De todos modos periodistas y un ignorante que se dice español

De veras que los periodistas ya no sabemos para dónde volver la cara. A la menor provocación, nos agreden, y de ser posible, nos matan. 

Los periodistas formamos un gremio muy particular: en general, somos solitarios, pobres, sin que se nos note porque la pulcritud de nuestro oficio se transparenta en nuestras ropas y la conducta. Hay compañeros severos y silenciosos, otros, de los que formo parte, somos espontáneos, un poco estorbosos y decimos generalmente lo que pensamos en voz alta, lo cual molesta mucho a los demás, al grado de que una vez, un miembro del gremio gritó en un cine privado, donde veíamos una película de interés para nosotros: “¡Fulano —el nombre de mi esposo—, controla a tu mujer!”… yo me quise morir, y solamente la fortaleza y la virilidad de mi esposo salvaron mi matrimonio, que allí pudo terminar.

Hay, es verdad, un resquicio de machismo entre algunos, los menos de mis compañeros, son aquellos mismos que se niegan a considerar a una mujer con, ya no digamos los mismos derechos que ellos, los muchachos, sino hasta una voz más alta de lo debido, la cual está minimizando la dignidad, digamos, del hombre. A gritar en ningún lado, ni siquiera reír a sabrosas carcajadas, arrebatar la palabra, adelantarse en una opinión o declarar que se tiene un gran afecto por alguien que fue en primer caso un amigo de la infancia… Yo me acuerdo que cuando éramos miembros de los críticos de cine de México, al terminar las juntas, ya entrada la noche, Martín Luis Guzmán me daba un aventón en su auto a mi casa, que estaba junto al periódico Excélsior, y todavía nos quedábamos un tiempecito platicando de cine o de lo que fuera… nos quisimos mucho en ese arranque de la vida y, por cierto, Martín me dio el anillo para mi boda con Eduardo, porque de plano carecíamos del oro que en aquellas témporas decíamos “de Moscú”, por la guerra mundial y por el barco Elvita, que trajo un buen cargamento sagrado de españoles de la Guerra Civil española, y en fin, porque cada generación va troquelando su propio idioma secreto que sólo entienden unos cuantos (como aquel parlamento de “los Signos del Zodíaco” de Sergio Magaña, en el cual, un marido borrachín y mantenido le pedía a su mujer a mediodía “¡Anita, dame mi medicina!”, refiriéndose a su copita obligada… (todos pedíamos nuestra medicina).

Los periodistas anhelamos, primero, ser los grandes reporteros como los de las películas, luego, ser enviados especiales, amén de haber ya ganado las ocho columnas, no faltaba más… vienen a continuación, los artículos, de preferencia en las páginas editoriales; tomar parte en un programa de televisión, como titular; luego ya le tira uno a estar en el mismo una vez a la semana y que lo dirija alguien importante, tal fue mi caso con Jacobo Zabludovsky (luego Spota, Fábregas, etcétera), de todos fui muy buena amiga, sobre todo de Jacobo, con quien coincidía en la búsqueda del estilo, otra de las características de los buenos periodistas.

Ya estoy terminando y se me acaba el espacio que originalmente había pensado dedicar a desbaratar mi coraje, dado que estoy desbaratándome con tantos males físicos caídos en mi persona (como si fuera cierto lo del mal de ojo, la maldición de un enemigo desocupado y tantos hilachos inventados para tener más miedo del que experimentamos de vivir esta vida hecha nada más para terminar lo más pronto posible). Mi amada Vilma Fuentes me dice, desde París, que no escriba tanto de morirse y eso… bueno, pero ya los quisiera yo ver como su servidora… Bueno, le sigo y le sigo sin entrar a reclamarle seriamente a un tal José Antonio Sánchez, quien anda declarando ignorancias y vulgaridades contra nuestro pueblo prehispánico, sin bajarlo de similar al nazi, por sanguinario y cruel con el moridero mexica, olvidando, claro está, la implacable inquisición, nada más para que se diera un quemón, de parte de los que no nos vinieron a colonizar, sino a evangelizar… a fuego y sangre, a descoyuntamiento y tormentos lentos para morirse mejor con los ojos bien abiertos y el grito congelado, todavía ahora, oyéndose cuando pasa uno por el antiguo Colegio de Medicina, donde eran los tormentos chiquitos, frente al imperio del altísimo dolor del nazismo en los campos de exterminio que yo sí conocí… Que venga el molcajete para darle una clasecita de nuestra historia.

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