar hacia una soberanía tecnológica. Expertos analizan por qué el nearshoring no es suficiente sin un proyecto nacional de desarrollo que trascienda los ciclos electorales. (Segunda y última parte)

POR JOSÉ RAMÓN LÓPEZ-PORTILLO ROMANO
VIII. El T-MEC: ventajas reales, asimetría estructural
El T-MEC —el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá que reemplazó al TLCAN en 2020— sustenta cerca de 2 billones de dólares en comercio regional, constituyendo el mayor bloque comercial del mundo en términos de volumen. Es, en ese sentido, un activo extraordinario para los tres países. Pero sería un error leerlo como un acuerdo entre iguales o como una garantía de desarrollo sostenible para México.
El T-MEC está diseñado de manera que EU puede condicionar la relación mediante una combinación de mecanismos: los derechos de propiedad intelectual —que protegen fundamentalmente a las corporaciones tecnológicas y farmacéuticas estadunidenses—, el acceso a materias primas y recursos energéticos, y las ventajas regulatorias que dan a EU capacidad de influir sobre las políticas domésticas de sus socios.
La cláusula Sunset, que obliga a las partes a revisar el tratado cada seis años, fue en su momento un elemento de presión que EU impuso para evitar que el acuerdo se “naturalizara” y perdiera su función como instrumento de negociación periódica. Trump ha decidido adelantar ese proceso de revisión, convirtiendo al T-MEC en un mecanismo de presión permanente más que en un marco de certidumbre para la inversión.

La comparación con la Unión Europea es instructiva. La UE también tiene sus asimetrías y sus tensiones internas, pero construyó a lo largo de décadas un conjunto de instituciones supranacionales, mecanismos de transferencia entre regiones ricas y pobres, libre movilidad de personas, y un marco de derechos ciudadanos que no tiene equivalente en América del Norte.
El T-MEC garantiza el libre flujo de bienes y algunos servicios, pero no de trabajadores ni de capitales en condiciones de paridad; no tiene instituciones supranacionales de arbitraje verdaderamente independientes; no contempla mecanismos de convergencia económica regional, y no define una visión compartida de Norteamérica como proyecto político. Es, en el mejor de los casos, un acuerdo comercial sofisticado. No es una integración.
IX. La trampa estructural el déficit estratégico
En este contexto, México enfrenta lo que puede llamarse una trampa estructural: una situación en la que la interdependencia con EU es suficientemente profunda para hacerla irrenunciable, pero en la que los términos de esa interdependencia son suficientemente asimétricos para convertirla en fuente permanente de vulnerabilidad.
EU puede imponer condiciones cada vez más exigentes —tarifas, modificaciones unilaterales al T-MEC, inhibición de inversiones, securitización de la agenda económica— porque sabe que los costos de salida para México son prohibitivos.
México no es percibido en Washington como un socio estratégico con intereses propios que merecen respeto y reciprocidad: es percibido como un factor de su propia seguridad y competitividad, cuya cooperación debe ser asegurada mediante incentivos y coerciones, no negociada en condiciones de paridad.
La evidencia más clara de esta trampa es la siguiente: todo lo que México ha hecho en años recientes para demostrar su valor como socio —contención migratoria en su frontera sur que ha reducido sustancialmente los cruces irregulares hacia EU, extradición de líderes criminales solicitados por la justicia estadunidense, entrega de operadores del crimen organizado de alto perfil— no ha sido suficiente para cerrar el tema de los aranceles.

