La Semana Santa al revés volteado
Estoy escribiendo al terminar casi la Semana Santa, cuando todo el mundo está de viaje y bebe ricas heladas cervezas a la orilla del mar. Lo malo es la multitud que a ese mundo lo rodea.
Una vez a Carmen Parra y a mí nos sucedió que teníamos enormes ganas de meternos al mar visto por nosotras como niñas desde el balcón de la casa de su papá en Acapulco y decidimos ir en mi camioneta a la playa. Vuelvo a insistir en la circunstancia de la Semana Mayor.
Pero a fuer de llegar a la orilla del mar teníamos que entrar por el hall de un hotel de súper lujo y eso nos dio una cierta seguridad de encontrar, por lo menos, sillones donde sentarnos. Craso error: era un tumulto estruendoso entamalado con el cuadrante de la musicalidad y el triunfo de la multiplicación de los vendedores ambulantes. Conseguimos un par de sitios destartalados en la última fila entre arrumacos de novios y la salsa más a todo meter de la popularidad.
Ella entraba al agua y yo cuidaba nuestras bolsas, amén de las excusabarajas con la comida que nos prepararon las muchachas del servicio del arquitecto. Así estuvimos un tiempecito cuando de pronto nos dimos cuenta, aterrorizadas, de que en la arena, detrás de nuestras poltronas, estaba tirado un cadáver, yo creo que ya tieso y ni quién dijera que por ahí se podría. Fin.
Otra Semana Santa mi padre, a quien le encantaba ir con nosotros, sus hijos, a donde fuera y era feliz dándonos recuerdos, como él decía... Fuimos a Veracruz, rico, llenos de música tropical, de camarones y patas de cangrejo en los portales, oyendo la maravilla de los sones con sus letras prodigiosas y en los únicos donde aguanto el arpa, que me parece insoportable y por ende en pocas ocasiones (espejos, viajes alados, abejorros y angelitos).
Así, en vísperas de regresar a Guanajuato, se le ocurrió a mi papá excursionar en la isla de Sacrificios y una tarde, en pleno buen tiempo, allí vamos en una lancha alquilada con motor y todo.
No llegamos a tierra isleña, el agua se empezó a alebrestrar y conforme avanzábamos la cosa se ponía peor, de olitas pasábamos a olones y ni siquiera los recuerdos de múltiples novelas —todavía yo no llegaba a Moby Dick, pero mi papá sí— amainaban... por supuesto nos regresamos, pero en medio de una tormenta de aúpa... mi mamá tenía un rostro más estrujado que de costumbre, Manuel iba arropado por mi padre pero no lloraba, y la única dejada de la mano de Dios era su servidora que agarrada con diez uñas de la borda rezaba a voz en cuello del pánico tal que nunca más he tenido. Yo creo que solamente el lanchero, que ni marinero era, ni nada, sobrepasaba el susto... y ahí los quiero ver: la furia de veras del mar veracruzano que es de una magnitud portentosa... no naufragamos porque el Sagrado Corazón cubrió con su manto desde siempre a mi madre, su devota absoluta sin medida, al grado de que sus estudios completos del colegio se rigieron bajo el patronato del Sagrado y sus cartas allí están picuda letra a letra, fina y espigada. Hasta los recados a la cocinera llevaban la elegancia de sus estudios infantiles.
Muchos años pasaron para que yo le perdiera el miedo al mar, pero como una penitencia me sigo mareando, aunque vaya bogando por el lago de Chapultepec o el Pacífico o el Mediterráneo o el exquisito mar de las islas griegas. Y eso que conté fue en un jueves santo, así que ya se imaginarán la memoria guardada en mi subconsciente.
En el único viaje que hice en un trasatlántico muy elegante me dio neumonía y no me les fui porque Dios es grande y no era mi raya. Pero sí fue el mal fario del pasado.
