María Luisa Mendoza
Una vez tuve un médico en casa…
A veces se antoja escribir de lo que le sucede a uno adentro o afuera. Yo siempre pido perdón porque soy lo suficientemente profesional como para saber que el mundo se está acabando y la experiencia milimétrica de un solo ser humano le interesa a Dios cuando más. No obstante, me veo a mí misma, cuánto me inclino ante los sucesos de los habitantes de la Tierra, no exclusivamente frente a la inaudita desdicha de los expatriados, los que van caminando por partes inhabitables, ardientes o heladas, cargando a sus pequeñitos niños que lloran en sus brazos o de plano ya no tienen fuerzas para hacerlo.
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De todos modos periodistas y un ignorante que se dice español
De veras que los periodistas ya no sabemos para dónde volver la cara. A la menor provocación, nos agreden, y de ser posible, nos matan.
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La Semana Santa al revés volteado
Estoy escribiendo al terminar casi la Semana Santa, cuando todo el mundo está de viaje y bebe ricas heladas cervezas a la orilla del mar. Lo malo es la multitud que a ese mundo lo rodea.
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Mi “Victoria de la República”, mi luz de abril
¡Qué espejismo, qué rompecabezas, cuántas sorpresas en el simple ejercicio de vivir! Sé en lo profundo de mí que los muchos sufrimientos tenidos, las enfermedades infantiles como enormes fantasmas, pero que desaparecen siempre siempre, a diferencia de estas asestadas en la finalidad de la vida, largas como la cuaresma (decíamos de niños), ya no se van... cada vez caminas peor, no comes lo debido, sino bajo un régimen de prohibiciones infames.
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La última risa, la última ropa, la última imagen...
La tarea del periodista no cesa. Desde la primera vez allí está, exigiendo, corrigiendo, en la demanda de una enamorada intolerable, en realidad nacida para no matrimoniarse jamás a fuer de no condenar al infierno en la tierra a un pobre infeliz.
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La ordeña de las aguas profundas
Pocos son los seres que te brindan la idea de las aguas profundas. Ni siquiera a bordo del trasatlántico, al cual me invitó Enrique Fernández Martínez para hacer una travesía junto a sus hijos, su mujer, yernos y nietos, sentí la hondura como una vez desde la orilla de un barrio pobre, al cual me llevaron mis primos de paseo en Tampico.
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El himno de las casas
Las casas cantan: a veces ópera, villancicos, himnos religiosos de la infancia o pequeñas canciones de amor que uno jamás olvida. Una lata.
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Siempre a propósito de Excélsior
El mundo se ha vuelto una catástrofe; he aquí a lo irremisible que se enfrenta el periodista, el eterno mirador del acontecer, entercado en ser verídico y tentado por la fantasía de inventar.
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Las cosas les pesan a los escritores mexicanos
Ríos revueltos, no veo el fondo, en mi tierra se dejan venir feroces, alebrestados, traen el ruido de la guerra, todo cuanto hay es atemorizante, hasta la mera mención de algo (leía que en la UNAM da miedo hablar del auditorio Che Guevara y allí sigue intocada).
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El gran periodismo del mundo
Los periodistas lo único que sabemos decir a los demás es “tengo que escribir” y desaparecemos por una rendija. Así son los maridos en la generalidad: nunca están.
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De humillaciones y una infatuación
Humillar es un verbo que hasta pronunciarlo duele, encorajina. En nuestro país es muy acusado por la práctica, no sólo de los machines, sino y sobre todo, de las mujeres cuya puntería es perfecta. Todos huyen de confesar haber sido humillados, pero es un capítulo que yo me sé muy bien, al grado de apuntar en una lista ominosa los malos recuerdos desde la infancia... no sé: una profesora religiosa agria e inmisericorde, al grado de tener que intervenir mi padre, abogado gran señor...
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¿Cómo se puede querer a Trump y a la marmota?
