Una vez tuve un médico en casa…
A veces se antoja escribir de lo que le sucede a uno adentro o afuera. Yo siempre pido perdón porque soy lo suficientemente profesional como para saber que el mundo se está acabando y la experiencia milimétrica de un solo ser humano le interesa a Dios cuando más. No obstante, me veo a mí misma, cuánto me inclino ante los sucesos de los habitantes de la Tierra, no exclusivamente frente a la inaudita desdicha de los expatriados, los que van caminando por partes inhabitables, ardientes o heladas, cargando a sus pequeñitos niños que lloran en sus brazos o de plano ya no tienen fuerzas para hacerlo.
Quebrado el corazón, veo y veo la foto borrosa del periódico… me pasa lo mismo, excusándome por la aparente comparación que quizá no venga al caso, con los retratos de los animales heridos. Muertos de hambre trepados en el último témpano de hielo en un mar aguado que ayer impedía a los barcos avanzar como en los noticieros (o los delfines que ayer vi en una y otra de las redes de pescadores, apretujados, entre pescados que elegantearán una mesa de banquetes, y ellos serán devueltos a las aguas ya muertos, con toda su gracia, su encanto, su principio de ser como tú o como yo).
Pero cuando tienes muchos años de enfermedad y no alivio: que de los ojos donde reinó la uveítis un tiempo terrible, mientras hacías una campaña política, u otras peores enfermedades conduciendo silenciosamente a la ceguera o el martirio de una pierna rota, mas operada, que carga tu cuerpo aparentemente enorme, y en la chuecura va produciendo males bárbaros en la columna vertebral. O la maldición del estómago siempre prendido como bracero de carbón.
Y ya no digamos de la piel enrojecida y abierta en canal si llueve, si corre por el aire el heno, si se comió con gula deleitosa un huachinango de antología, el camaroncito, o los taquitos de pescado de Tuxpan, etcétera.
Como decía la abuela de Beatriz Reyes Nevares: “Si no me duele la pata me duele la oreja…” Mi hermana y yo nos enfermábamos de las cosas más raras que hacían desesperar a nuestro hermano, el eminente doctor Manuel Mendoza, quien para tratar de escapar nos gritaba: “¡Soy pediatra, no gerontólogo!”…
Pero nadie nos ha curado mejor, su diagnóstico era formidable, nada de radiografías. Sangre sustraída, vueltas espaciales en el aire, en fin, todo eso humillante y doloroso que se les ocurren a los médicos de ahora mientras más distinguidos mejor… ahí me tienen en la desnudez de rigor para saber si siento los piquetes de aguja o el estruendo de las rodillas, como alcancía con veinte pesos en monedas.
No quiero perder el temple de guerrera frente a mi hija Viviana, quien me cree muy valiente en las sesiones del cumplimiento de los mandatos médicos, los cuales hemos combatido durante años con terapias inacabables (subo una pata cien veces, aleteo con los brazos arriba, atrás, camino de lado, voy y vengo. Rezo en silencio, pujo, respiro como si fuera huésped de La Montaña Mágica…). Una vez tuve un médico en casa… pero se murió…
