¿Qué dice de un país que todavía haya mujeres muriendo mientras dan vida?
Como todos los 10 de mayo, flores, restaurantes, festejos y publicaciones en redes sociales por el Día de las Madres fueron la constante. Sin embargo, poco se habló de la mortalidad materna. La OMS estima que, globalmente, cada dos minutos muere una mujer por causas relacionadas con el embarazo o el parto y México no es ajeno a esa tragedia: para muchas mexicanas, tratar de convertirse en madre puede costarles la vida por causas relacionadas con el embarazo, el parto o el puerperio. Y lo más doloroso es que muchas de esas muertes eran prevenibles.
Los datos oficiales reportaron 470 muertes maternas en el país en 2025, es decir, unas 25 defunciones por cada 100 mil nacimientos estimados. En los países de la OCDE, la razón promedio de mortalidad materna es de aproximadamente 10 muertes por cada 100 mil nacimientos vivos. La mortalidad materna en mexicanas es aproximadamente cuatro veces mayor que el promedio de las economías más desarrolladas del mundo. La mortalidad materna no es sólo un indicador médico, también es el reflejo de desigualdad, pobreza y abandono institucional. Para ponerlo en perspectiva, detrás de cada cifra hay una historia brutalmente interrumpida: una mujer que no llegó a tiempo al hospital, una condición mal atendida o un sistema de salud que simplemente no respondió. Las principales causas siguen siendo enfermedades hipertensivas del embarazo, hemorragias obstétricas, abortos complicados y embolias.
La desigualdad también mata. Estados como Guerrero, Chiapas, Veracruz y Estado de México concentran algunas de las tasas más altas. Aunque es común que la conversación de salud pública esté frecuentemente enfocada en la atención de las enfermedades, buena parte del futuro sanitario de un país se define en realidad en los primeros mil días de vida —270 días del embarazo y los primeros dos años de vida— porque son una verdadera ventana crítica para el desarrollo neurológico, inmunológico y metabólico de una persona.
Por ello, también para las mujeres que sí logran dar a luz, el embarazo, la nutrición materna, la lactancia, las vacunas, la estimulación temprana y el acceso a controles prenatales son cruciales. Este sensible periodo no admite pausas políticas ni sexenales. La calidad de vida de esas mamás y el desarrollo de los niños mexicanos no espera presupuestos, porque el neurodesarrollo no entiende de burocracia. Lo que ocurra en ese periodo puede modificar el riesgo futuro de obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, problemas de aprendizaje e incluso trastornos de salud mental. En otras palabras: el futuro epidemiológico de México empieza antes del nacimiento.
Por eso es relevante que la Secretaría de Salud haya incorporado dos instrumentos que podrían redefinir el enfoque preventivo del país: el nuevo Pronam de vacunación a lo largo de la vida y el Pronam de los primeros mil días. No son documentos menores. Son una declaración de hacia dónde debería caminar el sistema sanitario mexicano. El nuevo protocolo incorpora algo fundamental: la salud materno infantil es mucho más que “atender partos”. Es construir desarrollo humano de las futuras generaciones.
Estos Pronam incluyen controles prenatales tempranos, vigilancia nutricional, suplementación con ácido fólico y hierro, detección de depresión perinatal, promoción de lactancia materna exclusiva, tamices neonatales, evaluación del desarrollo infantil y esquemas completos de vacunación. El enfoque es correcto. El reto será convertirlo en realidad.
Un embarazo mal vigilado puede convertirse años después en un adolescente con rezago educativo, obesidad o enfermedad crónica. Una depresión perinatal no atendida puede afectar el vínculo temprano madre-hijo y alterar procesos fundamentales del desarrollo emocional. Una vacuna no aplicada no es sólo una omisión administrativa: es una puerta abierta al regreso de enfermedades que el país ya había logrado controlar.
Proteger a una mujer embarazada y a un recién nacido no es un acto asistencial, sino decisión estratégica de país. No podemos aspirar a un futuro más sano mientras no cuidemos el momento exacto en que la vida comienza.