La satisfacción personal de Trump —su percepción de si está “ganando” la negociación— es la variable determinante, no el cumplimiento de compromisos objetivos. Para Trump, esta es una relación transaccional y de suma cero: cada concesión de México es una ganancia de EU, cada ganancia de México es una pérdida para EU. No hay espacio conceptual, en esa lógica, para intereses compartidos ni para acuerdos de beneficio mutuo.
Y aquí está el problema más profundo que México no ha resuelto: la ausencia de una definición clara de su interés nacional estratégico en la relación con EU. No en el sentido abstracto y retórico en que esa frase suele usarse en los discursos de política exterior, sino en el sentido operativo: ¿qué sectores productivos quiere México proteger de manera no negociable? ¿Qué condiciones en la revisión del T-MEC considera inaceptables? ¿Qué capacidades tecnológicas quiere construir como prioridad nacional, más allá del ciclo electoral? ¿Qué concesiones está dispuesto a hacer y cuáles no, independientemente de la presión que se ejerza? No basta con decir “queremos el T-MEC”: hay que saber para qué se quiere, en qué términos, con qué salvaguardas y con qué visión de mediano plazo. Negociar sin esa claridad es la mejor manera de perder, incluso cuando se firma un acuerdo.
X. La integración sin centros de decisión
La dimensión más preocupante de la situación actual es que México ha integrado sus cadenas productivas a las de EU sin integrar sus centros de decisión. Si 80% de las exportaciones mexicanas depende de decisiones tomadas en juntas directivas en Detroit, Seattle o Bentonville —empresas estadunidenses o globales que producen en México, pero deciden en EU—, la soberanía económica de México es, en gran medida, una ficción contable.
México tiene los trabajadores, la tierra, los recursos y el acceso al mercado; EU tiene la tecnología, el capital, los modelos de negocio y los mercados de destino.
En esa ecuación, México es el socio junior que aporta los factores de producción de menor valor agregado.

Esta dinámica corre el riesgo de profundizarse en la era tecnoeconómica. Si las empresas que llegan a México bajo la lógica del nearshoring traen trabajo de ensamble y manufactura básica mientras retienen en EU o en sus países de origen el diseño, la ingeniería, el software y la propiedad intelectual, México se consolida como plataforma de bajo costo sin acumulación de capacidades propias.
El T-MEC, en ese escenario, no es un tratado de comercio que favorece el desarrollo de México: es, como señalé antes, un manual de operaciones para una subsidiaria llamada México —una economía que ejecuta las decisiones de otros y no acumula el capital intangible que define la posición en la jerarquía global de la era tecnoeconómica.
XI. ¿Dónde está el proyecto?
La pregunta que México debe hacerse con urgencia no es qué tan difícil es la coyuntura —la coyuntura siempre es difícil—, sino por qué un país con semejante dotación de activos carece de una estrategia de desarrollo que los articule. México es el primer proveedor de la economía más grande del mundo; es pieza clave del nearshoring en el contexto de la rivalidad EU-China; tiene un bono demográfico que es una necesidad estructural de la región; tiene una posición geográfica que no tiene precio en el sistema logístico global; y tiene cadenas productivas integradas con la economía más dinámica del planeta. La combinación de estos activos es extraordinaria. Y sin embargo, México es una de las economías más integradas a EU del mundo sin una estrategia nacional de desarrollo basada en esa integración.

