¿Por qué escribo mis artículos?

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Mi querido viejo: siempre es estimulante recibir algún comentario de los textos que semana a semana escribo en Excélsior, mis casi 40 años de escribir y enviar puntualmente mis textos hacen que me sienta realmente orgulloso de hacerlo, porque, si recibí ese comentario, fue porque algo interesante surgió en su cerebro y me lo quiso comunicar.

Lejos están aquellos días en que don Manuel Becerra y don Huberto Batis me encerraban en sus oficinas para hacer un comentario, que en realidad era una cátedra de periodismo, porque con una nueva palabra o un signo le daban vida y sentido a lo que yo quería hacer: periodismo inteligente relacionado con la salud.

El tiempo ha pasado vertiginosamente y un día me llamó don Olegario Vázquez Raña a su oficina y me dijo: escribes bien, pero quiero que escribas en El Universal para mi amigo Luis Ealy Ortiz. Y allá fui, me trataron muy bien, pero el diario estaba situación crítica, tanto que en ocasiones tenía que llevar personalmente mis textos, porque las máquinas estaban en mal estado. Seguí siendo periodista y un día me habló Olegario Vázquez Aldir: estamos comprando el Excélsior –me dijo– y nos gustaría que tú siguieras participando.

Y así me incorporé a la familia Excélsior y he disfrutado cada día y cada semana, porque en estos ya más de 50 años nunca he fallado en mi entrega, sea desde mi casa, desde un avión en un viaje a Europa o desde Ranguiroa, islote perdido en los Mares del Sur.

Y me preguntarás, querido viejo, por qué el título de este artículo: ¿será que tengo un amanuense encarcelado y lo obligo a que escriba por mí?, ¿o tengo un pariente lejano que me hace llegar sus textos y yo pongo sólo mi nombre? No, estimado lector, escribo hoy porque estoy convencido que mi participación, aunque sea testimonial y modesta, contribuirá en algo al cambio que México necesita.

Escribo porque mi amor por la lectura, los libros que leí y compartí con mis hermanos y mis amigos, las experiencias que me han dado mis viajes a más de 30 países me llevan a imaginar un mundo feliz, en que no haya guerras ni violencia y muerte, que podamos resolver los problemas hablando.

Pero entonces, ¿por qué pregunto que quién escribe mis artículos?, ciertamente, los textos que escriben mis manos surgen de las conversaciones que tengo con la familia, los amigos, los compañeros incluso algún entusiasta que me escribe cinco páginas para que yo presente el programa de gobierno que salvará al país.

Y entonces, estimado amigo lector, entiende usted por qué yo siempre estoy “bien y de buenas”: porque me doy cuenta que mi país requiere aún muchos cambios para que vivamos felices, seamos productivos, amables y sanos.  

Por supuesto que estoy plenamente convencido de lo utópico de mi encargo: ¿cuántos programas se han redactado para acabar con la guerra y vivir en paz?, ¿cuántos tratados se han firmado por los ministros y funcionarios de esos países? Entonces, ¿son estas páginas solamente un testimonio de un anhelo frustrado para cambiar el mundo?, ¿son desahogos literarios, utopías sin sustento, promesas de amor sin futuro?

Creo que, como he hablado en las últimas semanas acerca de nuestros años viejos, todos debemos darle sentido alas 24 horas que vivimos aquí, y una forma de darle sentido será expresar lo que queremos y lo que no queremos para México, publicarlo y nada más.

A estas alturas de mi vida tengo, solo y con Alicia, mis hijos y nietos, con amigos y compañeros, con quienes fueron compañeros hasta el momento en que cerré el consultorio y cancelé mi actividad médica, una gran alegría de vivir; los achaques que me agobian desde la fractura de la cadera no cesan, por lo que con calma y con la ayuda del ejército de amigos médicos que me recetan “la última maravilla”, que seguramente aliviará todos los males (sic) y el apoyo de Alicia, la familia, amigos y vecinos, seguiré adelante y les informaré  de todo lo que veo y siento, como lo he hecho desde que escribí en el unomásuno.

Sí, escribo porque quiero y porque hacerlo me da satisfacción, y porque al enviar el texto a la redacción surge en mí una sonrisa socarrona que no quiere decir su nombre.

Temas: