'AMLO merece ganar, lo merecemos todos'
Amigos de la infancia de López Obrador lo recuerdan como un líder humilde y decidido que nunca se rindió

TEPETITÁN, Tab.
Tranquilo y silencioso, un codo del río Grijalva acompaña a esta pequeña villa tabasqueña que, en los últimos meses ha estado en los ojos del mundo: es el pueblo natal de Andrés Manuel López Obrador.
Con las encuestas pronosticando una y otra vez la victoria del líder de Morena, visitantes de todo el mundo se aparecieron en sus calles. Una novedad para los habitantes que han estado aquí, atentos y esperanzados durante al menos 12 años.
Que su paisano llegue a la Presidencia significa más para ellos que para el resto del país.
“A nosotros, así como nos ve, por haber apoyado a Andrés Manuel hemos estado en muchas cosas y ahí seguimos”, cuentan María del Rosario y Soledad López Paz, amigas de la infancia de López Obrador. Han soportado largas caminatas, mítines y protestas, incluso amenazas, persecuciones y gases lacrimógenos.
Todo por apoyar al niño que hace seis décadas jugaba con ellas. Nesho para los amigos. De él hay un busto frente a las ruinas de la que un día fue la casa de sus abuelos. En la calle de atrás, junto al río, también queda la vivienda de una sola planta donde vivió con sus padres y tenían una tienda. Hoy es una construcción vacía de fachada roja con puertas y ventanas doradas.
Sobre el malecón, sombrero en mano y los ojos iluminados, Heberto Pliego recuerda cuando jugaba con Andrés. “Nos íbamos a bañar o a veces hacíamos apuestas aquí para cruzar el río, el que llegara primero”.
También pasaban horas jugando beisbol, una pasión que Nesho heredó de familia. Fue su abuelo, José Obrador Revuelta, quien donó al pueblo el campo que lleva su nombre y sigue reuniendo a chicos y grandes aún en las tardes más calurosas.
Don Heberto asegura que Andrés Manuel no es intolerante, pues de niño no se enojaba aunque perdiera un partido. “Decía: ‘pues si se perdió, ni modo, no se puede hacer otra cosa más que tranquilizarnos porque así es el beisbol. A veces se gana y a veces se pierde’”.
Y si alguien conoce de derrotas son los tepetitecos: alguna vez fueron la cabecera municipal de Macuspana, tenían telégrafos y un palacio municipal. Hoy hasta los peces escasean en el río y cada vez hay menos ganaderos. Pero, sin duda, las derrotas más dolorosas han sido ver perder a Andrés Manuel dos veces. Por eso esta vez confiaron en que era la vencida.
“Se lo merece, lo merecemos todos nosotros”, claman.
María del Rosario sabe que López Obrador no tiene una varita mágica para arreglar todo, pero cree que cumplirá sus promesas. “Desde que estaba chico, si se proponía hacer algo, aunque fuera muy pequeño, lo hacía”.
Varios lo recuerdan como un líder que desde aquel entonces mostraba interés político, “Algún día voy a hacer gobierno, ya lo van a ver”, recuerda su amiga que Nesho les decía.
El político ha visitado su pueblo contadas ocasiones desde que se fue a estudiar la secundaria, pero para los tepetitecos el cariño sigue intacto.
“Una vez vino aquí, se le hizo una comida. Toda la gente del pueblo llegó, unos con tres tortillas, otros con pozol, otros con pejelagarto”, cuentan las hermanas López Paz. Soledad recuerda que Andrés Manuel se preocupó, “Chole, si hay comida para todos sí me siento a comer, si no hay, no me siento”.
Esmeralda Colomé, otra amiga de la infancia, dice sentirse orgullosa de tener un Presidente de la República de un pueblito humilde, como lo fue Benito Juárez.
“Hasta lloramos de esa alegría tan grande que nos inspira Andrés Manuel, que siendo un muchacho de aquí, como todos, haya llegado hasta donde está por su propio esfuerzo”, asegura María del Rosario.
