“Dame el nombre exacto de las cosas”

He estado afuera del jardín de las rosas de la casa de Margarita Michelena. Era en esquina y no sé por qué la luz se extiende como si estuviera en  la montaña, sin nada alrededor. Ha de ser una repetición de mis sueños consuetudinarios en los 
que la soledad es el escenario. 
Como han transcurrido una o dos semanas y conociéndome, temo 
que desaparezca la escena y me obligo a escribirla a pesar de mis muchos males tontos que me aquejan sin misericordia. Es que no es posible pasarse la vida dormida habiendo tantas cosas que hacer...
 

Yo conocí a Margarita Michelena en su esplendor, que por cierto en ella era perenne. Tenía un ojo azul y otro verde. Siempre estaba vestida con ropas recién planchadas, limpísimas, vestidos estampados, trajes de lino, en fin, un inventario de aromas y pulcritud. Trabajaba en la publicidad, como todos nosotros que nos dedicamos a escribir y sabemos que es un camino vecinal imposible dejarlo de lado en la subsistencia... Su buen humor, la brillantez de la palabra, su vida implacable de trabajo... de pronto sabíamos que estaba en Nueva York con Cuquita Perrín transitando el doblaje cinematográfico; luego ya había regresado con su amigo el Bachiller Gálvez (que fue cuando yo la traté) y siempre estaban presentes en su vida su padre y sus dos hijos, sobre todo Andrea, cuya belleza detuvo la respiración, y Eduardo su padre, dejó retratada al óleo en una pintura inolvidable que perseguí de casa en casa. Eduardo Cataño fue un pintor de gran excelencia, compañero  de Margarita y padre de sus muchachos; con él nos divertíamos mucho oyendo sus relatos inteligentes de la vida... olía a rosas, parecería que sus flores animaban su precioso espíritu.        

Pero lo importante de todo esto es la grandeza de Margarita Michelena como poeta. Fue magnífica en todo, inteligente y culta, mas su eternidad será la poesía que dejó y  allí está para homenajearla. Ella, tal diría Ricardo Garibay, el gran hidalguense, quien venía también del estado de Hidalgo, y por ende  como él, podríamos asegurar que no merece su memoria una calle en su ciudad, sino un bulevard....

En México el nombre de Margarita Michelena es más conocido como la arrojada y temeraria periodista que fue; a la fecha, al leer las noticias diarias siempre la evoco en lo que ella diría, cómo se jugaría la vida diciendo lo pensado, ¡y con aquel idioma perfecto!, evoco su poema “soy la que nada poseyó”, que tanto nos iluminó a quienes formábamos la muchachada que la seguíamos... y estuvimos seguros que ella poseía un millón de veces más que todos nosotros juntos. Su signo era la inteligencia, pero añadido el diamantino talento y la lealtad para consigo misma, para México, su país, por el que tanto luchó para librarlo de los males y los perjuicios que aún estamos sufriendo y más aún que en su tiempo. Me pregunto invariable, ¿qué habría dicho la Michelena?... tanto sinvergüenza quizá si hubiera caído con sus dardos justicieros.  Mi silencio es el laurel del ángel que ella conoció y merecerá como cúspide de la poesía . Ella decía como en el poema: “Señor, dame el nombre exacto de las cosas”... y él se lo dio.

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