Canadá, Estados Unidos y algunos estados del norte de México experimentan un invierno congelante. ¡Qué tan frío ha estado que en estos días “han llovido iguanas”!
No es una metáfora, Florida y su clima cálido están bajo cero y las iguanas han caído de los árboles en estado de letargo.
Pero más al norte, en el Ártico, las cosas son distintas.
Esta región se calienta cuatro veces más que el resto del planeta y los meteorólogos explican que eso ha distorsionado el vórtice polar, de ahí la tormenta invernal extrema con daños potenciales comparables a un huracán.
La megatormenta invernal ha dejado víctimas mortales, damnificados y sólo falta cuantificar los daños materiales.
Por ahí alguien dijo —otra vez— que cuál calentamiento global si… “¡está helando!”, lo que prueba que se trata de un “engaño climático”. Pero el presidente estadunidense se equivoca.
El clima en el planeta no deja de cambiar.
Una manera didáctica de entenderlo es a través de los mapas que comparten meteorólogos y climatólogos en las redes sociales, si observamos con detenimiento, veremos que las “oleadas” en tonalidades rojas a muy rojas dominan el planeta. Eso significa más caliente que el promedio. Olas de calor, sequías, tormentas, incendios e inundaciones extremos son hechos contundentes.
Ahí está Australia, donde una ola de calor histórica azota con temperaturas récord de hasta 50 grados centígrados… ¡calor sofocante! Y así se jugó el Abierto de Tenis.
Si bien para el hemisferio norte aún quedan algunas semanas de invierno, más vale hacerse a la idea de que se experimentará una primavera y un verano muy calurosos.
El calor es una anomalía y es también el sistema operativo del presente, desde el cual tiene que organizarse la vida cotidiana.
Cada décima que sube el termómetro global no sólo bate récords, modifica horarios, encarece alimentos, presiona los sistemas de las ciudades —como electricidad y agua— y erosiona certezas.
Este 2026 se perfila como el cuarto año más caluroso y esta advertencia de la ciencia debería no sólo encender todas las alarmas, sino acelerar la acción climática.
Sin embargo, pareciera que la reiteración ha anestesiado la urgencia.
El peligro ya no es sólo el calentamiento, sino la creciente capacidad para convivir con él sin reaccionar.
Las proyecciones del Servicio Meteorológico británico son inequívocas. En 2026, la temperatura media global podría situarse entre 1.34 y 1.58 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, marcando el cuarto año consecutivo por arriba de 1.4 grados.
Hace una década, esos valores eran la proyección de un escenario extremo y no tan lejano, hoy son el punto de partida de cualquier previsión razonable.
No se trata de una racha ni de una estadística, sino del resultado acumulado de un modelo económico que sigue emitiendo más carbono del que el planeta puede absorber. El contexto confirma la deriva. Los registros de Copernicus indican que 2024 ya quedó marcado como el primer año en superar, aunque sea temporalmente, el umbral de 1.5 grados. Si 2026 lo cruza, no será una sorpresa, será la ratificación de una tendencia.
La ciencia ha sido clara durante años, las consecuencias ya no habitan el futuro.
Fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes, pérdidas de productividad, crisis hídrica, impactos en la salud pública y tensiones sociales forman parte del presente.
El calentamiento global actúa como un amplificador de desigualdades, quienes menos han contribuido al problema son quienes enfrentan primero y con mayor crudeza sus efectos.
¿Qué podemos esperar para México?
El Servicio Meteorológico Nacional anticipa que marzo podría ser el más caluroso en casi una década, con una temperatura promedio cercana a los 29.8 grados centígrados.
A nivel regional se profundiza la señal de alerta. San Luis Potosí, Coahuila, Aguascalientes o Zacatecas enfrentarían incrementos superiores a dos grados respecto a sus promedios históricos. En amplias zonas del centro y norte, el aumento oscilaría entre más de uno y dos grados centígrados.
Estas cifras se traducen en mayor demanda de agua y energía, estrés creciente sobre la agricultura, presión sobre infraestructuras urbanas y un aumento sostenido de riesgos a la salud.
Golpes de calor, deshidratación y afectaciones a la salud mental no son episodios excepcionales, ya son una constante.
Las recomendaciones oficiales —hidratarse, evitar exposición prolongada al sol, usar ropa ligera— son paliativos necesarios, pero claramente insuficientes frente a un fenómeno estructural.
El problema de fondo no es técnico, sino político y económico.
México, como muchas otras economías, intenta adaptarse a un clima cada vez más hostil, pero sin abandonar un modelo intensivo en combustibles fósiles.
Transición energética, planificación urbana sensible al clima, restauración de ecosistemas y transformación de los sistemas alimentarios no son aspiraciones, son condiciones mínimas de estabilidad.
A escala global, el diagnóstico coincide.
Naciones Unidas insiste en la urgencia de acelerar la descarbonización y redefinir patrones de consumo y producción.
En ese marco, el Acuerdo de París aparece hoy menos como una meta ambiciosa y más como un recordatorio incómodo de lo lejos que está la humanidad de cumplir lo que prometió hace 10 años.
No falló la ciencia ni faltaron las advertencias, es el letargo de la voluntad política para traducirlas en decisiones vinculantes.
Si 2026 rompe un récord más de calor no será un dato cualquiera en los informes climáticos, será una prueba por seguir normalizando lo inaceptable.