La comparación histórica es devastadora. Corea del Sur, Taiwán, Irlanda y Singapur partieron de condiciones comparables o peores: economías pequeñas, dependientes, con recursos naturales limitados, insertas en relaciones asimétricas con potencias mayores. La diferencia no fue la dotación de recursos ni la geografía: fue la decisión política de usar esas relaciones asimétricas como palanca para el desarrollo tecnológico propio, en lugar de aceptarlas como el techo de las posibilidades.
Corea del Sur negoció con las corporaciones estadunidenses y japonesas transferencias tecnológicas como condición de acceso a su mercado; Taiwán construyó TSMC con apoyo estatal y se convirtió en el actor indispensable de la cadena de semiconductores global; Irlanda usó su acceso al mercado europeo y sus incentivos fiscales para atraer inversión de alto valor agregado en tecnología y farmacéutica; Singapur construyó un Estado hipercompetente capaz de transformar sus limitaciones geográficas en ventajas estratégicas.
Nosotros apostamos por la mano de obra barata como ventaja comparativa permanente. Y esas ventajas están siendo erosionadas simultáneamente desde tres flancos: la automatización y la inteligencia artificial reducen la demanda de trabajo repetitivo y de ensamble; el proteccionismo de EU amenaza las cadenas de valor integradas; y la competencia de otras economías emergentes —Vietnam, India, Indonesia— erosiona la ventaja de costos que durante décadas fue el argumento central para la inversión extranjera en México.
XII. La colonización digital y la soberanía tecnológica
A los riesgos anteriores se añade uno que apenas empieza a ser comprendido en su verdadera magnitud: la colonización digital. Si México permanece como usuario pasivo de algoritmos, plataformas y modelos de inteligencia artificial desarrollados y controlados por corporaciones extranjeras —principalmente estadunidenses y chinas—, estará pagando una renta tecnológica permanente: transferencias de valor hacia las propietarias de esas infraestructuras por el uso de herramientas que determinan cada vez más las condiciones de la actividad económica, la organización social y las decisiones políticas.
Y, más grave aún, sus decisiones públicas, económicas y de seguridad nacional serán crecientemente condicionadas por quienes controlan los datos, los algoritmos y las plataformas que procesan la información sobre la que esas decisiones se basan.
Esta nueva forma de dependencia tecnológica es estructuralmente diferente de la dependencia comercial o financiera tradicional: es más opaca, más profunda y más difícil de revertir una vez instalada. Las economías que no construyan capacidades propias en las tecnologías críticas de la era —inteligencia artificial, computación cuántica, biotecnología, energía limpia— quedarán atrapadas en una posición de subordinación tecnológica de la que será muy difícil salir, porque la brecha entre quienes tienen esas capacidades y quienes no las tienen se amplía exponencialmente en el tiempo.
Por ello, México necesita con urgencia una estrategia de Estado —no de gobierno, de Estado— construida sobre el triángulo energía-datos-talento. Energía, porque la transición hacia una economía descarbonizada requiere infraestructura energética suficiente y competitiva, y México tiene ventajas comparativas en renovables y en hidrocarburos que deben gestionarse estratégicamente.
Datos, porque la información es el insumo fundamental de la economía del conocimiento, y México debe definir marcos de soberanía sobre los datos que genera su población y su economía. Talento, porque ninguna de las transformaciones necesarias es posible sin capital humano de alto nivel en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas.
Esta estrategia requiere además alianzas con el Sur Global y con potencias medias —India, Brasil, Indonesia, la Unión Europea en algunos ámbitos— para construir capacidades propias fuera de la órbita de las grandes plataformas tecnológicas y reducir la dependencia de un único bloque.
XIII. Los cuatro pilares de una estrategia coherente
Todos los desafíos que enfrenta México —capturar el nearshoring de manera que genere capacidades propias, monetizar el bono demográfico en términos de productividad y no sólo de empleo barato, blindar la soberanía digital, reducir la vulnerabilidad macroeconómica frente a la volatilidad de Washington— tienen una lógica común: requieren talento, infraestructura y decisión estatal.
No pueden ser resueltos por el mercado solo, precisamente porque el mercado sin intervención estatal estratégica tiende a reproducir las asimetrías existentes en lugar de revertirlas. La evidencia de los últimos 40 años en México es concluyente: la apertura sin estrategia generó crecimiento sin desarrollo, integración sin soberanía, modernización sin equidad.

De ahí la necesidad de articular una estrategia en cuatro pilares que se refuercen mutuamente.
- El primero es la soberanía tecnológica: México no puede seguir dependiendo de infraestructuras digitales que no controla ni de la oligarquía tecnológica que domina los datos, los algoritmos y el poder computacional.
Esto requiere inversión pública y privada en semiconductores, en centros de datos propios, en modelos de inteligencia artificial entrenados con datos y en español, y en marcos regulatorios que impongan condiciones de transferencia tecnológica a las empresas extranjeras que operan en el país.
- El segundo pilar es la transformación educativa: una reconversión profunda del sistema educativo hacia las ciencias, la tecnología, la ingeniería, las matemáticas y el pensamiento crítico. Sin esta transformación, el bono demográfico —que es una oportunidad histórica con fecha de vencimiento— se convierte en una carga: millones de jóvenes sin las habilidades que demanda la economía del conocimiento, disponibles para el reclutamiento por parte del crimen organizado o para la emigración, pero no para el desarrollo económico del país.
- El tercer pilar es la política industrial y la banca de desarrollo. México necesita un Estado capaz de identificar sectores estratégicos, de apoyar activamente el desarrollo de empresas nacionales en esos sectores, y de usar los instrumentos de la banca de desarrollo —crédito, garantías, capital de riesgo— como facilitadores activos de innovación y no simplemente como estabilizadores del mercado financiero.
Las empresas mexicanas, en particular, deben ser incentivadas —y en algunos casos obligadas, como condición de acceso a contratos públicos o a beneficios fiscales— a invertir en innovación y en capital humano de alto nivel, y no a administrar indefinidamente rentas de mano de obra barata que la automatización está erosionando.
- El cuarto pilar es el fortalecimiento profundo del Estado: no en el sentido de un Estado más grande o más intervencionista en todos los ámbitos, sino de un Estado más competente, más transparente y más eficaz en las funciones que le son indelegables.
Esto incluye la capacidad regulatoria —que hoy está capturada en sectores críticos como las telecomunicaciones, la energía y el sistema financiero—; la capacidad fiscal —que requiere una reforma tributaria que amplíe la base, grave a las plataformas digitales globales y reduzca la evasión estructural—; la capacidad científica —que exige un aumento sostenido y estructural del gasto en ciencia, tecnología e innovación—; la capacidad energética —que requiere una planeación de largo plazo que combine seguridad energética con transición hacia renovables—; y el Estado de derecho, que es condición de posibilidad de todo lo demás, porque sin certidumbre jurídica no hay inversión productiva ni acumulación de capital humano de largo plazo.
XIV. Diversificación y coalición: la paradoja norteamericana
México necesita reducir su vulnerabilidad externa —su exposición a las decisiones unilaterales de Washington, a los ciclos políticos de EU y a las fluctuaciones de una sola economía de destino para sus exportaciones— sin incurrir en el error simétrico de buscar una ruptura con su principal socio que sería económicamente devastadora y políticamente inviable. La meta no es la autarquía ni el distanciamiento: es la diversificación suficiente para llegar a la mesa de negociación con mayor poder relativo.
México es una potencia media con un Estado débil. Esta fórmula sintetiza la brecha entre el potencial y la capacidad de ejercerlo. Una potencia media tiene el tamaño, la posición geográfica, los recursos y la inserción en las cadenas de valor globales para influir sobre el entorno internacional.

