Una mexicana color café con leche ante Lucifer

La última vez que estuvimos con Gorky González era una de esas mañanas plácidas del pueblo de Guanajuato. Carmen Parra y yo lo fuimos a saludar porque estaba enfermo de una pata —como decíamos—. Él juraba que era por el enterramiento de la uña de costumbre, pero creemos que más bien era la diabetes.

En su hermosa sala de estar, llena de platos legendarios de diferentes etapas japonesas y flores por todos lados, estaba el retrato que Chávez Morado le hizo a la esposa de Gorky, con quien se casó en Japón durante su etapa de estudiante y que nos dio, a lo largo de la vida de su amado marido, las mejores comidas asiáticas y guanajuatosas que seas capaz de imaginar. No hubo estancia en mi tierra en la que Gorky no saliera a la palestra a invitarnos a la reunión feliz de la copa y las viandas, hechas ante nuestros admirados ojos en una cabaña del cerro que le construyó el arquitecto Parra, el papá de Riqui, queriéndolo como lo quería. Gorky era un guanajuatense neto, con una risa preciosa y una obra mayor. Ceramista de fuste, gran señor en la amistad, generoso al grado de ir todos nosotros de paseo por la montaña y ver a un arriero con sus chivas e inmediatamente comprarle a una bebecita para servírnosla al día siguiente. Subió a la chivita a la camioneta llorando como yo y no paró hasta que nos la sirvieron a mediodía y a la cual yo no probé, claro está, porque su llanto era desgarrador y en mi campaña política no dormí toda una noche por el dolor y terror de otra chivita amarrada fuera de mi recámara. Yo amo a los animales, ni modo, las chivas son en especial generosas conmigo, me clavan los dientecitos en la barbilla como si fuera el seno de su madre y yo me derrumbo de compasión.

El taller de Gorky es formidable... lleno de platos con dibujos del águila imperial mexicana o novios campesinos o terribles dragones de la cueva de arriba de San Renovato, o lo que usted quiera y mande para una cerámica bendecida por la firma del autor y solamente encontrada en el rincón de Gorky. Yo lo quise mucho, bebiendo agüita de la sierra, oyendo a sus músicos para agasajarme, o enlujando mi casa de recién casada con una vajilla imperial que deja boquiabiertos a los sangrones de mis amigos que sueñan solamente con las elegancias de los grandes almacenes. Comer en un trasto de Gorky le da un sabor especial a la comida porque trae el fuego de la leña, el regaño del soplador y la calma de quienes esperan que el dibujo hecho a mano del campesino de mi tierra fragüe. Su cerámica mayólica no tiene comparación en el mundo y yo desayuno, como y ceno con esos dibujos mayestáticos. Sé que un día ya no será así porque todas mis primas de mi tierra, de mi casa familiar a donde yo llegaba, ya se murieron y solamente quedo yo como canica en un campito olvidada. Tengo mucho de qué escribir esta semana, de lo que va a pasar en el trono de Estados Unidos con el becerro de oro, de cuernos de fábula infantil, de voz de bruja que nada más habla de dinero. Ese asqueroso que oscurece nuestros últimos tiempos me tiene aterrada. Él no es digno de comer ni un alamar del Central Park en un platito de Gorky porque los demonios que andan bien sueltos —y él es uno de ellos—. Ni siquiera el jefe, baja la cerviz y lame el lodo. ¡Qué bueno que se me atravesó Gorky y su risa de garambullo para escribir hoy ante ustedes mi desolación! No son mis años desfigurados, no es mi soledad de chivita desprendida de la ubre de su  madre, es nada más mi dolor café con leche de mexicana ante Lucifer.

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