Gumercindo Torres, un joven profesor de telesecundaria, no convivió con AMLO pero creció escuchando su historia y de ella aprendió que sí se puede salir de un pueblito y mejorar.
Para Soledad la enseñanza es parecida: luchar y tener fe, aunque todo se esté derrumbando, para salir adelante.
Felícito Acosta sólo pide una cosa: “Que no se olvide de su lugar, que se acuerde de este lugar donde él nació”.
Refugiados del duro sol del mediodía, meciéndose en sus hamacas con las ventanas y puertas abiertas, para los tepetitecos se acabó la espera: a la tercera Nesho ganó la elección presidencial.
“Para el pueblo chontal es como un padre”
NACAJUCA, Tab.– El pasado viernes, Constantino Denis contestaba así a todo aquel que le preguntara si votaría por Andrés Manuel López Obrador: “Pues claro, si es mi ídolo, mi gente”, decía desde el corazón.
Es la huella que Andrés Manuel dejó en este poblado, donde de 1977 a 1982 fue coordinador del entonces Instituto Nacional Indigenista (INI).
Nacajuca es el inicio de la zona indígena chontal, culturalmente vinculada con los mayas.
“A las comunidades se entraba a pie o a caballo, eran puros atascaderos; la gente estaba olvidada”, recuerda Constantino, quien trabajó con Andrés Manuel en el INI.
Sobre una laguna aún luce su obra más importante: los camellones chontales. Chinampas hechas con la tierra del fondo del pantano que, amontonada en la superficie, sirve para sembrar. Los canales que quedan sirven para cultivar peces.
Durante la construcción de los camellones AMLO vivió y trabajó con los campesinos. Eutimio Hernández, de la comunidad de Tucta, lo describe como un hombre sin miedo al campo.
“Pensamos que nunca se iba a tirar (al pantano), pero se subió el pantalón, se sacó el zapato y al agua también”.
Treinta hectáreas de tierra y 30 de agua se repartieron entre los indígenas. Plátano, coco, mango, maíz y frijol destacan en cada camellón. Iguanas, libélulas y pájaros se dejan ver entre los árboles. En el agua lucen redes de pesca y cayucos.
Los camelloneros se mueven en bicicleta y los más modernos en moto cuando la tierra está seca. Pero don Eutimio, a sus 74 años, todavía llega a su camellón a pie, una hora de recorrido.
“Los camellones nos están dando mucho para criar a nuestros hijos. He criado a mis nietos, a mis bisnietos. Si no nos hubieran dejado esta tierra y esta agua para vivir, ¿en dónde estaríamos ahorita?”, se pregunta.
En tierra firme López Obrador repartió ejidos bajo créditos a la palabra. Machete en mano, pies y manos cubiertos de tierra, Tomás Lázaro aún trabaja el suyo. “Alguna enfermedad o cualquier cosa tengo de dónde echar mano. Agradezco al licenciado que nos ha apoyado, haz de cuenta como si fuera un padre”, dice sin tapujos.
“Demostró que sí siente a los campesinos porque nos dejó para vivir y nos hizo la vivienda”, dice don Eutimio. La mayoría de las casas de esa época siguen ahí.
Cipriano de la Cruz, profesor de primaria indígena, cuenta que Andrés Manuel educó a la gente con un programa de alfabetización con el que dio empleo a los jóvenes para enseñar a los adultos.
Es raro el chontal que no apoye al “licenciado”. Aquí se ganó a los indígenas, pues siempre lo vieron comportarse como uno de ellos.
Don Tomás pasó su apoyo del Frente Democrático Nacional al PRD, después a Morena y se volvería a cambiar si Andrés Manuel lo hace.
“Él preguntó una vez si la gente estaba dispuesta a apoyarlo”, recuerda.
“Sí estamos licenciado, estamos dispuestos a apoyarlo a usted hasta el fin”, dice que le respondieron.
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