¿Cómo evitar las relaciones de noviazgo destructivas?

Tenemos que evitar caer en la soberbia de creer que lo sabemos todo y, por lo tanto, cuando elegimos a alguien no podemos fallar

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¿Cómo evitar las relaciones de noviazgo destructivas? Foto: Getty.

Amar a alguien es una tarea para gente audaz. Sólo aquellos que tienen la fuerza, la capacidad y la inteligencia son capaces de llegar a experimentar este sentimiento, que encamina y perfecciona al ser humano.

El noviazgo debe ser aquel compromiso moral y afectivo entre dos personas, que siendo amigos por decisión mutua han decidido hacer un pacto de respeto, fidelidad, apoyo y ayuda para unirse en un compromiso más fuerte.

No podemos amar a alguien que no conocemos, es ahí donde la amistad juega un papel importantísimo, ya que esa persona que hemos elegido debe ser nuestro mejor amigo, aquel que se convierta en nuestro compañero de aventuras y derrotas, alguien con quien compartir nuestros miedos y problemas para que pueda darnos ese punto de vista que tal vez nosotros no hemos sido capaces de ver.

Todo esto se logra por medio del desarrollo continuo de una comunicación eficaz, y de tratar al amor con respeto, construyendo, aprendiendo, asimilando las herramientas necesarias que nos permitan en el futuro tomar buenas decisiones.

¿Pero qué pasa cuando no aprendemos, cuando confundimos amor con amistad, atracción, ilusión o desesperación? Cuando la prisa de esta sociedad nos contagia con el deseo de conseguir por conseguir, cuando dejamos de lado el conocimiento del otro sólo con el fin de poseerlo. ¿Qué pasa cuando nos importa más llenar ese vacío que hay en nuestra vida sin importar el bienestar emocional, la libertad, la tranquilidad o el perfeccionamiento mutuo?

Pasa lo inevitable, comenzamos a idealizar, a pensar en esa persona como nuestro príncipe o princesa sin importar sus características reales.

Vemos sólo aquello que queremos ver, empezamos a creer que lo más importante es que esa persona permanezca a nuestro lado, porque de otra forma experimentamos ansiedad y angustia insuperables.

Aparecen los celos, la manipulación, las amenazas, desmotivación, conflictos emocionales y, entonces, nos etiquetamos dentro de los llamados "noviazgos destructivos", definidos así, porque destruyen la paz interior.

Éstos no siempre son evidentes, pueden esconderse dentro de la bandera del "amor para siempre" o "amar es sufrir", y parece increíble la frecuencia y facilidad con la que podemos caer en este tipo de trampas si no somos conscientes de lo que realmente queremos, de quiénes somos y de qué es el amor maduro.

Debemos dejar de lado las ideas de amor mal correspondido, ya que sólo se trata de caprichos, mal entendidos, pues el verdadero amor es aquel que surge del conocimiento y decisión mutua.

Otra trampa frecuente es creer que podemos hacer cambiar a la persona, cuando no deberíamos ni siquiera intentarlo, pues "querer hacerla cambiar" significa sólo una cosa: ésa no es la persona que nosotros realmente queremos, entonces ¿por qué jugar con nuestros sentimientos y los del otro? Contrario a lo que se busca, esto sólo genera entre la pareja una barrera de sentimientos negativos que dan como resultado la obvia incapacidad de amar.

Tenemos que hacer una meditación de nuestra vida, de las personas que nos acompañan, de sus virtudes y defectos, con el fin de elegir si esa persona es realmente la que queremos que nos acompañe en la vida. Tenemos que ser capaces de enfrentar nuestros miedos y darnos cuenta de aquello que nos motiva para tomar decisiones, tenemos que conocernos para ser capaces de conocer al otro, sin caer en la soberbia de creer que lo sabemos todo y, por lo tanto, cuando elegimos a alguien no podemos fallar.

Tenemos que preguntarnos si ese otro ser a quien hemos elegido nos hace "mejores personas".

Amar no es idealizar y en nada se parece. Amar es ofrecer bienes reales, ayudar a que el otro sea un ser más pleno, que se acerque más a su verdadera misión, es enseñarle, entre muchas otras cosas, a ser mejor persona para hacer de este mundo un mejor lugar.

Tengamos siempre presente que amar es aplaudir a Dios, agradeciéndole por la persona que ha enviado a nuestro lado para hacernos compañía.