Iturbide, entre el cielo y el infierno
Treinta fotografías inéditas de la artista mexicana se exhiben en el Seminario de Cultura Mexicana

CIUDAD DE MÉXICO.
La fotógrafa Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) está enamorada de la India y Bangladesh, ese lugar donde ha descubierto una delgada línea que divide al cielo del infierno, una frontera donde encontró templos dedicados al erotismo, paisajes irrepetibles, pero también un paisaje ritual donde habitan eunucos, prostitutas, travestis y luchadores.
De esos viajes, la artista visual exhibirá 30 imágenes sumidas en la crudeza y el encanto en la exposición Ofrenda, que será montada en la Galería del Seminario de Cultura Mexicana de la Ciudad de México, del sábado 18 de febrero al 30 de abril, con una mirada que sostiene la dignidad de la imagen pero sin dejar de captar su oscuridad.
La India me encanta porque es como el cielo y el infierno, donde lo mismo puedes encontrar cosas maravillosas y otras muy duras. Por un lado están los desplazados o “intocables” –nombre de quienes viven en la calle– quienes no pueden sublevarse porque creen en la reencarnación y deben aceptar su realidad para no convertirse en ratas; pero al mismo tiempo puedes encontrar gente maravillosa y escenarios fantásticos”, explica en entrevista.
La fotografía es muy fuerte, acepta Iturbide, así que estas imágenes captadas en Calcuta, Benarés y Bollywood, entre 2007 y 2013, son expuestas por primera vez para mostrar un conjunto que de manera fortuita explora lugares sagrados o rituales habitados por eunucos y luchadores, quienes cantan, celebran, asisten a fiestas y son encabezados por líderes espirituales.

Sin embargo, en el caso de las prostitutas no podría decir que están vinculadas a algo ritual, porque muchas de ellas sólo lo ven como un trabajo, donde obtienen un dólar por cada visita que reciben”.
Tomé estas fotografías en diferentes partes de la India y Bangladesh, pero para hacerlo siempre les pedí permiso a los personajes porque siempre necesito la complicidad de la gente, lo cual me permitió ir a sus lugares de reunión o a sus pequeñas casitas”, abunda.
Lo cierto es que en el caso de los luchadores, para nada se asemejan a lo que nosotros conocemos en México, advierte Iturbide. “Más bien se trata de un ritual de ejercicio y purificación, para el cual utilizan arena y son acompañados por un gurú”.
Por otro lado, la artista se refiere al supuesto parecido que existe entre mexicanos e indios: “Es cierto que hay un parecido físico, además de que aquí también somos racistas, sólo que allá lo son a causa de su religión. Sí nos parecemos físicamente. Alguna vez le comentaba a Francisco Toledo que si se ponía un chal fácilmente sería reconocido como un Hindú, pero en el fondo se trata de mundos distintos”.
CAMBIOS DE MIRADA
Graciela Iturbide reconoce que los viajes le han cambiado la vida... y la mirada. “Yo siempre digo que mi cámara –qué suerte que soy fotógrafa– me ha dado un pretexto para conocer el mundo y la cultura del mundo, porque cuando viajo convivo con personas que me hablan de su vida, que me permiten leer mucho, entrar en sus casas, descubrir su cultura y sus fiestas, para lo cual en esta ocasión me acerqué a lo que han producido Margo Glantz, Pier Paolo Pasolini, a Deepa Mehta y a Vikram Seth, por mencionar algunos”.
¿Qué buscaba la fotógrafa al momento de hacer click?, se le cuestiona a Graciela Iturbide. “Todo lo que hago proviene de la sorpresa. Puedo decir que me encontré a los eunucos y les pedí permiso para fotografiarlos... y luego ellos me llevaron a su casa; mientras que en el caso de los luchadores fui con una amiga pero también les pedí permiso para ver si era de mi gusto. Porque cuando hay algo que no me agrada, no lo fotografío aunque sea buenísimo”.
¿Qué definió la mirada de esta serie? “Mira, la fotografía es muy subjetiva, así que cuando uno presenta su obra en público lo verá de una manera muy subjetiva. No sé qué interpretarán. Lo único que sé es que el factor más importante en mi fotografía es la sorpresa”.
¿Qué influye en su decisión al momento de fotografiar? “¡La sorpresa! Porque todo en mi trabajo es fortuito; yo nunca he tomado foto en estudio, ni he utilizado flash, telefoto o tripié. A mí me encantaría tomar fotografías con las manos, ojalá tuviera ese poder, como con la cajita oscura. Así que sigo fotografiando en análogo porque me gusta mucho todo el ritual de tomar la foto, revelar, hacer los contactos y elegir”.
Hacia el futuro, la artista visual tiene muchos proyectos. Uno de los más importantes es su cuaderno de viajes, donde condensa todo lo que ha captado en las comunidades lejanas, las cuales por ahora ya no visita con tanta frecuencia a causa del narcotráfico.
Es un trabajo que me encanta pero, por ahora, son muy peligrosas. Hace poquito estuve fotografiando a los maras salvatruchas que llegaron desde El Salvador a Oaxaca, y me sorprendió la horrenda manera como los trata la policía mexicana. Estar ahí fue muy deprimente, ver a esos jóvenes que ya no quieren matar, pero son buscados por su familia para matarlos porque han abandonado la Mara”.
Otros proyectos tentativos que la mantienen alerta son: la fotografía de paisajes áridos en México, una serie de piedras, y su regreso a las comunidades seris para observar cómo han cambiado durante las últimas tres décadas. “Porque esas fotografías las tomé en los años 70 y quiero ver cómo han cambiado”; además de sus viajes programados a Colombia, Perú, Barcelona y California, donde expondrá junto a Sara Castrejón, y Tatiana Parcero.
Por último, la fotógrafa se refiere a otra frontera entre México y Estados Unidos: “Me da mucha tristeza lo que vivimos, porque la obra del migrante mexicano es muy calificada en Estados Unidos. Ojalá este señor Donald Trump no termine su mandato porque realmente se deschavetó. Me pregunto ¿qué van a hacer los migrantes mexicanos en este país donde no hay trabajo?, ¿se ha preocupado el gobierno de ver eso? Claro que no.