La próxima gran estrella de la NFL es un nerd en finanzas

Fernando Mendoza, ganador del Heisman y quarterback de Indiana, regresa a Miami para la final colegial  mientras en Las Vegas ya lo corean como el pick 1 del draft

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Mendoza lanzó cinco pases de anotación en la semifinal colegialAFP

En Miami, donde aprendió a leer defensivas antes que balances generales, Fernando Mendoza está a punto de cerrar un círculo improbable. El 19 de marzo disputará la final del futbol americano colegial en su ciudad natal con la Universidad de Indiana, cargando el Trofeo Heisman bajo el brazo y el estatus de futura primera selección del draft de la NFL. Afuera del estadio, en Las Vegas, ya corean su nombre. Los Raiders tienen el pick uno y una urgencia histórica por encontrar a su quarterback franquicia. Dentro del campo, Mendoza sigue siendo el mismo estudiante de negocios que sólo tiene Linkedln como red social activa.

La próxima gran figura de la NFL no vive de highlights ni de likes. Vive de rutinas, pizarras blancas y listas de tareas. Lee libros de liderazgo como Extreme Ownership y Inner Excellence. Pasa los veranos haciendo prácticas. Invierte. Se organiza como si cada semana fuera un trimestre fiscal. Y luego, los sábados de futbol colegial, destroza defensivas como un talento generacional

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Mendoza sólo utiliza la red social LinkedlnEspecial

Mendoza es latino, con sangre cubano mexicana, y también es una anomalía en un deporte que suele glorificar el caos. En Indiana se ha convertido en el pasador más eficiente del futbol americano universitario. Ha completado el 73 por ciento de sus envíos, suma 3349 yardas aéreas y 41 pases de anotación. En la semifinal contra Oregon  lanzó cinco touchdowns y sólo falló tres pases. Llegó a esa instancia con seis intercepciones en toda la temporada y sin perder un solo balón suelto. 

Su camino, sin embargo, fue todo menos lineal. En la preparatoria, en Miami, Mendoza era tan devoto de los libros que algunos entrenadores dejaron de reclutarlo. Dudaban de su compromiso con el futbol americano. Antes de su último año aceptó que su destino podía estar lejos de los grandes estadios y se comprometió con Yale. 

Puede que mi carrera en el futbol americano no vaya como quiero. Pero todavía tengo una pequeña esperanza de que seré el próximo Ryan Fitzpatrick”, decía en aquella época.

La historia cambió en el último momento. Un quarterback comprometido con California se marchó a UCLA y Bill Musgrave, entonces coordinador ofensivo de los Golden Bears, escuchó el nombre de Mendoza en los pasillos del gremio. Fue a verlo y le ofreció un lugar de inmediato. Mendoza eligió Berkeley sobre Yale por una razón simple y brutalmente honesta. Podía pagar la universidad y Cal tenía mejor futbol americano.

En Berkeley empezó desde abajo. Camiseta roja, equipo de prácticas y una obsesión paralela por destacar en el aula. Logró admisión temprana en la Escuela de Negocios Haas, que acepta a apenas una docena de atletas por año. Ahí entendió rápido que su talento en el campo no lo hacía especial en ese entorno. “

El verano previo a su segundo año fue una postal de su vida doble. Se despertaba a las 5:30, entrenaba futbol hasta las 10:30 y luego corría a la oficina de Acre Investment Company, en Pleasanton, para analizar números en bienes raíces comerciales. Camisa, cinturón, corbata. Al salir regresaba al campus para baños de agua fría, trabajo de pies y horas de video. Todo estaba escrito en una pizarra blanca con tareas que mezclaban futbol y vida. Enviar cartas escritas a mano. Hacer yoga durante 15 minutos. Preparar el plan del día siguiente. 

“Parecía Russell Crowe en Una mente brillante”, dijo Tim Plough, uno de sus entrenadores en Cal en entrevista con The Wall Street Journal.

Ese método lo sostuvo cuando se convirtió en titular de los Golden Bears y más tarde cuando hizo otra pasantía en Newmark. También lo puso en la élite académica. Stephen Etter, profesor de finanzas en Haas, lo ubica junto a Ryan Murphy ( nadador) y Collin Morikawa (golfitas) como los tres grandes estudiantes atletas que ha visto. 

Cuando se abrió el portal de transferencias, Mendoza quería quedarse en Berkeley. Tenía incluso una pasantía en capital de riesgo en puerta. Pero Indiana ofrecía algo distinto. Jugar junto a su hermano menor, Alberto, y cursar una maestría ligada al futbol americano mientras estudiaba en la Escuela de Negocios Kelley. Cambió de universidad y, por cuarto año consecutivo, de ofensiva. Respondió como siempre. Con método. Dibujó un programa de estudios del libro de jugadas, usó tarjetas escritas a mano y retó a sus suplentes a diseñar la jugada más detallada.

El resultado fue una temporada histórica. El Heisman. La final nacional contra Miami. Y el salto inmediato al número uno proyectado del draft de la NFL de 2026, superando a otros nombres que llevaban años en los radares.

Cambiar de escuela también significó otro aprendizaje. Ganar más dinero en acuerdos de patrocinio. La primera conversación en casa fue fiscal. “Hablamos de impuestos”, contó su padre, Fernando Mendoza IV. La segunda decisión fue pagar su propia matrícula. Cal canceló su beca al transferirse y Mendoza cubrió las clases que le faltaban con sus ingresos por NIL.

Ahora, Miami lo recibe como hijo pródigo. La final se jugará al otro lado de la ciudad donde creció. Será local y visitante al mismo tiempo. En Las Vegas, los Raiders observan con ansiedad. Necesitan un quarterback que cambie el rumbo de la franquicia. Un rostro. Un proyecto a largo plazo. Un líder que piense el juego como un portafolio bien balanceado.