Voracidad

En alguna ocasión, conversando con funcionarios públicos, comentaban que administraciones anteriores se habían caracterizado por su “voracidad”. Si bien el término remite originalmente a quienes comen con ansia, exceso y rapidez, su sentido se extiende con claridad al afán de poseer, consumir o acumular que atraviesa tantas realidades humanas.

La voracidad se manifiesta, por ejemplo, en una empresa cuyo único fin es maximizar utilidades. Se evidencia también, en tiempos recientes, en quien es incapaz de detener el scroll en Instagram o TikTok. Es voraz, igualmente, quien rinde un culto desordenado a su propio cuerpo,; sometiéndolo a jornadas interminables de ejercicio con el único objetivo de verse bien. Y quizá también lo son quienes participan con saña en el linchamiento mediático ante errores sin malicia.

En no pocas ocasiones, la voracidad nace de la búsqueda de una sensación agradable en el cuerpo o en la mente; es un instante de placer, muchas veces entrelazado con el deseo de huir del dolor. Sin embargo, ese placer, cuando se vive sin un contexto integral y sin autodominio, puede derivar en círculos viciosos que conducen al aturdimiento, la degradación o incluso la degeneración. Basta observar a quienes quedan atrapados en el alcohol, las drogas o relaciones tóxicas, enredados en dinámicas destructivas —tristemente frecuentes en muchos jóvenes— de las que resulta difícil salir.

Esa insaciabilidad, la del que nunca dice basta, la del que busca con ansiedad el siguiente estímulo, el siguiente clic, la siguiente sensación, conduce, de manera paradójica, a un vacío aún mayor. Como advertía Evagrio Póntico, maestro espiritual del siglo IV, la voracidad suele ser máscara de una carencia profunda arraigada en el interior humano que con frecuencia nos engaña llevándonos a buscar soluciones equivocadas.

Cabe preguntarse, entonces, si la sociedad contemporánea puede describirse como voraz. El capitalismo en sus formas más extremas presenta rasgos de voracidad, pero también el marxismo. Las guerras actuales —militares, políticas o comerciales— reflejan esa misma lógica, al igual que fenómenos como la ludopatía, la pornografía, las adicciones digitales, el consumismo o el FOMO que impulsa a no perderse nada.

La voracidad se filtra también en lo cotidiano. Me refiero a padres que ceden durante horas la tableta electrónica a sus hijos; profesores incapaces de establecer límites razonables; voluntades que no logran sacrificar el corto plazo en favor de un bien mayor; sociedades que toleran la corrupción y la impunidad. En el fondo, un permisivismo que detona conductas destempladas, dañinas tanto para la persona como para la comunidad. Todo ello resulta aún más lacerante en un mundo donde otros viven en la escasez, la pobreza, el hambre o el abandono.

El ser humano no está hecho para la degradación ni para el aturdimiento. La ansiedad no es su estado natural, aunque hoy lo parezca. Tampoco lo son la soledad, el aislamiento o el vacío existencial, que con frecuencia alimentan esta voracidad.

Por el contrario, las personas nos sentimos más plenamente humanas cuando encontramos equilibrio, cuando respiramos paz interior, cuando cultivamos serenidad y perspectiva, cuando aprendemos a disfrutar lo pequeño y a decir “no” a incentivos que nos desordenan.

Y es que la persona no es un qué, sino un quién, con un para qué y un por qué. Siente, pero también razona. Elige y se autodetermina. Es individual, pero está abierta al otro. No tiene precio, aunque sí un valor infinito. Es cuerpo y es alma. Es finita, pero está llamada a lo infinito. Es terrena y, al mismo tiempo, trascendente. Es yo, pero también es tú.

En la medida en que comprendamos que no hemos sido hechos para el aturdimiento voraz, sino para una vida más plena, integrada y trascendente, no sólo podremos salir de muchas de las ansiedades contemporáneas, también conseguiremos desplegar aquellas potencialidades humanas que conducen a una satisfacción auténtica y duradera.