Por Marisol Escárcega
Recuerdo que en una plática con dos grandes amigas, ambas comentaban que les gustaría ser como sus madres o, por lo menos, dijo una de ellas, “la mitad de fregona”. Ambas tuvieron madres que laboraban y en la tarde-noche regresaban a casa a la segunda y tercera jornada. Ambas se asombraban que antes de irse a trabajar sus madres dejaban la casa limpia, comida lista, refrigerios para ellas y sus hermanos y regresaban a revisarles tareas, bañarlos, darles de cenar y dormirl@s.
Sin embargo, yo había notado algo que también compartían, pero que ellas no habían visto. El silencio se hizo enorme e incómodo cuando les pregunté dónde estaban sus papás. Ambas dijeron: “Pues estaban trabajando”.
“Cómo sus mamás”, me apresuré a señalarles. “Mientras sus madres estudiaron, se superaron laboralmente, regresaban a casa a otras jornadas de trabajo en casa no remunerado y claramente no reconocido, sus papás SÓLO trabajaron”, rematé.
Sus historias no son diferentes a la de much@s de nosostr@s. Hace un par de años, en una plática, diría yo en una autocrítica, mi padre reconoció que si mis herman@s y yo éramos gente de bien se debía esencialmente a mi madre. “Yo me enfoqué en traer dinero a la casa, dejé que ella se ocupara de ustedes, ella fue quien realmente l@s formó”.
Esa realidad es aplastante, porque la maternidad aun contando con el padre de l@s hij@s, independientemente de estar casados, en unión libre o divorciados, se vive muchísimas veces en soledad, pues la distribución de las actividades que tienen que ver con l@s hij@s no está dividida de manera equitativa.
Mientras muchos padres argumentan que son los proveedores del hogar (en caso de que vivan con la madre de sus hij@s), éstos no regresan a realizar labores domésticas, como lavar platos, cocinar, incluso aquellas que tienen que ver con el cuidado de las infancias; pocos son los que regresan a revisar tareas, bañar, dar de cenar, preparar mochilas o dormir a l@s niñ@s.
Y es que cuando las mujeres empiezan a vivir en pareja muchas asumen automáticamente que las labores de la casa las tienen que realizar ellas. A veces, por desgracia ni se detienen a preguntar, incluso a su pareja, cómo será la división de ese trabajo invisible, pero fundamental para que cualquier familia u hogar funcione.
Así que cuando vi ese video viral donde una chica lloraba desconsolada porque su pareja no le trajo un refresco que le pidió, entendí inmediatamente que no era por el Sprite que no le llevaron, sino por la enorme desigualdad que estaba viviendo como madre.
Mientras ella estaba 24/7 con su bebé, cansada, sin un momento para ELLA, su pareja sí tenía la posibilidad de salir con sus amigos a tomarse una cerveza. Ella apuntaba con dolor: “Yo también quiero salir un rato”.
Sin embargo, para la mayoría de las madres, el tiempo no vale lo mismo; su deseo de ser mujer, amiga, hija lo ponen en pausa para darle prioridad a la maternidad. No hay descanso.
Las mujeres, sobre todo las madres, organizan su vida en función de los demás: quehaceres domésticos, la pareja e hij@s, incluso si tuvieran un espacio para el esparcimiento se tienen que anticipar para dejar todo listo antes de salir.
En cambio los hombres no rechazan una invitación a salir porque para ellos no hay pendientes, ya que de facto saben que todo lo que concierne al hogar (quehacer, hijos, etcétera) es chamba de la mujer (madre, hermanas, abuelas, tías, hijas, pareja).
Por eso es pertinente que los hombres realicen dos cosas: una, entender que no son un apoyo o ayuda en el hogar y, dos, reflexionar si las labores que realizan en casa las hacen porque una mujer se los pide o porque realmente entienden que también es SU chamba como integrante de una familia. Su familia. Ahí se los dejo.
