Para despedir el año saludo a Carmen Parra
Toda una vida en la canica del relato breve, la pluma, el suspiro, el parpadeo. Me he pasado la vida sentada frente a los óleos de Carmen Parra en distintos estudios atiborrados de luz, perros, flores, libros y retratos del más allá y acá, donde estamos emparedados su luminoso padre Manuel, su hijo, sus nietos, y todos los que hemos vivido su verdadera vida aquí y en el mundo entero. Relatarla, empezando por su hermosa alta frente, sus ojos tan bellos, y la sapiencia acumulada en los años que el destino reunídonos ha...
Recordar su rostro sonriente detrás del cristal del restaurante que está juntito a la catedral de Notre Dame en París, haciéndonos señas a mi esposo y a mí para asombrarnos de saber una vez más de las casualidades que la mula vida a veces te ofrece… ¡Riqui y yo íbamos a disfrutar las granadas rojísimas de París ,nuestras lecturas, sin fin por el planeta, los recuerdos de las novelas en las que no figurábamos más que como lectoras en las azoteas de nuestras casas y luego comunicándonos lo experimentado en las ciudades mágicas, las tundras, las selvas, los desiertos y las montañas de nuestra tierra que era lo realmente experimentado. Todavía no teníamos a Emiliano, su delicuescente hijo, cajón de sorpresas, insólito dador de buenas nuevas, asombroso buen marido, mejor padre, hijo adorado… Estábamos aún solas en el decir de las reproducciones… yo creía que acompañada para siempre jamás porque embarazarse de París día a día no puede ser —suponíamos— más que para siempre. No fue así y tampoco importa hoy dilucidando unas letras para contar como en los viejos tiempos de Las Mil y una Noches, de un jalón y un tranco la maravillosa vida de mariposa que recorre el cielo sólo para posarse en los oyameles mexicanos y volver, terca, saciada de maternidad, a los gélidos hielos desde donde vuelan a Michoacán que es una especie de jardín no de la tía Chabela, sino de Fernando Ortiz Monasterio.
Iba a seguir Brasil, donde hay todos los quesos del mundo, más que en Francia, y los palacios están atiborrados de hombres blancos y las cocinas de negros, y cuando tú sabes más o menos la historia de ese país maravilloso preguntas inocente dónde están ellos, los hacedores de las tierras de las novelas, y todo el mundo finge demencia… Pero la pintora iba a encontrarse una vez más con el amor y por eso ella no se daba cuenta de las ausencias tan presentes. Yo conocí Brasil con la misma sed y mucho escapó a mi ansia provinciana, pero en Carmen Parra, que es pintora más que escritora, aunque ahora ya nos hace la competencia a los de la letra, lo único mirado por su preciosa ánima era, digo, repito, el amor.
De cualquier modo en su patria o en el país que visita con incesancia ella vive los paisajes, los aires, los árboles y recibe a sus amigos con la misma pasión que lo hace al acoger a sus nietos para llenar de oro todavía más lo envolvente. De ese trópico apoderador de cada instante vivido van quedando rasgos, tenues brisas, ventarrones. Y de sus mujeres pintadas al borde de la tela mirando el infinito, desarmadas de los arcángeles de ayer, nos las encontramos con raptos evangélicos en Santa Teresa eternamente arrobada con Dios y alejándose en levitación de la tierra… Recorrer la divina ciudad de Ávila una tarde gélida es pasear con Teresa en la evangelización de las razones de Dios, como si el pincel de Parra se empeñara más aún en hacernos encontrar la tierra perfecta del Señor ya sin este sufrimiento nuestro, tan compartido con los animales, digo. Santa Teresa está en éxtasis como se nos mostró en el telón de fondo de Don Giovanni hace años teatrales, la transformación del don Juan de Mozart, divina puesta en escena anunciándonos.
A Santa Teresa a través de los talentos de Jesusa Rodríguez y Alicia Urreta en la música, las dos con Parra configurando el nacimiento del talento en México, y siempre Fiona Alexander.
