El último round de Sugar; adiós a Ultimino Ramos

“Ultiminio Ramos, te vas a morir/ en cualquier momento, te vas a morir/ cuando toque la campana, te vas a morir/cuando te digan pipo, pam, pin, jo, te vas a morir...”, reza la letra de La rumba de Ultiminio Ramos

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Ultiminio (der.) ante el colombiano Antonio Mochila Herrera en 1966 (Fotos: JC Vargas y Archivo Excélsior)

CIUDAD DE MÉXICO.

Ultiminio Ramos decía que nunca pensaba en la muerte. “Porque para morirse primero hay que estar vivos. Algún día nos tendremos que morir, aunque sabrá Dios que día será”. Ocurrió ayer. El expugilista cubano-mexicano falleció a la edad de 75 años, víctima de un cáncer avanzado y tras varios días de estar hospitalizado por fractura de cadera.

Cada vez que Ultiminio Ramos tocaba el bongó, su mente regresaba a la niñez en su natal Matanzas, cuando Sugar cargaba para todos lados su caja de dar lustre a zapatos ajenos. El recuerdo de una Cuba hoy ausente, donde dejó padres, mujer e hijos. La salida de la isla tras la llegada de Fidel Castro al poder, las ganas de comerse el mundo a puñetazos y los fantasmas de dos pugilistas que perdieron la vida en el ring; los que persiguieron al cubano sin importar que Sugar pusiera tierra de por medio.

Ya pasó mucho tiempo. Muchos se fueron de este mundo”, contestó Ultiminio Ramos a Excélsior hace un año, y no se cansaba de posar con los puños en guardia para tomarse fotos cada vez que alguien lo reconocía y le decía campeón.

Se le encontraba en Cedro 180, en la colonia Santa María la Ribera. Una casa antigua que muestra un enorme guante de box en la puerta principal. Un paso al interior y es el aroma a café cubano el que despierta los sentidos: expreso, capuchino.

Los que algo saben de box re - conocen al cubano Ultiminio Ramos, el primer campeón mundial que tuvo el CMB. Un peso pluma que en los años 60 puso al boxeo de cabeza, tumbando rivales en el ring y poniendo a bailar al pueblo con su grupo Suave Son.

Sugar, con sombrero de ala corta, andar lento, una pulsera santera en la siniestra y un anillo de campeón en la diestra. Cuando aparecía el bongó, comenzaba a golpear el instrumento de una manera sua ve, rítmica, pegajosa. Armaba el bailongo: “Ultiminio Ramos, te vas a morir/ en cualquier momento, te vas a morir/ cuando toque la campana, te vas a morir/cuando te digan pipo, pam, pin, jo, te vas a morir...”.

Decía que sin querer causó más daño del que pretendía. Como aquella tarde del 8 de noviembre de 1958 en Cuba, cuando era un chamaco de 15 años de edad y se enfrentaba a un paisano llamado José Blanco. “El Tigre era su nombre de batalla”.

Un combate que terminó en el octavo asalto con un zurdazo letal a la quijada del felino, quien cayó fulminado ante el ímpetu de Sugar. “Un par de días después murió en el hospital. Yo quería dejar el boxeo, pero mi mamá no me dejó”.

Ultiminio Ramos no podía dormir solo desde aquel día. La mente comenzó a jugarle bromas pesadas, pues Sugar juraba que el Tigre se le aparecía en cualquier habitación.

Sugar se convertiría en campeón nacional pluma en una Cuba revolucionaria en la que Fidel Castro llegaba al poder y el boxeo profesional, entre otras cosas, desaparecía de la isla. Ultiminio había crecido como bolerito en las calles, dando lustre a zapatos ajenos para llevarle algunas monedas a doña Demesia. También le daría lustre a sus zapatos para mover las piernas cada vez que el guaguancó y la rumba llegaban a sus oídos.

Tuvo la suerte de encontrarse en su camino a Kid Rapidez, mentor que pulió el estilo de Ultiminio hasta llevarlo en 1963 al Dodger Stadium de Los Ángeles a disputar el título mundial pluma, el primero del CMB, ante el campeón de piel negra llamado Davey Moore. El campeón del mundo aseguraba que “si Sugar Ramos quiere arrebatarme el cinturón, primero tendrá que matarme”. Las dos cosas se cumplirían.

Una chispa aparecía en los ojos de Sugar cuando se le preguntaba por su mejor pelea: “¡Pues la que tuve con Vicente Saldívar”. Fue en el Toreo, en 1964, y el zurdo de oro le arrebataría el título a un cubano que se quedaría a vivir en nuestro país y se haría gran amigo de todos los campeones mexicanos.

Sugar fue el que trajo a México a Mantequilla Nápoles y también conformaría un grupo de rumba llamado Suave Son. “Tocaba el bongó, la tumba y a veces el bajo. Escribíamos nuestras propias canciones”.

A Sugar se le miraba abajo del ring siempre elegante: sombrero cubano, la corbata impecable y los zapatos de doble color. Siempre bien lustrados. Aparecía en los salones de baile con viejos conocidos como Tin Tan, Resortes y Javier Solís.

Sus manos mostraban anillos de campeón y en la muñeca izquierda una pulsera con cuentas de colores blanco y rojo. “Soy santero, devoto de San Lázaro. Es el santo de los pobres en Cuba y allá media isla lleva su nombre. ¿En mi familia?, mi papá, mi hermano y mi hijo se llaman Lázaro”.

Pareciera que las circunstancias lo obligaban a vivir en el pasado: los aficionados al box que le pedían la foto del recuerdo, con el puño del campeón en la quijada del solicitante, las fotos de Sugar en las paredes de la cafetería en la vieja casona en Santa María la Ribera, las canciones acompañadas por el ritmo del bongó en las que Ultiminio le canta al campeón, así como el enorme guante de box que casi roza las cabezas de los que ahí se asoman.

Sugar regresó a Matanzas para reencontrarse con sus hijos. “¿Qué encontré?, los mismos carros viejos de diesel, las mismas casas gastadas, gente con la misma ropa. A mis padres ya no los alcancé”.

En México hizo familia. Su esposa Angélica y sus cuatro hijos lo acompañaron hasta sus últimos días en la cafetería. El nombre de El secreto de Sugar lo puso en memoria de su madre Demesia.

fdr

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