La ordeña de las aguas profundas
Pocos son los seres
que te brindan la idea
de las aguas profundas.
Ni siquiera a bordo
del trasatlántico, al cual me invitó Enrique Fernández Martínez para hacer una travesía junto a sus hijos, su mujer, yernos
y nietos, sentí la hondura como
una vez desde la orilla de un barrio pobre, al cual me llevaron mis primos de paseo en Tampico.
Para empezar, desde que vivía mi tío Octavio Romero y recorríamos su amado Tampico, yo sentí tan hondamente el mar y eso que soy hija de un amante de las estancias marítimas (íbamos con mi padre a Veracruz que era una fiesta, a Acapulco en caravana... el montón de chevrolitos por la carretera ardiente atravesando el Cañón de no sé qué y mi madre amainando el infierno del auto antiguo con agua de limón que escanciaba de un tubo hermético conservador de agua helada, aun junto a las llamas hirviendo en Chilpancingo; y así en todas las orillas de la patria que mi padre excursionaba con nosotros rumbo al mítico paraíso de la “ola verde” en Mazatlán, a la cual nunca llegamos).
Pero yo pretendía bordar las mentadas aguas profundas que de moda hoy están en recuerdo de aquel petróleo nuestro desde la escuela.
Olían los salones de las escuelas guanajuatenses a lápiz, cuadernos y gis... eran “del gobierno”, como les decían los papás que mantenían a sus niños en “colegios de paga” (y como yo estaba en uno de veras muy popof, pude capturar aquel aroma de niños de veras humildes y alborotados).
Nosotras éramos calladas, puras niñas bien, con residencias en las Lomas y los autos acharolados que pasaban por las criaturas de uniforme igual al mío, pero yo con la inocencia de asombrarme ante la mansión de una de ellas: ¡tiene siete salas, mamá!, le dije para iniciar la descripción de las recámaras, los jardines, la hora de la comida y los elotes ensartados en pequeños alfileres de plata.
En las capitales de los estados sí hay, desde luego, lujosísimas mansiones, pero por lo menos en el mío, cuyo mayor decoro está en los palacios burgueses coloniales, platerescos, algunos churriguerrescos—cuando se usaron—, casas habitación de una sola sala de recibir, la cual, por cierto, siempre estaba cerrada con llave. Me acuerdo de los muebles, ya fueren pesadotes, hechos en las carpinterías de la localidad o de plano art déco o el horror de Luis XV, todos con sus carpetas tejidas.
Las aguas profundas eran el tema inicial porque en ellas iba a depositar la admiración que nos produjo las fiestazas centenarias de nuestro periódico...
El señorío de los conferenciantes, sobre todo los que escuché en el Instituto de Investigaciones Filológicas, entre los que descolló nuestro compañero Romero Apis, quien desplegó su propia experiencia infantil ante el periódico Excélsior, que leía todos los días... nombró su iniciación en la lectura tenaz de la que goza, con los “monitos”, hoy tiras cómicas, y a mí me vinieron a la memoria los nombres de “Rolando, el Rabioso” o “Mamerto”, por haber tenido igual comienzo con el don de la lectura en mi hogar, donde mis hermanos y yo peleábamos como leones por ser los primeros en recoger el diario debajo del portón, donde lo metían al amanecer los voceadores con las hojas muy bien dobladas, igualito a mi perro colándose bajo la cama hecho una salea.
En fin, aguas profundas, apenas rozadas por mis manos enfermas que todavía tienen fuerzas para ordeñar la vaca de mis evocaciones.