Un Estado débil no puede traducir ese potencial en influencia efectiva porque carece de las capacidades institucionales para ejecutar estrategias complejas, mantener compromisos de largo plazo y gestionar negociaciones de alta intensidad sin ceder ante la primera presión. Por eso, la construcción de poder externo y el fortalecimiento interno son las dos caras de una misma estrategia: sin fortaleza institucional, la coalición internacional no tiene quién la sostenga.
Hay una palanca de negociación que México usa poco y mal: EU no puede ganar la guerra comercial y tecnológica con China sin la plataforma manufacturera mexicana. Las cadenas de valor que corren a través de México son indispensables para la competitividad de la economía estadunidense en sectores críticos —automotriz, aeroespacial, electrónica, dispositivos médicos—.
Esta dependencia estructural es el principal activo de negociación que México tiene y que rara vez utiliza de manera explícita y estratégica para exigir transferencias tecnológicas, mejores condiciones laborales o compromisos de inversión de largo plazo por parte de las corporaciones que se benefician de la plataforma manufacturera mexicana.
La diversificación de socios tiene una lógica paradójica: para ser un miembro fuerte de Norteamérica, México debe ser un actor activo en el resto del mundo. Esto no es una contradicción, sino una condición de posibilidad: un México con relaciones diversificadas —con la Unión Europea, con América Latina, con la región del Indo-Pacífico, con la OCDE y con coaliciones de potencias medias— tiene más opciones, más información, más alternativas y, por tanto, más poder de negociación frente a Washington que un México encerrado en la relación bilateral. La diversificación no sustituye la relación con EU: la hace más equilibrada.
XV. El enemigo interno y la estrategia de Estado
Ninguna estrategia externa puede funcionar si no enfrenta con honestidad lo que mina a México desde adentro. La evasión fiscal —que priva al Estado de los recursos necesarios para las inversiones que el desarrollo requiere—, la corrupción en aduanas y en el sistema de justicia —que distorsiona los incentivos productivos y protege a los actores que extraen rentas en lugar de crearlas—, y el Crimen 4.0 —que erosiona la soberanía efectiva del Estado en amplios territorios y genera la inseguridad jurídica que inhibe la inversión productiva de largo plazo— son los tres factores internos que más limitan la capacidad de México de aprovechar sus ventajas estructurales.
Una estrategia de desarrollo coherente no puede ser propiedad de un gobierno ni de un partido. Los ciclos electorales de tres y seis años son insuficientes para los plazos que requieren las transformaciones estructurales en educación, infraestructura, ciencia y tecnología.
Lo que México necesita es una estrategia de Estado construida sobre el modelo de las cuatro hélices: gobierno, empresariado, academia y sociedad civil operando de manera articulada y con visión compartida de largo plazo.

