La última risa, la última ropa, la última imagen...
La tarea del periodista no cesa. Desde la primera vez allí está, exigiendo, corrigiendo, en la demanda de una enamorada intolerable, en realidad nacida para no matrimoniarse jamás a fuer de no condenar al infierno en la tierra a un pobre infeliz.
No obstante, somos millones los que caemos y somos felices, y no atisbamos la vida de otra forma, porque los que no la ejercen simplemente no entienden que a veces, al estarnos vistiendo por la mañana, un pensamiento gélido se atraviesa por la frente y vemos clarito la posibilidad de ser esa ropa interior o externa la última vez que la usemos. Sobre todo, si estamos cumpliendo una orden peligrosa quizá o vamos a abordar cualquier nave que nos lleve lejos de nuestra casa, los padres, los hijos, los perros, el encuentro prometido para unos días... ya no los zapatos de viaje, el saco hermoso y calientito, la boina y el colgado al frente, sobre el pecho, la credencial de prensa que nos regaló Humphrey Bogart en aquel sueño donde entrevisté a Winston Churchill... Lo único inolvidable para mí es la palabra en mayúsculas Press.
Así aquel amanecer friolento se fue poniendo prenda tras prenda con mucho cuidado porque tenía prisa y su hijo revoloteaba los cubiertos del desayuno, ya muy arreglado con su suéter azul marino, la camisa inmaculada, la corbata de rigor en la escuela. “¡Mamá!”, gritó y continuó desayunando de prisa y riendo por nada al recuerdo de algo que iban a hacer los cuates y él a bordo del auto de la mamá que contestó “¡ya voy...!”, viéndose al espejo.
Ella también sonreía, su propia travesura después de realizar el pequeño espionaje desde los árboles de la alameda de la casa del “comandante”, como le decían a su villano de aquella mañana, el que tanto le coqueteaba aun sus malas caras y la helada manera con la cual se refería a él, sin quitarle el anticipado “señor” para marcar más aún su distancia en la vida, ella tal periodista (y al comandante de todos los comandantes, aun los de las caricaturas).
En el periódico hicimos rifas, premios, comparaciones, todo lo que se nos ocurrió para desportillarlo un poquito, pero fue inútil, el Coman salió con diez de la prueba... y sí, era muy guapo, alto, bien plantado, pulcro impecable, todo un caudillo con cara de gente decente ¡y cómo ve! No era posible sostenerle aquel discurso secreto que todas traducíamos.
Claudio ya estaba en el asiento del copiloto... Catorce años y una sonrisa, sus pestañotas subrayaban las luces amarillas de león de la selva. “¡De circo, mamá, pero rugidor!”. Risas. Ella luchaba con la rueda direccional y ya estaba adentro escribiendo el principio de su nuevo artículo y se contestaba a sí misma si iba bien (Camilo) (vas bien Fidel) todo esto en su cabeza levemente enmarañada... Tan bonita Miros, buena periodista, honrada como le enseñaron en su casa y aleccionaba a sus chicos... iba llevando el carro hacia atrás cuando oyó un trueno, dos, espantosos... los demás, ya estaba muerta.
Esta mínima historia es de nosotros los periodistas que la lloramos en toda la República sin entender nada. Lo mismo me ocurrió con Manuel Buendía, a quien le insistía adentro que me respondiera... y a la imagen de los niños Corral de la calle del Naranjo en la colonia Santa María la Ribera, a una media cuadra de nuestra casa de la infancia... la evoco enorme, con grandísimos árboles y en donde jugarían los muchachos Corral, compañeros de mis hermanos en el Colegio Cristóbal Colón y en donde todavía no resonaban los tiros y Miroslava leía también en el jardín de su casa. Los periodistas traemos el alma en las manos extendidas...
