Desapariciones en Tamaulipas: Subieron a un autobús y no volvieron
La desaparición de 35 personas que viajaban a EU sigue siendo un misterio; a 16 años, su familia sólo busca saber la verdad

CIUDAD VICTORIA.– El 17 de marzo de 2010, un autobús de la línea de turismo Pirasol salió de San Luis Potosí con 33 personas a bordo y sus dos operadores. Iban rumbo a Miguel Alemán, Tamaulipas, llevando consigo maletas con pertenencias sencillas, números de teléfono escritos y la esperanza de quienes buscan un futuro mejor al otro lado de la frontera.
Ese viaje nunca llegó a su destino; pasajeros y operadores desaparecieron en Valadeces, Tamaulipas, un poblado al noreste del estado, entre Díaz Ordaz y Miguel Alemán.
En aquellos días, Tamaulipas vivía horas de profunda oscuridad.
La violencia entre grupos del crimen organizado había sembrado el miedo en cada carretera, en cada pueblo, tras la separación del Cártel del Golfo y quien fuera su brazo armado, Los Zetas.
Pero el miedo no impidió que 35 personas abordaran el autobús, pues era más fuerte el deseo de sacar adelante a su familia al migrar a Estados Unidos.
Tampoco impidió que, años después, sus familiares comenzaran una travesía aún más difícil: la de buscar sin saber dónde, la de preguntar sin obtener respuestas, la de mantener viva la memoria cuando todo parece empujar al olvido.
Ángeles Rodríguez García recuerda a su hermano Rafael como una persona sencilla y de trato cálido.
Rafael era chofer del autobús, un hombre de 30 años que el 16 de marzo de 2010 le dijo a su esposa, Alda Nelly Cruz Balderas, que estaba cansado y que no quería ir al traslado.
Al final, terminó por irse con su compañero, ante el compromiso de su trabajo y convencimiento de su patrón.
“Mi esposo me dijo que se sentía cansado y que no quería ir, pero al final el patrón lo convenció”, cuenta Alda Nelly.
La madrugada del 17 de marzo, el autobús hizo escalas en Xilitla y otros puntos, recogiendo a más pasajeros.
Familias enteras, personas solas, jóvenes que soñaban con cruzar “al otro lado”. Y, en algún punto del poblado Valadeces, el camión desapareció de la carretera.
La primera señal de que algo andaba mal llegó a través de una llamada: la encargada del hotel donde esperaban a los viajeros dijo a las familias que el compañero de Rafael había informado que estaban detenidos por la policía.
Después de eso, sólo silencio e interrogantes.
El pasado 17 de marzo se cumplieron 16 años de no saber nada de ellos, ni qué tipo de policías o que corporación los detuvieron.
¿Cómo ha vivido Tamaulipas las desapariciones?
Durante años, el miedo mantuvo encerrado el dolor de las familias.
En Tamaulipas, en 2010, preguntar por un desaparecido podía costar la vida. A pesar de eso, la necesidad de saber de ellos empujó a Ángeles y a Alda a buscarlos, pero el caso nunca se dio a conocer.
Los cárteles seguían imponiendo, mediante violencia, la censura a investigaciones periodísticas locales.
Para 2015, los familiares rompieron el silencio y comenzaron a hablar con medios de comunicación extranjeros.
¿Cómo nació el colectivo Pirasol?
Desde el día en que su hermano desapareció, Ángeles se convirtió en una buscadora incansable.
En 2010, recorrió la región de la Ribereña cuando muy pocos se atrevían a pisarla.
“Cuando solicité la búsqueda, les dije que venía a buscar a mi hermano y que no había hecho ocho horas de viaje para regresarme así nada más”, narra.
Con los años, su peregrinar la llevó a estar presente en uno de los episodios más desgarradores de la historia reciente de México: el hallazgo de las fosas de San Fernando, en Tamaulipas.
Allí, entre contenedores donde la muerte aún goteaba, Ángeles buscó el rostro de su hermano a través de una especie de álbum de la Fiscalía local, con fotos de los cadáveres que estaban en contenedores.
No lo encontró. Pero esa experiencia le mostró la magnitud de una tragedia que el país apenas comenzaba a reconocer.
Durante la búsqueda, al acudir a instancias de derechos humanos, alguien les sugirió formar un colectivo.
“Al principio reclamábamos: ‘¿cómo es posible que tengamos que organizarnos para exigir justicia? Aquí se habla de vidas’”, recuerda Ángeles.
Pero pronto entendieron que, unidas, su voz sería más fuerte. Sin pretenderlo, se convirtieron en pioneras de la búsqueda de personas desaparecidas en Tamaulipas.
“Nosotros fuimos las pioneras. Después, otras madres de familia se llenaron de valentía y se unieron”, dice Ángeles, al reconocer el valor de todas las mujeres que, como ella, convirtieron su dolor en una bandera de dignidad.

Las hijas de Rafael tenían siete y 11 años cuando su padre desapareció. Han crecido, han estudiado y Alda se ha encargado de formar sus vidas, pero en el centro de su corazón siempre hay un vacío.
Una de ellas expresa lo que significa vivir con una ausencia: “No pierdo la esperanza de encontrarlo. Me hace falta mi padre, me hace falta un abrazo o un consejo”.
Ángeles y Alda han dado todo por mantener viva la búsqueda. Han vendido terrenos y joyas para costear los recorridos. También han explorado uno de los lugares más peligrosos del estado: la Ribereña, la Carretera Federal 2, que lleva a Nuevo Laredo, conocida como “la carretera de los desaparecidos”.
Han caminado bajo el sol inclemente y han descansado sólo lo necesario, pero con estas acciones sostienen la esperanza de 35 familias.
En 2019, un hallazgo les devolvió un poco de luz. Cerca de una presa en los límites del municipio Miguel Alemán encontraron un punto donde presumen que delincuentes realizaron un “vaciadero”, es decir, tiraron restos humanos.
Con el paso de los años, la exigencia de las familias ha ido cambiando. Ya no piden justicia en el sentido estricto de la palabra, porque han visto demasiadas veces cómo los expedientes se extravían, cómo las investigaciones se congelan, cómo el tiempo juega siempre en contra de quienes buscan.
“Ya no pido justicia. Yo creo que lo que quiero es saber la verdad: ¿qué fue lo que pasó?”, afirma Ángeles.
Las denuncias de los familiares apuntan a lo que muchos sospechan, pero pocos se atreven a confirmar: la posible participación de autoridades en estos hechos.
Ángeles asegura que tuvieron conocimiento de operativos donde elementos del Ejército habrían privado de la libertad a personas para después entregarlas a grupos criminales. Pero sin pruebas, sin investigaciones, sin voluntad oficial, esas sospechas se quedan en el aire.
Las cifras oficiales de personas desaparecidas en Tamaulipas han crecido de manera alarmante. En 2010, el registro era de alrededor de tres mil personas y éstas se dispararon cuando los integrantes del Colectivo Caso Pirasol se animaron a presentar las suyas, en 2015; en la actualidad, el estado supera las 11 mil desapariciones.
Cada número es una historia de amor interrumpida, una mesa con un lugar vacío, una madre, una esposa, una hija y hermana que siguen esperando el regreso de su ser querido.
Los 35 viajeros de Pirasol emprendieron su viaje buscando un futuro mejor. Sabían de los peligros, pero se animaron. Confiaron en que el camino los llevaría a un destino de oportunidades.
Hoy, sus familias transitan por el camino más difícil, el de la esperanza sin certezas, el de la memoria sin olvido. Es un viaje que, como aquel autobús, aún no encuentra retorno.
