¿Problemas con las matemáticas? Estas señales podrían explicar lo que realmente pasa
Dificultad persistente para contar, calcular o estimar puede estar relacionada con discalculia, una condición neurocognitiva poco diagnosticada.

No todos los problemas con las matemáticas se deben a falta de estudio o desinterés. Para algunas personas —niños, adolescentes e incluso adultos— los números representan un desafío constante que no mejora con más práctica. Cuando esto ocurre, podría tratarse de discalculia, un trastorno del aprendizaje poco conocido, pero más frecuente de lo que se cree.
Especialistas en salud y educación advierten que la discalculia suele confundirse con “ser malo para las matemáticas”. Esta percepción retrasa el diagnóstico y aumenta la frustración académica y emocional. En muchos casos, quienes la padecen enfrentan críticas injustas que afectan su autoestima.

¿Qué es la discalculia y por qué no es “ser malo para mate”?
Cleveland Clinic define la discalculia como un trastorno del aprendizaje que afecta la capacidad del cerebro para procesar números y conceptos matemáticos.
No está relacionada con el nivel de inteligencia. Una persona puede destacar en lenguaje, creatividad o ciencias sociales y, al mismo tiempo, tener serias dificultades con operaciones básicas o razonamiento numérico.
Según esta institución, el problema se vincula con habilidades como el sentido numérico —la capacidad de entender cantidades—, la estimación, el cálculo mental y la comprensión de símbolos matemáticos. El cerebro tiene dificultades para interpretar lo que representan los números y cómo se relacionan entre sí.
El Child Mind Institute, organización especializada en salud mental infantil, explica que la discalculia es una discapacidad específica del aprendizaje, comparable a la dislexia, pero centrada en las matemáticas.
No se trata de flojera ni de falta de disciplina. Tampoco es consecuencia directa de una mala enseñanza, aunque los problemas escolares pueden agravarse si no se detecta a tiempo.

Señales de alerta en niños y adolescentes
Detectar la discalculia de forma temprana puede cambiar el rumbo académico de un niño. De acuerdo con el Child Mind Institute, algunas señales frecuentes incluyen:
- Dificultad persistente para contar o reconocer patrones numéricos.
- Problemas para memorizar sumas simples o tablas de multiplicar.
- Confusión constante entre símbolos como +, − o ÷.
- Dificultad para resolver problemas escritos, aunque comprendan el texto.
- Ansiedad intensa ante tareas o exámenes de matemáticas.
Estas dificultades no desaparecen con práctica tradicional. Cleveland Clinic señala que el problema no radica en la falta de esfuerzo, sino en una diferencia en el procesamiento cognitivo. Esto significa que el cerebro maneja la información numérica de manera distinta.
Cuando los errores se repiten durante meses o años y afectan el desempeño escolar, conviene solicitar una evaluación profesional.
¿Cómo se manifiesta en la vida diaria?
La discalculia no desaparece con la edad. Muchas personas llegan a la adultez sin diagnóstico y asumen que “siempre fueron malas para los números”. Sin embargo, las dificultades pueden reflejarse en situaciones cotidianas como:
- Calcular el cambio en una compra.
- Determinar porcentajes o propinas.
- Administrar un presupuesto mensual.
- Estimar tiempos de traslado.
- Interpretar datos estadísticos sencillos.
Estas situaciones pueden generar vergüenza o ansiedad. Algunas personas evitan actividades que involucren números, lo que limita oportunidades laborales o personales. Reconocer que existe una base neurocognitiva detrás del problema puede aliviar la culpa y abrir la puerta a soluciones.

¿Qué evalúan los especialistas?
Desde el punto de vista clínico, la discalculia se enmarca dentro del Trastorno Específico del Aprendizaje, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) de la American Psychiatric Association (APA).
El DSM-5 establece que este trastorno puede afectar lectura, escritura o matemáticas, y que debe confirmarse mediante una evaluación profesional. No basta con observar bajas calificaciones. Se requiere analizar la persistencia de los síntomas y su impacto en la vida académica o laboral.
Una evaluación suele considerar:
- Historial escolar.
- Pruebas estandarizadas de habilidades matemáticas.
- Evaluaciones neuropsicológicas.
- Impacto funcional en la vida diaria.
El autodiagnóstico no es recomendable. Solo un especialista puede determinar si se trata de discalculia u otra condición.

¿Qué hacer si sospechas discalculia?
El Child Mind Institute recomienda medidas prácticas como:
- Uso de papel cuadriculado para organizar operaciones.
- División de problemas en pasos pequeños.
- Tiempo adicional en evaluaciones.
- Apoyo visual y materiales concretos.
- Uso de herramientas como calculadoras cuando sea necesario.
Estas estrategias no buscan evitar las matemáticas, sino facilitar su aprendizaje. El objetivo consiste en adaptar el método de enseñanza a la forma en que la persona procesa la información.
En adultos, el acompañamiento psicológico también puede ayudar a reducir la ansiedad matemática y fortalecer la confianza.
¿Qué tan común es la discalculia?
Las estimaciones varían, pero Cleveland Clinic señala que entre el 3% y el 7% de la población podría presentar discalculia. Esto implica que en un salón de clases promedio puede haber al menos uno o dos estudiantes con esta dificultad.
Muchos casos permanecen sin diagnóstico, sobre todo en contextos donde las dificultades académicas se atribuyen exclusivamente a falta de esfuerzo. La estigmatización ha sido uno de los principales obstáculos para la identificación temprana.
Durante años, las dificultades con las matemáticas han sido motivo de burlas. Frases como “yo tampoco sirvo para los números” normalizan el problema, pero invisibilizan a quienes enfrentan un trastorno real.
La evidencia científica reconoce la discalculia como una condición neurocognitiva legítima. Comprenderlo no implica etiquetar ni limitar a nadie. Significa ofrecer apoyo adecuado y evitar juicios injustos.
Si los números han sido un obstáculo constante pese al esfuerzo, quizá no se trate de falta de capacidad, sino de una manera distinta de procesar la información. Entender cómo funciona el cerebro puede marcar la diferencia entre la frustración y el acompañamiento adecuado.
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