Tres voces del intento de suicidio
Historias reales revelan el peso del suicidio juvenil y la urgencia de hablar sin miedo ni prejuicios, presentadas con un enfoque humano, testimonial y de salud pública

El suicidio es la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años en México, es un problema de salud pública que detrás de cada intento hay un silencio, un dolor acumulado y, muchas veces, una falta de empatía de pertenencia y apoyo.
Grupo Imagen recabo tres testimonios, tres voces —que no se conocen entre sí— hablan desde trincheras distintas, pero con un mismo trasfondo: la sensación de aislamiento, de no encajar, de cargar con pérdidas y abusos físicos, sexuales e incluso emocionales que los llevaron a querer renunciar a la vida. Hoy, cada uno, desde su propio camino, busca convertir el sufrimiento en un mensaje de resistencia.
Sofía, 17 años, estudiante de preparatoria, ha atentado contra su vida en dos ocasiones. La primera, a los 12 años, tras la muerte de su abuelo. En medio de la pandemia, con depresión y sintiéndose sola, ingirió pastillas en un intento desesperado de apagar su dolor.
Sentía que nadie me entendía. Ahora pienso que no vale la pena. Lo más importante es que sigues vivo y tienes salud”, reflexiona.
El más reciente episodio ocurrió hace unos meses, cuando una traición accidental a una amistad la hundió en la culpa. “Recaí. Me fui al baño e intenté otra vez. Y esa persona ni siquiera me preguntó cómo estaba.
Me sentía sola, ignorada. Pensé: ¿para qué vivir si no tengo con quién?”. Pero la lección más dura, dice, llegó después de ver a su madre al borde del colapso en el hospital: “Tu mamá nunca te abandona. Los amigos sí, pero tu mamá nunca”.
Aprendí que quienes menos esperas son los que realmente se preocupan por ti”. Hoy, admite, los pensamientos suicidas siguen rondando, pero eligió pedir ayuda: “Callarte es lo peor. Aunque sea a un desconocido, dilo. Hablar te salva”.
La historia de Tania Arestegui, psicóloga de 32 años, revela el otro lado: sobrevivir y transformar la experiencia. Ella intentó quitarse la vida cinco veces. Su historial incluye depresión, anorexia, ansiedad, un abuso en la infancia y una violación en la adultez. También sufrió la pérdida de dos seres queridos por suicidio.
Despertar en un hospital después de un intento es un golpe brutal. Piensas: “¿Por qué sigo aquí?”. El dolor se multiplica, porque no sólo sigues con tu carga, también has herido a tu familia”.
Ya pasaron algunos años de esos amargos episodios en su vida, ahora Tania luce feliz, diariamente lucha contra sus propios demonios que le susurran un intento más, pero su elección de vivir un día más ha podido sacarla a flote.
Hoy es especialista en prevención y dirige la asociación “Vale la Pena” A.C., desde donde brinda acompañamiento a personas en crisis. “No es que todos los días quiera vivir ni que todos los días quiera morir. Pero sí, todos los días elijo vivir. Se trata de darle sentido al presente, aunque sea con algo pequeño. De poquito en poquito, la vida empieza a doler menos”.
Es clara, y aclara qué aquellos que han atentado contra su persona, “no es que quieran morir, sino lo que se busca es dejar de sufrir, un sufrimiento que los atormenta, sobre todo que los lleva a hundirse entre sus fantasmas y demonios”.
Estas palabras le quedan a la perfección a Eduardo Sánchez, mejor conocido como “LaloKlona”, es músico de hip hop. Hace un par de años también pensó en rendirse.
Habitante de la Unidad Habitacional Vicente Guerrero en la alcaldía Iztapalapa, su ambiente no ayuda mucho, violencia, drogas y olvido, es una mala combinación para los jóvenes que buscan algo llamado “pertenencia”.
No me aceptaba, no sabía quién era. Una noche estaba a punto de tomar más pastillas y clonas, decidido a acabar todo. Pero algo me dijo: ‘No estás para tirar la toalla tan rápido, aviéntale huevos y dale de frente al toro’”.
