Ahora que parece haberse detenido la guerra en Oriente Medio con un alto al fuego acordado hace pocas horas entre las partes –EU, Irán, Israel, Hezbolá y el gobierno libanés– puede ser momento para recapitular y hacer un ejercicio de imaginación por medio del rastreo de los orígenes de todo ese torbellino de violencia que ha causado tanta destrucción y muerte. Decido comenzar con la pregunta escogida para titular este artículo. ¿Qué hubiera pasado si… desde 1979, cuando se estableció la República Islámica de Irán, el núcleo de su ideario político religioso no hubiera estado centrado en una premisa básica consistente en que Estados Unidos era el gran Satán e Israel el pequeño Satán? ¿Cómo serían diferentes las cosas si esa premisa no se hubiera convertido para el régimen en una obsesión irrenunciable que guiaría de ahí en adelante, y por casi medio siglo, las decisiones más importantes para el país en cuanto a sus políticas de desarrollo y sus prioridades nacionales?
Respuesta posible: Seguramente el Irán actual, con sus 93 millones de habitantes y sus 1.6 millones de kilómetros cuadrados sería un país muy distinto, definitivamente más libre y más próspero, dados el talento de su gente y la riqueza petrolera bajo sus suelos.
¿Cómo serían las cosas si en vez de invertir en armarse hasta los dientes, enfocarse en conseguir un arsenal nuclear y ocuparse en vigilar con lupa la vestimenta de las mujeres para violentarlas si no cumplían con lo ordenado, hubieran en cambio canalizado sus recursos y su energía a impulsar y dar brillo a los valores de la gran cultura persa heredada? ¿O si simplemente las toneladas de dinero y armas que le ha traspasado a sus proxys –Hezbolá, Hamás, hutíes y al ahora extinto régimen sirio comandado por la familia Assad– hubieran sido invertidas en salud, educación, infraestructura y servicios para esos millones de iraníes que hoy viven atenazados entre el terror y la miseria?
La obsesión del clero iraní y sus seguidores apuntó siempre a EU y a Occidente, pero con mucho más encono todavía contra el Estado de Israel, respecto al cual determinó, desde 1979 cuando el régimen islamista tomó el poder y hasta la fecha, que había que destruir. Una declaración genocida, por cierto, cuya justificación nunca tuvo sentido. De hecho, la relación entre ambas naciones había sido entre 1948 y 1979 esencialmente pacífica y de colaboración con amplios beneficios compartidos. Porque era en cierta forma natural que, sin fronteras en común, ni reclamos territoriales o de otra índole, no hubiera sustancia para alimentar una hostilidad tan extrema.
Sin embargo, a la manera de las ideologías radicales que se ostentan como panaceas alimentadas por verdades absolutas, aquí tampoco había espacio para la racionalidad, lo cual fue derivando, por un lado, en una descomposición social interna que se expresó mediante estallidos de protestas sociales reprimidas con una crueldad similar a la del estalinismo, y por el otro, en una relación cada vez más conflictiva con distintos actores internacionales al sobrepasar todas las líneas rojas de la convivencia y al ejecutar acciones terroristas en espacios lejanos, como bien lo ilustraron el atentado contra la embajada israelí en Buenos Aires en 1992 y la explosión del edificio de la Asociación Mutual Israelita (AMIA) en Argentina en 1994.
Es un hecho que, sin el empeño en hacerse de un arsenal nuclear para fabricar armas atómicas, Irán no hubiera sufrido las sanciones que eventualmente desgastaron tanto su economía ni se hubiera tampoco exacerbado el resquemor que hacia la nación persa se extendió en todo Occidente. Porque no puede negarse que, a pesar de la cautela mostrada en las últimas semanas por la mayoría de los miembros de la Unión Europea al negarse a participar en la guerra, todos son conscientes de que la posibilidad de un arma atómica en manos del fanatismo islamista chiita iraní representa un grave riesgo planetario plenamente evidente al haber atestiguado cómo misiles iraníes fueron capaces de llegar a Chipre y hasta la base naval de Diego García a 4 mil kilómetros de Irán, y cómo países hermanos musulmanes como los del golfo Pérsico fueron bombardeados día y noche desde Teherán durante las seis semanas de la guerra. Un posible corolario para este ejercicio de reflexión es que las ideologías radicales, religiosas o seculares, a menudo desembocan en un aterrorizante huevo de la serpiente.
