De humillaciones y una infatuación
Humillar es un verbo que hasta pronunciarlo duele, encorajina.
En nuestro país es muy acusado por la práctica, no sólo de los machines, sino y sobre todo, de las mujeres cuya puntería es perfecta. Todos huyen de confesar haber sido humillados, pero es un capítulo que yo me sé muy bien, al grado de apuntar en una lista ominosa los malos recuerdos desde la infancia... no sé: una profesora religiosa agria e inmisericorde,
al grado de tener que intervenir
mi padre, abogado gran señor...
Un pariente humillado a su vez me agredió durante una comida en la casa de mi abuela y delante de tías y hermanos (ese individuo le debía a mi padre su puesto para la manutención de su familia... si hubiera estado presente, no quiero imaginar su reacción de dignidad y de amor a mí, su primogénita), verlo ensoberbecerse, un personaje torpe en la vida, y ejecutar su mejor humillación con una jovencita inerme como lo fui —ah, y en público—... Y así proseguiría si no me doliera todavía la ofensa y sin ninguna razón, ni siquiera para respetar mi poca edad.
¿Por qué estoy escribiendo esto? Porque leí una más de las torpezas del entronizado Trump ante representantes de nuestro país en el curso de la relación natural que debe de haber entre las naciones (¡ah, Benito Juárez!). Es un monstruo café, diríamos de chicos... luego un ídem de Tanzania, para terminar en Hitler sin desgarrarnos las vestiduras, dado mi caso, ya todas las terminé con tantas desgracias. ¿Pero me pregunto qué se cree que es ese fanfarrón tragavirotes (como dicen las comedias españolas)? ¿Faltarle al respeto a nuestro Presidente de la gran nación México por donde quiera vérsele? ¿Por qué no a Luis Videgaray? Nada más el canciller, puesto luminoso por su responsabilidad y llevado adelante en nuestra historia con la frente muy alta. Nos mandó decir el empingorotado que la barda ya estaba, y no era broma, pero si no la queríamos pagar, mejor nos eximiéramos de visitarlo como habíamos quedado, tamaño… jactante penacho...
Las groserías nos hacen los mandados. No estamos acostumbrados a esos tratos de pelafustanes, de verdad el anaranjado, como le dicen, no tiene la menor idea del país pegado a América del Norte y siendo por ende también “el Norte de América”. Se le nota a Trump la falta de educación, sus repeticiones, su tema central, el dinero contante y sonante, su carencia de idioma culto, es como oír a alguien que nada más tiene dentro de la cabeza un cubo blanco y negro, no le entra nada ni le sale algo. Pero el buen observador ya sabía lo arrogante que era nada más mirando en las revistas del corazón los reportajes de su departamentazo neoyorquino espeluznante, lleno de columnas jónicas y el traperío acortinante en ese mundo de terciopelos y brocados, ¿por qué iba a tener una esposa normal y no digo corriente? Sus numerosas son todas iguales, flacas, tal calacas, operadas por el mismo cirujano. Con el odio inflamado que presume, qué raro que sean de orígenes extranjeros. Ellas, con esa carga, merecen el dicho españolísimo adorado por mí y muy merecido: “Tú lo quisiste, fraile mostén; tú lo quisiste, tú te lo ten...”.