Este modelo reconoce que ninguno de esos cuatro actores puede por sí solo generar la transformación que la era tecnoeconómica exige. El gobierno aporta el marco regulatorio, la política fiscal, la inversión pública en infraestructura y el poder de negociación frente a actores externos; pero sin los otros tres, su acción se vuelve burocrática, capturada o corta de miras.
El empresariado aporta capacidad de inversión, conexión con los mercados globales y señales sobre las necesidades reales de competitividad; pero sin visión de largo plazo ni corresponsabilidad social, tiende a optimizar rentas de corto plazo en lugar de construir capacidades. La academia aporta conocimiento, investigación aplicada y formación de talento de alto nivel; pero desvinculada del sector productivo y del Estado, su producción intelectual no se traduce en innovación con impacto económico.
La sociedad civil aporta legitimidad, supervisión ciudadana y representación de intereses que los actores institucionales con frecuencia ignoran; pero sin interlocución efectiva con los otros tres actores, su papel se limita a la denuncia sin incidencia real en las decisiones estratégicas.
La articulación de estas cuatro hélices en torno a una estrategia de Estado requiere acuerdos que trasciendan el ciclo electoral y comprometan a los actores fundamentales de la sociedad en torno a una visión de largo plazo sobre el tipo de inserción en la economía global que el país quiere construir, sobre las condiciones que está dispuesto a aceptar y las que no en su relación con EU, y sobre las reformas internas —fiscales, educativas, regulatorias, de Estado de derecho— que esa visión requiere. No se trata de un pacto corporativo ni de una mesa de negociación coyuntural: se trata de construir la institucionalidad que México nunca tuvo para traducir su potencial en desarrollo sostenido.
XVI. La bifurcación histórica
México se encuentra ante un momento de bifurcación histórica. Esta frase no es retórica: describe una situación en la que las decisiones que se tomen —o que no se tomen— en los próximos cinco a diez años tendrán consecuencias estructurales sobre la posición del país en la economía global de la era tecnoeconómica que serán muy difíciles de revertir.
El orden que México conoció durante cuatro décadas —la globalización liberal, la relación especial con EU, el Consenso de Washington como marco de política económica— está terminando. Hay una ventana de oportunidad real, determinada por la urgencia de EU de asegurar su cadena de suministro frente a China, que hace que México tenga en este momento un valor estratégico mayor que en cualquier otro momento de su historia reciente. Pero esa ventana no es permanente: se cerrará cuando EU encuentre otras soluciones, cuando la automatización reduzca la demanda de manufactura intensiva en trabajo, o cuando otros países ofrezcan mejores condiciones para la relocalización.
El potencial no se convierte automáticamente en prosperidad. Nunca lo hace. La historia económica global está llena de países con grandes dotaciones de recursos naturales, ventajas geográficas o posiciones estratégicas que no supieron convertirlas en desarrollo sostenible porque carecían de las instituciones, las estrategias y los acuerdos políticos necesarios para hacerlo.
México tiene todos los ingredientes para ser uno de los grandes ganadores de la reorganización de la economía global que está en curso. La pregunta es si tiene la claridad intelectual para entender lo que está pasando, el coraje político para tomar las decisiones que ese entendimiento requiere, y la capacidad institucional para ejecutarlas con coherencia y continuidad a través de los ciclos electorales.

No podemos asumir que la hegemonía benigna volverá cuando Trump se marche. Ese ciclo terminó, independientemente de quién esté en la Casa Blanca. La pregunta que México debe hacerse —y que hoy no tiene respuesta— es cuál es su interés nacional estratégico. No la reacción del día. No el comentario de la semana. La visión de largo plazo.
Eso implica definir qué queremos, qué le exigimos a EU y qué no estamos dispuestos a aceptar. Sin esa brújula, seguiremos siendo rehenes de la agenda del vecino. La alternativa —crecer por inercia, sin proyecto propio, rehén de cada ciclo político al norte de la frontera— es la receta para reproducir décadas de desigualdad y vulnerabilidad.
En la era tecnoeconómica, esa pasividad ya no es sólo un fracaso económico. Es un riesgo existencial para la viabilidad del Estado mexicano. La pregunta está sobre la mesa. La respuesta nos toca a nosotros.
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