El gran periodismo del mundo
Los periodistas lo único que sabemos decir a los demás es “tengo que escribir”
y desaparecemos por una rendija. Así son los maridos en la generalidad: nunca están.
El gran periodismo del mundo
sólo alumbra a aquel que arde...
Anónimo.
Pero los periodistas también envejecemos y nos damos de frente con la noticia de un montón de arrechuchos que a mí, por lo menos, nadie me dijo que así era... yo vi a mis abuelas subir y bajar escaleras endebles con la agilidad de una muchacha de Santa Rosa y nunca se quejaron de nada, por lo menos Lelita, que a lo más sufrido era de comezones elegantes en el cuello aliviadas con polvos de arroz en un algodón; íbamos a misa a La Profesa, comprábamos luego el pan inolvidable en La Galicia y regresábamos a desayunar ricuras... mi mamá su atole de masa con mordiditas al piloncillo... y la mañana iba entrando a media luz por la pared de cristal del cuarto de rezar de junto, a donde leían sus devocionarios los Ezcurdia, sobrinos de la tía Toña, futuros sacerdotes a los cuales distraíamos los malvados chiquillos haciendo travesuras, gestos y dengues, o carreritas tontas frente a ellos, que no levantaban la vista en el nombre sea de Dios.
Nosotros, los periodistas, sufrimos trancazos de holgazanería muchas veces justificados por una súbita enfermedad debida al transcurrir de las estaciones del ferrocarril de la vida, como en nuestro trenecito en Guanajuato, que antecedía a los lugares mágicos donde se iba deteniendo y los padres se veían obligados a comprarnos un montón de baratijas del país de las maravillas: bucitos dentro de una botella con agua, canastitas con reatitas, sillitas de madera y cosas de comer aunque chilladas y exigidas inútilmente... Por cierto que no se me olvide anotar que nuestros tíos nos iban a despedir a San Lázaro y se trepaban con nosotros al Pulman platicando hasta la estación de Lechería, donde se despedían y bajaban... hagan de cuenta que nos íbamos a ir a Europa, como don Porfirio... Para esto, nosotras, las niñas, viajábamos de sombrero y guantes ¡con su venia! Al llegar el tren separábanse de los carros madre, dijéramos, y quedaba sola “La Burra”, adjunta a su vez de una nueva locomotora para que los pasajeros rumbo a la capital del estado se metieran en cama y tuvieran la perfecta experiencia de dormir en tren. Nunca se olvida ese traqueteo y el campo deslizándose suavemente por la ventanilla que nos negábamos a ocultar con la cortinilla descendente. Por cierto que tampoco se me olvide mi empeño en rememorar una noche helada de nieve en el Orient Express, la cual no dormí extasiada de lo sentido y rezando para que nunca se acabara el tracatraca del divino ferrocarril de mis novelas y luego mis películas de Poirot, anhelando el consabido cadáver, claro que inexistente... por supuesto que no era de esos recuerdos que yo quería escribir hoy, y que me hicieron, me construyeron para ser esta mujer volando a la muerte que soy.
Somos el ayer, el tatuaje de la infancia y la efervescencia de la juventud, cuando pensamos en nuestras piernas para ir más de prisa o detenerlas, no en el dolor del fémur o la intolerancia de la cadera para soportar un ejercicio normal y vivir, pues, la verdadera vida. Somos los sucesivos actos majestuosos de la experiencia, el generoso ejercicio que nos da permiso nuestro Señor. Por eso, mi periodismo no se ata cual debiera a la exactitud de los hechos y el desarrollo del tema X, el canto de amor al periodismo que me propuse, sus satisfacciones, angustias y advertencias, sino lo visto y atestiguado en la rica masa preparada día a día a instantes haciendo el periodismo mi hoy eterno por vocación y decisión y el cual bordé inconscientemente en mi infancia... anoté en mi cabeza los árboles, los perros, los bueyes con las palomas en el lomo, el pastito creciendo en la pared romana de los siglos... y así. Nuestra preciosa niñez, con sus rodillas raspadas y los dolores, el tesoro que no tuve, inicuo y baladí (unas botitas que todas las niñas llevaban menos yo por decisión de la educación decimonónica de mi madre, eterna alumna del Colegio del Sagrado Corazón), viene a aparecer en mi periodismo como a mis ocho años, también inopinadamente, el deseo y la insatisfacción. Así es, míster Trump.
