Lucerote Isaac
Vamos a ver, ¿qué es una amistad? Las hay de toda la vida, como con las primas hermanas, y otras accidentales o que aparecieron en el reparto de la obra, generalmente dramática...
Lucero Isaac es mi amiga porque así lo determinó el destino, mi primera imagen suya fue saliendo ella con Alberto Isaac del periódico donde él trabajaba... era muy joven, chiquita junto a él, con un traje color tabaco y su cabello al aire despeinado, dándole ese aspecto de muchachita que no perdió nunca. A él para qué trato de plasmarlo en su belleza varonil, su porte olímpico, su muy buena percha, dirían los españoles. Ella era casi mi amiga, él también, pero todavía no afianzábamos ese gran hondo sentimiento de parentesco social, digamos.
Nos habríamos de casar ambas parejas para comenzar la historia... la colonia San Miguel Chapultepec, donde vivían y por la que yo hubiera dado un ojo de mi cara por tener allí mi casa... así sería tan airoso el deseo que lo habito. Yo los miraba desde la redacción de Excélsior, donde me ganaba la hogaza... Estaban en ese principio de historia felicísimos, como cuando en mis noviazgos caminaba a media mañana, tomada de la mano de quien ya amaba entre todas las cosas (inútilmente).
Pasó el tiempo... llegó Claudio, el hijo absolutamente hermoso, y las comidas en su comedorcito, porque han de saber que Alberto era altísimo y Lucerote apenas le llegaría al hombro, pero la casa hacía juego con la novela que ambos escribían.
Ella muy guapa, vestida con pantalones muy bien cortados, sin aretes y un aire poético acalambrante... él de camisas de cuadritos abiertas, dejando ver su cuello de atleta. Un sueño, para qué más que la verdad. Él escribía, pintaba y se había convertido en un escultor fantástico, porque el horno que hizo en su jardín fue llenado por mil obras figurativas encantadoras, llenas de humor y mexicanidad. Todavía no desembocaba en el cine, donde sí sacó toda la fantasía de su infancia, la ternura que lo llenaba, la memoria de las mujeres de su casa y el amor inacabable por los animales. En realidad era un niño viendo el mundo desde las altas ramas de los árboles de su tierra... veía el campo, las casas, los habitantes colimenses... y el mar, esa pasión indomable que lo hizo ser nuestra “Flecha de Colima”, inalcanzable y protagonista terrible de cómo su bello hijo Claudio iba a dejar sus cenizas de muerto bienamado e intempestivo ¡faltándole tanto por vivir! Precisamente en las encrespadas aguas del océano, Claudio nadando, Alberto guiándolo con su espíritu amoroso.
Lucero no puede ser dividida de su marido y de su hijo, fueron la trinidad, las fiestas en rededor del piano, Lucero primorosa bailando todo con un ritmazo y la risa, las manitas cerradas junto al cuerpo... Lucero en realidad fue la música hecha muchacha y nadie podía hacer otra cosa que admirarla, aplaudirla. Por eso la llamaron de Nueva York para bailar en un lugar de lujo... ¿Cómo se llega a Broadway? —¡ensayando!—, dicen las chicas de A Chorus Line... Ella tal vez hubiera brillado en los escenarios que yo adoro, pero el amor, ¡ah!, el amor... volvió a los brazos de Alberto y fin.
Mas Lucero no nació para no hacer nada... así su padre, un pintor copista formidable, quien dejó obras de veras respetables en su perfección, dio inicio al dominio de la escenografía cinematográfica, técnica que ninguna otra mujer ha ejercido con tal brillantez al lado de su marido Isaac, ya para entonces un director inolvidable.
Allí íbamos a la provincia en donde filmaban, a verlos desde la esquinita de los escenarios. Y con Alberto haría mi debut y despedida como actriz secundaria bailando en En este pueblo no hay ladrones en brazos del también debutante gran actor Alfonso Arau... su gentil servidora.
Pasa el tiempo, se nos fue Alberto, Claudio ya es padre ejemplar y un muy respetable escritor y cinematografista. El perro de los Isaac hace años que murió, el perico Héctor Azar también, sus árboles siguen de pie, lo sé porque seguido los voy a ver desde la banqueta... vivo a una cuadra de allí, donde tanto quise y me empeñé. También estoy sola, tengo dos perros, una obra literaria que dará de qué hablar cuando me muera y desaparezca la apretada mafia de los siglos. Mientras, recuerdo a Lucero Isaac que hace cuadros de a de veras y vive en Cuernavaca. Es mi amiga, pero nunca nos vemos...
