María Luisa Mendoza

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Una vez tuve un médico en casa…

A veces se antoja escribir de lo que le sucede a uno adentro o afuera. Yo siempre pido perdón porque soy lo suficientemente profesional como para saber que el mundo se está acabando y la experiencia milimétrica de un solo ser humano le interesa a Dios cuando más. No obstante, me veo a mí misma, cuánto me inclino ante los sucesos de los habitantes de la Tierra, no exclusivamente frente a la inaudita desdicha de los expatriados, los que van caminando por partes inhabitables, ardientes o heladas, cargando a sus pequeñitos niños que lloran en sus brazos o de plano ya no tienen fuerzas para hacerlo.

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María Luisa Mendoza

Mi “Victoria de la República”, mi luz de abril

¡Qué espejismo, qué rompecabezas, cuántas sorpresas en el simple ejercicio de vivir! Sé en lo profundo de mí que los muchos sufrimientos tenidos, las enfermedades infantiles como enormes fantasmas, pero que desaparecen siempre siempre, a diferencia de estas asestadas en la finalidad de la vida, largas como la cuaresma (decíamos de niños), ya no se van... cada vez caminas peor, no comes lo debido, sino bajo un régimen de prohibiciones infames.

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María Luisa Mendoza

La ordeña de las aguas profundas

Pocos son los seres que te brindan la idea de las aguas profundas. Ni siquiera a bordo del trasatlántico, al cual me invitó Enrique Fernández Martínez para hacer una travesía junto a sus hijos, su mujer, yernos y nietos, sentí la hondura como una vez desde la orilla de un barrio pobre, al cual me llevaron mis primos de paseo en Tampico.

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María Luisa Mendoza

De humillaciones y una infatuación

Humillar es un verbo que hasta pronunciarlo duele, encorajina. En nuestro país es muy acusado por la práctica, no sólo de los machines, sino y sobre todo, de las mujeres cuya puntería es perfecta. Todos huyen de confesar haber sido humillados, pero es un capítulo que yo me sé muy bien, al grado de apuntar en una lista ominosa los malos recuerdos desde la infancia... no sé: una profesora religiosa agria e inmisericorde, al grado de tener que intervenir mi padre, abogado gran señor...

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María Luisa Mendoza

¿Cómo se puede querer a Trump y a la marmota?

Aquí estoy ante la computadora, aterrada del griterío de mi cabeza que es como un campo de futbol, un súper juego con miles de gritones. Lo que quiero decir es que tengo un millón de temas a tratar, desde el preciso que enumeraba a los seres que amo aun sin conocer, mis colegas deslumbrándome por las mañanas con el primer café y los lomazos de mis perros, especies desconocidas del amor que ya quisiera yo para un día de fiesta de a de veras.

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Lucerote Isaac

Vamos a ver, ¿qué es una amistad? Las hay de toda la vida, como con las primas hermanas, y otras accidentales o que aparecieron en el reparto de la obra, generalmente dramática...

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María Luisa Mendoza

“Dame el nombre exacto de las cosas”

He estado afuera del jardín de las rosas de la casa de Margarita Michelena. Era en esquina y no sé por qué la luz se extiende como si estuviera en la montaña, sin nada alrededor. Ha de ser una repetición de mis sueños consuetudinarios en los que la soledad es el escenario. Como han transcurrido una o dos semanas y conociéndome, temo que desaparezca la escena y me obligo a escribirla a pesar de mis muchos males tontos que me aquejan sin misericordia. Es que no es posible pasarse la vida dormida habiendo tantas cosas que hacer...

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María Luisa Mendoza

Una mexicana color café con leche ante Lucifer

La última vez que estuvimos con Gorky González era una de esas mañanas plácidas del pueblo de Guanajuato. Carmen Parra y yo lo fuimos a saludar porque estaba enfermo de una pata —como decíamos—. Él juraba que era por el enterramiento de la uña de costumbre, pero creemos que más bien era la diabetes.

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María Luisa Mendoza

Tan vil como Trump se pinta

¿Qué hace un escritor frente a la inutilidad de los temas, teniendo a Trump como la piedra de toque de cualquier conversación? Suena el teléfono y te pregunta una colega, ¿cuál es tu más acendrado deseo actual?... que muera Donald Trump. ¿Cuál es tu más decepcionante deseo?... que no muera Donald Trump. Así los chistes van y regresan.

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María Luisa Mendoza

Empiezo el año con mi muerterío

Ya puedo decir en verdad que cayó la tarde. Es invierno y las noches son heladas y negrísimas. Mis sueños con muertos han multiplicado mi insomnio. No cabe duda que he amado mucho a los que se fueron y por eso, ellos lo saben, me están viniendo a ver diariamente.

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María Luisa Mendoza

Para despedir el año saludo a Carmen Parra

Toda una vida en la canica del relato breve, la pluma, el suspiro, el parpadeo. Me he pasado la vida sentada frente a los óleos de Carmen Parra en distintos estudios atiborrados de luz, perros, flores, libros y retratos del más allá y acá, donde estamos emparedados su luminoso padre Manuel, su hijo, sus nietos, y todos los que hemos vivido su verdadera vida aquí y en el mundo entero. Relatarla, empezando por su hermosa alta frente, sus ojos tan bellos, y la sapiencia acumulada en los años que el destino reunídonos ha...

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María Luisa Mendoza

El cuento de nunca acabar

Sostengo la peregrina idea de que el año que está acabando —en caridad de Dios— no existió. Solamente lágrimas, separaciones, guerrillas, acribillamiento de la fama y la felicidad de ser respetados, y para acabarla de amolar, la espantable presencia de un ser llamado Trump que trae asolado al mundo entero. Yo entiendo que sobre la faz de la tierra caminemos seres enamorados de esta gran aventura que es la vida, pero también otros en la adversidad tonta de preferir la muerte a tales augurios.

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María Luisa Mendoza

La memoria de Rafael Tovar y de Teresa era el paraíso

Subía unos escalones hasta la puerta de madera. Era otro tiempo, un México distinto que todavía nosotros vivimos, sin preámbulos ni angustias graves. Éramos muy jóvenes y muy católicos. Nos encontrábamos todas las tardes en la Facultad de Letras de la UNAM, allá por San Cosme, un edificio memorable lleno de alumnos un tanto desesperados por aprender, saber, ser mejores que los de junto y tomar religiosamente el té y las empanadas en el café de los sótanos bajo el orden un tanto espartano de “Las Polveaditas”.

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