Ese “algo” fue la música. Desde entonces, sus letras hablan del dolor, la marginación y la lucha diaria, convirtiéndose en espejo para otros jóvenes que cargan con la misma sensación de vacío. “Me salvó rapear. Descubrí que lo que siento lo sienten otros, y que mis palabras pueden acompañarlos”.
Sofía, Tania y LaloKlona nunca se han encontrado, pero sus historias dialogan entre sí. Los tres tocaron fondo por sentirse excluidos, incomprendidos, por cargar pérdidas y abusos. Los tres eligieron, en distintos momentos, transformar la idea de morir en una forma distinta de resistir.
En un país donde el suicidio juvenil crece cada año, sus voces recuerdan que hablar, pedir ayuda y escuchar sin juzgar puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Como dice Tania: “No ignoremos el primer intento. A veces no es un grito de vanidad, es un grito de auxilio”.
Ayude a cuidar a otros y me olvide de mi
Un grito que también tienen los padres que sufren el suicidio de un hijo es una herida que nunca cierra. Así lo vive Leticia Girón Orozco, madre de Ceci, una joven de espíritu libre, creativa y amorosa que, atrapada en una depresión, decidió acabar con su vida hace casi 16 años. Un instante marcado por el alcohol, la desesperación y un impulso del que ella misma se arrepintió demasiado tarde.
Yo pensé que se iba a salvar. Estaba viva, pidió ayuda, le dijo a su vecina que la auxiliara… pero murió”, recuerda Leticia, con un dolor que aún quiebra su voz.
Ceci había sufrido durante años episodios de depresión. Aun así, quienes la conocieron la describen como alegre, capaz de arrancar sonrisas con su creatividad y sensibilidad. Sin embargo, aquella noche todo se transformó.
Fue llevada al hospital tras intentar quitarse la vida. Negligencias médicas, asegura su madre, sellaron su destino.
Desde entonces, la vida de Leticia y su familia se partió en dos. “Perder a un hijo así es un antes y un después en la vida de cualquiera”, afirma.
El dolor la empujó hacia la espiritualidad. Tres años antes de la tragedia, se había certificado como maestra de Kundalini yoga. Esa práctica, confiesa, fue lo que la sostuvo: “Si no hubiera tenido mi disciplina espiritual, me hubiera muerto con ella”.
De ese proceso nació la asociación “Despierta Amor, Amor, Amor”, nombre inspirado en las últimas palabras que Ceci le dijo en el hospital. Durante años, Leticia acompañó a padres que enfrentaban el mismo infierno, organizó foros y buscó dar visibilidad al suicidio, un tema todavía lleno de estigmas.
Pero en ese camino de ayuda, se perdió a sí misma. “Me enfoqué tanto en los demás que olvidé mi propia vida. Dejé mi práctica, me desconecté de mí. Caí en depresión”, reconoce. Fue hasta hace poco que decidió cerrar grupos, retomar la terapia y reencontrarse. “Me di cuenta de que me extrañaba a mí misma”.
Hoy, casi 16 años después, Leticia confiesa que apenas comienza a sentirse en paz. “Ahora la siento integrada. Durante mucho tiempo estaba hacia afuera, ayudando, pero no la tenía dentro de mí. Hoy sé que Ceci está conmigo”.
Su historia es la de miles de familias mexicanas que viven con la culpa y el silencio tras el suicidio de un ser querido. Leticia no se libra de ese sentimiento: “¿Por qué no la acompañé más?, ¿por qué no puse límites?, ¿por qué la dejé sola?”. Preguntas que aún la persiguen, aunque poco a poco aprende a responderlas con amor y perdón.
El testimonio de esta madre revela una verdad incómoda: en México, hablar de suicidio sigue siendo tabú. Los padres que lo enfrentan cargan con la culpa, el estigma y el aislamiento.
Leticia insiste en que es momento de abrir la conversación y derribar prejuicios. “Decir la palabra suicidio duele, pesa, pero callarlo duele más”, sentencia.
Su camino, marcado por lágrimas, yoga, espiritualidad y ahora terapia, muestra que es posible sobrevivir a lo insoportable. Que del dolor puede brotar fuerza. Y que incluso en la pérdida más desgarradora, el amor puede ser la única respuesta.
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