Las cosas les pesan a los escritores mexicanos

Ríos revueltos, no veo el fondo, en mi tierra se dejan venir feroces, alebrestados, traen el ruido de la guerra, 
todo cuanto hay es atemorizante, hasta la mera mención de algo 
(leía que en la UNAM da miedo hablar del auditorio Che Guevara 
y allí sigue intocada).
 

Todo está hecho bolas como si hubiera algo del famoso complot. Me sueño de diez años, con mi vestidito de algodón y un babero encima de cuadritos, lo digo porque la visión fue tan fuerte que la traigo tal cual en el poema antiguo “como un clavo clavado en la frente”... me río con mi cabello corto detenido con un pasador, enchinado y revuelto, pero también tengo presentimiento de ir a ver desde el balcón frente al Teatro Juárez, algo siniestro. Es el colmo que hasta en la bienaventuranza de la alegría, como ver en una repartición de premios Oscar, se desmadeje la calma ya al final, que como maldición los hechos se contrapunteen. Así, al derramarse el vaso de los días, de pronto veo en la tele que Arnoldo Kraus, el médico más escritor, acaba de publicar un libro sobre Las cosas, enlujado con una portada preciosa de Vicente Rojo.

Va de nuez, me digo... hace un año más o menos se anunció la presentación de un libro también titulado  coseramente, y mi gentedad de mi ciudad guanajuatense me avisó con alarma que el título no me pertenecía. Yo estaba muy tranquila porque mi hermoso libro respectivo me lo publicó Joaquín Mortiz, como casi todo lo mío en 1976, por cierto ilustrado con collages y dibujo de mi autoría. No tuvo un éxito clamoroso (tal vez sólo mi  primera novela  Con él, conmigo, con nosotros tres), pero sí el suficiente como para dejarme seguir respirando atenida a mi oficio y mi castellano apellido. En aquellos tiempos, Jaime Martínez Tapia andaba por la capital y me hizo favor de arreglar los trastupijes del  plagio tal abogado que es. Pasaron los calendarios así en las gráficas televisivas y supe, como en sueños —en honor de mis amados masones de Tolstoi y sin tiempo ni ganas de averiguar a lo hondo— que Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska también habían publicado unas Las Cosas... Me dije ¡el colmo!, a la otra autora fugaz ni la conozco, pero estas dos son muy queridas por mí y yo con personas tan finas y elegantes de mi generación literaria francamente no discuto, y menos que ya Tapia desapareció en el cielo de los líderes políticos de mi tierra y no se va a andar ocupando de mis originales. En fin, que no me da la gana gimotear cuando mis penas sobre mi persona son mucho más dolorosas y además harta estoy de tanto mordisco subconsciente o peor, como sin darse cuenta; al fin que tal vez yo tampoco por vivir en esa especie de limbo que se nos receta a los mexicanos, que no formamos parte de las órdenes angélicas, de los meros carcamoneros. Alguna vez me sentí arropada sin mezquindades por elevados arcángeles, ellos sí, como Ricardo Garibay, Miguel González Avelar, Rosario Castellanos, Héctor Azar y la amistad, no sus reflectores, de Ernesto de la Peña y de Gabo García Márquez, y ni hablar de Beatriz Espejo, y el gran lector que es Enrique Mendoza. ¿Cómo no hablar de René Avilés Fabila, quien estuvo tanto a mi lado en su vida de tenaz diamantino escritor?, ¿y de Vilma Fuentes, detenidas ambas, la una a la otra, en las admirancias que compartimos además con Carmen Parra, quien es pintora descollante, escritora puntillosa y sensible a grados asombrosos

(ella es la pintora de la arquitectura, de los ventarrones, de los solazos como de Camus, y los globos aerostáticos, todos dentro de las catedrales) (y de las conversaciones... ).

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