Mi “Victoria de la República”, mi luz de abril

¡Qué espejismo, qué rompecabezas, cuántas sorpresas en el simple ejercicio de vivir! Sé en lo profundo de mí que los muchos sufrimientos tenidos, las enfermedades infantiles como enormes fantasmas, pero que desaparecen siempre  siempre, a diferencia de estas asestadas en la finalidad de la vida, largas como la cuaresma (decíamos de niños), ya no se van... cada vez caminas peor, no comes lo debido, sino bajo un régimen de prohibiciones infames. 

Mi hermana despierta y le dice al Sagrado Corazón que nos cuida desde niñas: “¡¿Y ahora qué?!”. Mi hermana es dueña del clásico sentido del humor de mi familia, negro como el carbón... si por ejemplo le dicen que le piden a Dios por ella, contesta: “¡No, por favor, no me lo alborotes...!”. Los míos con la Sedena guardamos un respeto desde siempre... y cuando fui diputada federal formé parte de la Comisión que evaluaba las relaciones entre el Poder Ejecutivo y el poder militar. Tuve el honor de visitar la casa de los militares: limpísima, luminosa, en un escandaloso silencio, si es posible la definición. Desayuné varias veces con el alto ejecutivo general Enrique Cervantes y su esposa, precisamente en un desayunador que nadie creería para soldados que luchan por la paz y el orden entre todos nosotros, llena de luminosidad y plantas.

Estoy evocando esto porque la Secretaría de la Defensa Nacional, en colaboración con la Academia Nacional de Historia y Geografía y la Academia Nacional A.C., me han hecho el honor de otorgarme la Gran Orden “Victoria de la República”, en rango de honor y en grado de collar (“por su trayectoria profesional, entereza y aprecio por la Historia de México, así como por promover el estudio y los trabajos de  investigación en acontecimientos de nuestro país”).

No niego el pudor que me produce escribir tan hermosas palabras mas tan inmerecidas. Acepto apenada que son verdaderas para mi trabajo, pero la timidez y mi costumbre de ocultarme de los honores y aplausos me hacen humillarme, por una acendrada modestia, reserva, que me enseñó mi madre a mí y a mis amadísimos hermanos, los varones, desgraciadamente muertos, y mis padres con ellos. Ahora sé su orgullo en el cielo de su hermana e hija con el amparo de la ostentación de la Gran Orden “Victoria de la República”.

Generalmente, no sé qué hacer con las distinciones que de inmediato juzgo soy indigna de ellas, pero la vida me ha enseñado a voltear esa suave consigna de inmerecimiento  en un sólido orgullo a mi vez, un levantar la cabeza en los logros de mi vida adiestrada por la religión católica de mi madre, su gran relevancia moral, dignidad y lealtad a las lecciones de sus ancestros... por eso digo yo que fui educada como mi tatarabuela, y mi abuela como la suya en sus tiempos y así. Somos las mujeres herederas de los anteayeres, pensamos en mucho como la madre, como la abuela... mis primas y/o debimos tal vez ser monjas, por fortuna se sobrepuso lo libre pensador de los hombres, tan de la Revolución y de la Independencia, los hombres de mi casa que sobresalieron en la educación de sus esposas y de sus hijos en general. Pero, como de costumbre, me fui por los caminos de Úbeda y no cuento cómo el teniente coronel de la Fuerza Aérea, diplomado del Estado Mayor, Manuel Palacio, me colocó la medalla pendiente de un listón con la bandera nacional que me hizo gemir. De mi gente, como estoy tan sola, bastaron mi hermana Teresa Mendoza Romero y mi sobrina, Viviana Mendoza Palacios, amén de Gila Díaz como quien dice mi ama de compañía y el mayor Silva. Cuando todo terminó, ya era casi de noche y mis consanguíneas y yo lloramos por nuestros muertos.

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