La memoria de Rafael Tovar y de Teresa era el paraíso
Subía unos escalones hasta la puerta de madera.
Era otro tiempo, un México distinto que todavía nosotros vivimos, sin preámbulos ni angustias graves. Éramos muy jóvenes y muy católicos. Nos encontrábamos todas las tardes en la Facultad de Letras de la UNAM, allá por San Cosme, un edificio memorable lleno de alumnos un tanto desesperados por aprender, saber, ser mejores que los de junto y tomar religiosamente el té y las empanadas en el café de los sótanos bajo el orden un tanto espartano
de “Las Polveaditas”.
En el patio estaban sembrados cuatro arbolitos de naranjas. Después de clases, seguíamos en esa carrera desbocada de escribir alguna vez la gran novela. Algunos, los del grupo, nos escapábamos a la enorme deslumbrante biblioteca del doctor Canale y del amado Eleazar Canale, padre a su vez de Ernesto de la Peña, nuestro mentor, ejemplo de sabiduría y que nos llevaba a vivir una juventud de veras esplendorosa, incomparable. Toda esta entrada es tal vez para no llegar al asunto vital y mortal que me ha agobiado esta semana: Rafael Tovar y de Teresa y su todavía increíble muerte. ¿Cómo es posible? A mí, por lo general, no me cuesta trabajo escribir y menos mis artículos para ganarme la hogaza y la de mi gente de mí dependiente, pero el deceso de Rafael, confiésome padre, me venció... es como existir sabiendo que no se pueden ir los días sin que dejemos de asistir a un velorio con su respectivo entierro, como cuando chicos en la provincia y eran cumplidas las leyes que vienen desde los siglos atrás. Casa, comida y sustento para luego los nueve rosarios nocturnos y el luto riguroso aún entre los adolescentes.
En lo que a mí respecta, he de rogar se me excuse estar presente en casi todos los relatos... ya se sabe que soy la mujer que tengo más a la mano. Así iba subiendo la escalinata de la casa de los Canale y de inmediato, al abrirse la puertota, preguntaba por Eleazar... habíamos hecho buena amistad y me encantaba platicar con él cuando se encontraba en su biblioteca.... “no está —me respondían por lo general— se fue a casa de los De Teresa”. Las dos familias eran amigas de varias generaciones y sus miembros poseían la misma clase llena de brillores distinguidos, con una enorme elegancia, y el lujo de la cultura y la amabilidad de las grandes familias “de antes”. Heredaban el encanto de la buena memoria, el amor a la patria sin pena de la palabra, eran grandísimos mexicanos y los abuelos de todos ellos habían transitado la historia. Así como nosotros sabíamos tanto de la Independencia y la Revolución, así ellos hablaban de sus familias y de los personajes de quienes descendían. Y así también, como oí el apellido De Teresa, para siempre fui descubriendo con quiénes estaban ellos emparentados. Pedazos relampagueantes de la misma historia de la nación aparecían en sus recuerdos, y éstos eran el paraíso como comprendió Rafael y lo sabía Ernesto, y lo leí ratificado, luego en las crónicas noveladas de aquellos años que se nos antojan lejanísimos, y estaban allí a la vuelta de la mesa a la hora de comer, como lo dijo Octavio Paz de los relatos que oía de su abuelo, tan vívidos “que el mantel olía a pólvora...” (cito de la puritita memoria desportillada porque textualmente yo tampoco ya no tengo tiempo para ir a buscar la textualidad).
Para mí, Rafael Tovar y de Teresa junto con Enrique Creel y tal vez Elena Garro son quienes mejor me han contado —de contar— la historia de sus familias. Y sí, son el paraíso.
Al velo luctuoso... que me sobrevino con la desaparición de René Avilés Fabila, ya casi no me permite ver el futuro, esa negritud que nos viene como siempre del Norte... hoy Trump. ¿Qué habremos hecho para este sufrimiento?
