*Lo que pasó el fin de semana en el Grammy es un acto valiente y humano por parte de Bad Bunny.
Hay noches que trascienden el espectáculo. Noches en las que la música deja de ser sólo ritmo y se convierte en postura, en reclamo, en dignidad. Eso fue lo que ocurrió en la reciente entrega de los Grammy Awards en Los Ángeles, California.
Me llenó de emoción —y no exagero— ver cómo buena parte de la comunidad musical de Estados Unidos se puso de pie ante unas palabras poderosas, incómodas para el poder, pero necesarias para millones. Bad Bunny alzó la voz para exigir: fuera al ICE. Y no fue un gesto aislado, muchos asistentes portaban botones con esa consigna, como una forma clara de protesta frente a los abusos, la violencia y el trato inhumano que viven los migrantes todos los días.
No fue moda. No fue pose. Fue una postura política y humana.
Que un artista de ese tamaño utilice su plataforma para denunciar injusticias habla de congruencia y de valentía. Porque cuando se tiene todo, levantar la voz no suma likes: suma enemigos.
UN GRAMMY EN ESPAÑOL: HISTORIA PURA
Pero la noche no sólo fue poderosa por el discurso. Fue histórica por los hechos. Que el Grammy al Álbum del Año haya recaído en un disco completamente en español es una cachetada directa a décadas de desprecio cultural. Durante años nos dijeron que para triunfar había que traducirse, adaptarse, diluirse. Hoy quedó claro que no.
La música no necesita permiso cuando conecta con el alma.
Este reconocimiento no es sólo de un artista, es de una cultura entera. De una comunidad que durante décadas fue relegada, usada o invisibilizada. Y ahora, como cereza del pastel,
Bad Bunny estará en el Super Bowl Halftime Show: el escenario más visto del planeta.
Un latino. Cantando en español. En el evento deportivo más importante de Estados Unidos.
Lo que antes parecía impensable, hoy es realidad.
LA BAJEZA COMO ESTRATEGIA: EL CASO IMELDA GARZA TUÑÓN
Pero mientras unos elevan la voz para defender causas, otros usan el poder para aplastar. Golpes bajos, estrategias sucias y una guerra que no busca justicia, sino destrucción.
El nombre es claro: Marco Chacón.
Primero, el intento sistemático por arrebatarle a una madre a su hijo. Después, la orquestación de una campaña brutal para destruir la imagen de Imelda Garza Tuñón, viuda de Julián Figueroa.
La hicieron pasar por alcohólica, drogadicta, irresponsable, una mujer de pocos escrúpulos. Todo para justificar lo injustificable: quitarle a su hijo y silenciarla.
Y como si eso no bastara, Chacón, en su calidad de albacea, lleva más de un año sin entregarle lo que legalmente le corresponde al hijo de Julián. Un año completo de abuso institucional.
Luego vinieron los supuestos testigos, entrenados y aleccionados para hablar en contra de Imelda. No para esclarecer la verdad, sino para acabar con ella mediáticamente.
Y ahora, el acto más ruin: la filtración de un video a un programa de YouTube donde se ve a Imelda golpearse contra el piso. Un video sin contexto, utilizado como arma.
La pregunta es inevitable:
¿Qué ocurrió antes?, ¿por qué ese programa tiene ese material?, ¿quién lo grabó?, ¿con qué intención? y ¿por qué ahora? Porque, cuidado, si entramos al terreno de los videos, Imelda también podría mostrar los que existen de Julián bajo los efectos de sustancias, o relatar con detalle lo que —según ella— vivió a manos de Chacón y de Maribel Guardia.
Y entonces, créanme, no quedarían bien parados.
La guerra sucia no es justicia.
Es cobardía.
YERI MUA: CARÁCTER JAROCHO Y CERO DEJADEZ
En medio de este contexto, en los TikTok Awards tuve la oportunidad de platicar con Yeri Mua, una mujer polémica, sí, pero también frontal y consciente del personaje que representa.
Ahí, sin rodeos, me contó lo que ocurrió en la famosa casita de Bad Bunny. Fue clara: no conocía a Carolina Miranda. No había historia previa, no había conflicto arrastrado.
Según su versión, fue Carolina Miranda quien comenzó a provocarla, a “darle caderazos” y a invadir su espacio. Y cometió un error: no medir el carácter de Yeri Mua.
Porque Yeri Mua no es dejada. Porque Yeri Mua es jarocha. Y porque cuando alguien la agrede, se defiende.
“No sabía el carácter que tengo”, me dijo. Y el carácter jarocho no se queda callado cuando alguien cruza límites. Se defendió, puso un alto y no aceptó el papel de mujer sumisa que muchos esperan.
Y mientras algunos sólo quieren verla envuelta en escándalos, los hechos son otros: Yeri Mua tiene fecha en el Auditorio Nacional. Un recinto que no se regala y que sólo pisan quienes tienen público real.
Podrán criticarla, minimizarla o juzgarla, pero los escenarios no mienten.
DOS MUNDOS, UNA MISMA RESPONSABILIDAD
Por un lado, artistas que usan su voz para defender a los migrantes y romper barreras culturales. Por el otro, personajes que utilizan el poder para aplastar a una mujer en duelo.
La diferencia es brutal. La música puede sanar. El abuso destruye.
Y nosotros, como periodistas y como sociedad, tenemos la obligación de aplaudir lo que eleva y denunciar lo que hunde. Porque el silencio, en estos tiempos, también es complicidad.
