El himno de las casas
Las casas cantan: a veces ópera, villancicos, himnos religiosos de la infancia
o pequeñas canciones de amor que uno jamás olvida. Una lata.
Yo tengo varias casas que me siguen como cachorros, recordando a Alfonso Reyes, el buen viejo amoroso que igual quería a una jovencita primeriza como lo fui en su entrevista que me obsequió, contrastando con esos lagartos parados de intelectuales por cuales que se atrevieron —uno por lo menos— a regañarme por mi estilo y mi manía de afecto a quien me concedió ampliar mi trabajo... yo estaba tan contenta que nombré a las auroras boreales de mis lecturas, pero no comparándolo, sino solamente porque soy tonta y me vienen las imágenes con la misma generosidad que a mí como ser humano. Soy tan apasionada que, al visitarme la felicidad, el entusiasmo, la alegría por algo inusitado, atrabancadamente se me escapan palabras a las cuales los demás no están acostumbrados y es entonces cuando empiezan a mostrarme antipatía. Ese mismo personaje de “la aurora” en una ocasión que estábamos reunidos durante cualquier viaje presidencial, comentó a todos que acababa de ver un corto cinematográfico “verdaderamente notable” sobre Salvador Allende en su viaje a México... yo dije en voz alta que era de mi autoría... se quedó helado y para proseguir la cauda de humillaciones que me había programado para el resto de mi vida nombró otra película alrededor de doña Esther Zuno de Echeverría y su compartimiento de anécdotas viajeras aquí en México, con doña Tencha Allende, vuelta loca de contento dije de nuevo que yo la había escrito, es decir, que el guión estaba realizado y firmado por mí... me odió para siempre jamás y yo no sé si debí ocultar mis pequeños triunfos, sobre todo con quien no me quiere bien.
Pero el tema son las voces de las casas —mi manía—, debido a mi venir de muchas casas inolvidables y novelísticas... mis casas de Celaya que olían a cajeta movida en el cazo de cobre en el patio de atrás; la Casa de La Moneda junto al Teatro Juárez, donde nació toda la familia de mi madre, pues mi abuelo, el ingeniero Romero, era el director, y enfrente justamente nací yo, arrullada por las musas de la fachada; y la casa que construyó el divino Tresguerras en Celaya y donde nació toda la familia de mi padre. La casa de mis primos los Ávila Romero, paraíso de los juegos y la memoria (gracias, Rafa Tovar y de Teresa) en el enorme jardín de flores, frutos y árboles añosos... La casa porfiriana de mis primas las Herrera Mendoza, otro cielo espléndido de recámaras, pasillos, grupos de ornato de cientos de alcatraces, buscasoles amarillísimos. Y gladiolos de film mexicano. Todas las casas me dan serenatas y me cantan Las Mañanitas, la del Naranjo 106, la de Sabino, la de Tlatelolco y la de ahora, humildemente en General Cano, cerquita de los árboles de Chapultepec que fueron diez años míos. Cante y cante las obras arquitectónicas de los arquitectos Larrosa (dulce corazón) y Nacho Gutiérrez, el fiel.
Total: estoy tan alborozada por estos días que creí necesario musitar una oración para mis casas... tengo tan poco.