Aquí estoy ante la computadora, aterrada del griterío de mi cabeza que es como un campo de futbol, un súper juego con miles de gritones. Lo que quiero decir es que tengo un millón de temas a tratar, desde el preciso que enumeraba a los seres que amo aun sin conocer, mis colegas deslumbrándome por las mañanas con el primer café y los lomazos de mis perros, especies desconocidas del amor que ya quisiera yo para un día de fiesta de a de veras.
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Lucerote Isaac
Vamos a ver, ¿qué es una amistad? Las hay de toda la vida, como con las primas hermanas, y otras accidentales o que aparecieron en el reparto de la obra, generalmente dramática...
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“Dame el nombre exacto de las cosas”
He estado afuera del jardín de las rosas de la casa de Margarita Michelena. Era en esquina y no sé por qué la luz se extiende como si estuviera en la montaña, sin nada alrededor. Ha de ser una repetición de mis sueños consuetudinarios en los que la soledad es el escenario. Como han transcurrido una o dos semanas y conociéndome, temo que desaparezca la escena y me obligo a escribirla a pesar de mis muchos males tontos que me aquejan sin misericordia. Es que no es posible pasarse la vida dormida habiendo tantas cosas que hacer...
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Una mexicana color café con leche ante Lucifer
La última vez que estuvimos con Gorky González era una de esas mañanas plácidas del pueblo de Guanajuato. Carmen Parra y yo lo fuimos a saludar porque estaba enfermo de una pata —como decíamos—. Él juraba que era por el enterramiento de la uña de costumbre, pero creemos que más bien era la diabetes.
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Tan vil como Trump se pinta
¿Qué hace un escritor frente a la inutilidad de los temas, teniendo a Trump como la piedra de toque de cualquier conversación? Suena el teléfono y te pregunta una colega, ¿cuál es tu más acendrado deseo actual?... que muera Donald Trump. ¿Cuál es tu más decepcionante deseo?... que no muera Donald Trump. Así los chistes van y regresan.
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Empiezo el año con mi muerterío
Ya puedo decir en verdad que cayó la tarde. Es invierno y las noches son heladas y negrísimas. Mis sueños con muertos han multiplicado mi insomnio. No cabe duda que he amado mucho a los que se fueron y por eso, ellos lo saben, me están viniendo a ver diariamente.
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Para despedir el año saludo a Carmen Parra
Toda una vida en la canica del relato breve, la pluma, el suspiro, el parpadeo. Me he pasado la vida sentada frente a los óleos de Carmen Parra en distintos estudios atiborrados de luz, perros, flores, libros y retratos del más allá y acá, donde estamos emparedados su luminoso padre Manuel, su hijo, sus nietos, y todos los que hemos vivido su verdadera vida aquí y en el mundo entero. Relatarla, empezando por su hermosa alta frente, sus ojos tan bellos, y la sapiencia acumulada en los años que el destino reunídonos ha...
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El cuento de nunca acabar
Sostengo la peregrina idea de que el año que está acabando —en caridad de Dios— no existió. Solamente lágrimas, separaciones, guerrillas, acribillamiento de la fama y la felicidad de ser respetados, y para acabarla de amolar, la espantable presencia de un ser llamado Trump que trae asolado al mundo entero. Yo entiendo que sobre la faz de la tierra caminemos seres enamorados de esta gran aventura que es la vida, pero también otros en la adversidad tonta de preferir la muerte a tales augurios.
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La memoria de Rafael Tovar y de Teresa era el paraíso
Subía unos escalones hasta la puerta de madera. Era otro tiempo, un México distinto que todavía nosotros vivimos, sin preámbulos ni angustias graves. Éramos muy jóvenes y muy católicos. Nos encontrábamos todas las tardes en la Facultad de Letras de la UNAM, allá por San Cosme, un edificio memorable lleno de alumnos un tanto desesperados por aprender, saber, ser mejores que los de junto y tomar religiosamente el té y las empanadas en el café de los sótanos bajo el orden un tanto espartano de “Las Polveaditas”.
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