Copa de Europa
La Copa del Mundo debía realizarse en América, pero la intervención de Jules Timet trastocó todo

CIUDAD DE MÉXICO
Tras Uruguay 1930 e Italia 1934, la secuencia preestablecida suponía como sede a un país sudamericano para la Copa del Mundo. No obstante, las garantías dadas por Francia para mejorar sus estadios y la presión, sobre todo, del presidente de la FIFA, Jules Rimet, para llevar la competencia a su región, determinaron un cambio en las reglas. La reacción de las selecciones americanas, que consideraban injusta la celebración en Europa de dos torneos seguidos, fue unánime. Sólo Brasil (que tenía intenciones de ser anfitrión en 1942) y Cuba acudieron como invitados.
Al establecer toda la organización del siguiente Mundial en Francia, surgieron problemas para la FIFA: Argentina, uno de los favoritos para ser anfitrión, se abstuvo de inscribirse. Uruguay, aún con el enfado por la actitud de los europeos ocho años atrás, quienes se negaron a hacer un largo viaje en barco, renunció por segunda vez consecutiva a participar. España, que había sido eliminada en 1934 por el apoyo arbitral a Italia, se encontraba desde 1936 en una Guerra Civil que le impidió participar.
Los acontecimientos sociopolíticos en Europa trajeron como consecuencia la invasión de la Alemania nazi a Austria, situación conocida como Anschluss (palabra alemana que simboliza unión o reunión), desapareciendo a Austria como país e impidiéndole que su selección de futbol pudiera participar en el certamen. La mayoría de sus jugadores fueron incorporados al cuadro germano.

Finalmente, de los 69 países considerados originalmente quedaron sólo 15: 12 europeos, incluyendo al local Francia y al campeón defensor Italia, clasificados en automático por primera vez; más dos americanos: Brasil y Cuba, y un asiático, Indias Orientales Holandesas.
El entonces presidente de Francia, Albert Lebrun, fue el encargado de dar la patada inicial en el estadio de Colombes, pero antes de darle a la pelota le pegó al suelo.
En un partido de octavos de final, Brasil y Polonia se enfrentaron bajo relámpagos y una lluvia furiosa: Léonidas, uno de los mejores jugadores de la época, se cansó del barro provocado en la tierra y, para quitarse peso de los pies, se sacó los botines y los echó fuera del campo.
El goleador brasileño quería jugar descalzo, pero se lo impidió el árbitro. Poco después, en una jugada circunstancial, Leónidas perdió un zapato en medio del área rival y con un pie descalzado hizo un golazo. Así, Brasil, que fue de los equipos más vistosos del torneo, se impuso 6-5 en tiempo extra, pero caería eliminado en semifinales ante Italia. Jugó el partido por el tercer lugar y lo ganó ante Suecia (4-2).

Cuba se convirtió en la primera selección de Centroamérica que llegó hasta instancias finales: terminó su participación en los cuartos de final, precisamente ante los suecos (8-0), que ya no contarían con la misma suerte ante Hungría en semifinales (5-1).
En la final se encontró Italia con los húngaros. Al igual que cuatro años atrás, cuenta la leyenda, Benito Mussolini amenazó con quitarles la vida si no lograban la Copa del Mundo. La escuadra azzurra se impondría 4-2. Al día siguiente, los campeones del mundo vistieron uniformes militares en la ceremonia de celebración que el dictador dirigió. Szabo, el portero de Hungría, envió un gesto solidario tras la derrota: “Me hubiera dejado hacer cuatro goles con tal de salvarles la vida”. Así se vivía Europa antes de la Segunda Guerra Mundial.

AMU