Empiezo el año con mi muerterío
Ya puedo decir en verdad que cayó la tarde. Es invierno y las noches son heladas y negrísimas. Mis sueños con muertos han multiplicado mi insomnio. No cabe duda que he amado mucho a los que se fueron y por eso, ellos lo saben, me están viniendo a ver diariamente.
Dios mío: Bendice mi año 2017.
Consérvame la vida. Gracias por tanto bien.
Gracias por darme la paz después
de las muertes que me han desgarrado.
Por mi hermana, mis animales, mis recuerdos.
Gracias por darme la esperanza de seguir viva escribiendo. Gracias por el amor de ayer
y el infinito amor que me das. Bendíceme.
Por ejemplo, nunca antes la presencia de mi madre fue tan real. La siento hundirse a los pies de mi cama con su suavidad acostumbrada a contemplarme, tal vez a platicar conmigo y casi recupero su voz. Me decía “chiquita” y apenas rozaba con su mano mi cara, y un amor desconocido inunda mi recámara. Me envuelve una calidez olvidada, ha de ser por mi pegarme contra las esquinas de mi casa. Ya es de noche; yo no escribo a oscuras con luz eléctrica y no obstante, ahora lo estoy haciendo como para borrar las malas palabras que algunos me han embijado.
Se me antoja escribir como cuando me lanzaba a la novela, pero siempre me doy de topes contra la pared. La vida se antoja vestirle a uno el disfraz que más ansía desde la infancia. Me acuerdo de mis discursos apasionados con mis primas en la parte del jardín en donde estaban los nomeolvides y las violetas... en realidad yo ejercitaba la escritura de memoria y ellas me miraban fijamente, haciéndome creer que admiraban mi perorata... una característica mía es darme por convencida de lo que a su vez me cuentan, creo cualquier cosa, por inverosímil que fuese, y eso es una pica en Flandes, como si fuera mi lomo el del toro de lidia (al fin soy Tauro). Se me viene a la memoria el divino verso de Octavio Paz: “Yo soy tú somos nosotros”, así siento que merezco la risa de quienes me han engañado. Pienso ahora que me fui de largo, que esos aventones vestida al tanque de agua para regar el jardín, como el cuento que acababa de contarles a mis primas, era bien merecido un anuncio de lo que me iba a ocurrir de grande... tal los intentos de humillaciones, el doloroso colazo de aquel lagarto parado que José Antonio Alcaraz le denominaba bien denominado.
El negar hechos hirientes frente a mí misma que los había oído y pasado al archivo de la memoria para siempre: mi padre defendiéndome como siempre, insisto.
Empieza el año. Debo recuperar mi feliz revolución infantil... las matinés cinematográficas los domingos en el cine Palacio de mi tierra, y como mi padre era el presidente municipal nos dejaban entrar sin pagar al montón de muchachos... En la noche iba a pagar los boletos mi papá entre enojado y riendo entre dientes. El día de campo en el cerro El Hormiguero y al que iban todas las familias a comer ricuras debajo de casas de campaña de tela... había caballitos, mariachis, carreras entre la chiquillada y era una hermosura de recuerdos. Pero me pregunto, ¿de qué diablos me voy a reír a carcajadas?, ¿dónde está el niño del cual estaba irremisiblemente enamorada a mis diez años y em primeiro? ¿Y los tíos que cantaban Noche de ronda?, ¿y mi tía Tey, la reina de las Fiestas de La Presa de la Olla, y su novio Lalo Lámbarri, el muchacho de San Miguel Allende con quien iba a casarse? Todos se murieron, te digo, y así comienzo el año. Menos mal que es 2017...
Sean felices.
