Una de las principales cualidades del ser humano es buscar respuestas a las preguntas que se van formulando a lo largo de la vida. Esa posibilidad de preguntar, cuestionar inquirir, indagar nos ha permitido, en tanto seres humanos, generar ese conocimiento que nos ha permitido, por ejemplo, leer con toda tranquilidad este periódico en cualquiera de sus modalidades, ya sea impreso o en formato digital —en una página web o en las diferentes plataformas de las redes sociales—. Un ejemplo más sencillo es ponderar la facilidad con la que se lleva un encendedor en el bolso para que, con un mecanismo al alcance de cualquier persona, se encienda esa pequeña flama que admiró y llenó de angustia —como se nos ha transmitido en los libros y las aulas— a los primeros seres humanos y que, por supuesto, también es parte fundamental de las antiguas mitologías en las que se observa que las culturas de la antigüedad también habían comprendido la importancia del fuego: a fin de cuentas, el dios Prometeo sigue apareciendo como ese referente del conocimiento que abatió la obscuridad de la ignorancia.
Por fortuna, la misma historia nos habla acerca de la trascendencia que implicó la creación de ese artífice entre el conocimiento y la comprensión de los claroscuros que caracteriza a los seres humanos: la escuela, la institución educativa que, en cierto sentido, es parte de aquello que define a una sociedad. En ese tenor, bastaría con preguntarse cuántas características de ese encendedor que quizá se pierde en la vastedad del bolsillo es resultado de una idea, de la breve epifanía surgida en un salón de clases. Ya las y los especialistas en la pedagogía, en la historia de la educación, nos han planteado la importancia de la escuela en el desarrollo de la cultura a lo largo nuestro proceso como civilización; sin embrago, en ocasiones, necesitamos apelar a esa pregunta sencilla que nos permita ubicar, en nuestras propias vidas, la trascendencia de ese espacio que se disfruta, que se goza, que también se sufre, pero que necesita para seguir iluminando con el fuego prometeico nuestra idea del futuro.
No es exagerado plantear que uno de los indicadores para valorar y entender la situación de una sociedad es, precisamente, su vínculo con la educación, con el sistema educativo implementado desde sus propios gobiernos. Nadie se atrevería a negar que, en nuestro país al menos durante la primera mitad del siglo pasado, dicha noción era de lo más relevante para los diferentes proyectos de nación que buscaban consolidar su propia idea de futuro. No obstante, vivir de las grandes empresas, sueños y búsquedas del pasado no siempre son la mejor carta de presentación para lo que se vive y se experimenta el día de hoy. Ya habrá oportunidad para profundizar, cada vez más, en los retos e implicaciones de una escuela que se está en medio de la “tormenta perfecta”: las nuevas tecnologías, los peculiares vínculos y exigencias de las familias, la salud emocional del alumnado, así como de la figura del docente y mucho más que, sin duda, es sustancial en el devenir de la educación y las sociedades mismas. No obstante, queda ese resquemor al preguntarse si todo esto es relevante para quienes han convertido la educación y sus proyectos en simples monedas de cambio, en una más de las piezas que se mueven en el tablero de la politiquería rastrera que sólo obedece a interés de los gremios sindicales, del partido oficialista en turno y los fines electoreros que se subrayan en cada promesa no cumplida. Nunca será inoportuno preguntarse acerca del vínculo y la importancia que ocupa la educación entre quienes hoy gobiernan y ocupan un cargo en la administración pública en cualquiera de sus niveles: quizá las respuestas que podamos obtener queden envueltas entre la maraña de la frustración y el enojo.
Así, cuando vamos formulando dichas y las colocamos en el rompecabezas de lo cotidiano, es factible que entendamos el galimatías y el desbarajuste que provocaron el anuncio del titular de la Secretaría de Educación Pública con respecto al recorte del calendario escolar por las razones más inauditas posibles y, además, el discurso poco claro y tambaleante de la titular del Poder Ejecutivo al pronunciarse con respecto a dicho tema. Se destapó una suerte de Caja de Pandora de la que salieron a relucir las tantas y diversas problemáticas con respecto a la educación entre las que, el calendario escolar, es apenas el guiño del rey tuerto. Y las nuevas preguntas han quedado en el aire, sin respuestas posibles, sin la relevancia de aquello que es la piedra angular para el futuro de este país. Ahí radicaría nuestra principal exigencia.
Sin embargo, los cuestionamientos más importantes, el encendedor y su fuego no obligadamente necesitan de quienes han despreciado a la educación en las últimas décadas. Edifiquemos nuestras respuestas.
