Roberta Gibb, la corredora ‘clandestina’ que desafió al machismo en Maratón de Boston

Bobbi, para las amigas y familiares, es la atleta que hizo historia, sin número y sin permiso abrió paso a las mujeres en estas competiciones

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Era imposible saber que Roberta Gibb era una mujer, porque llevaba una sudadera con capucha, bermudas y tenis blancos de enfermera.Foto: Ambulante.

Cuando Roberta Gibb recibió esa carta en su casa, arrugó el papel entre sus manos y enrojeció del coraje. La respuesta del director del Maratón de Boston era tan tajante como irrespetuosa.

Más o menos las líneas decían: “Las mujeres no son capaces de resistir un maratón, fisiológicamente no es posible”. Hasta ese momento, la explicación, con algunas gotas científicas, aunque descabelladas, podían tener un razonamiento que cualquier resignado aceptaba, pero el problema era el remate de la carta: “... por lo tanto, se le rechaza la inscripción porque al ser usted mujer y correr esas distancias, podría caérsele el útero”.

Fue en ese momento que Roberta Gibb decidió que correr el Maratón de Boston, el más antiguo, sólo después del Maratón Olímpico de Atenas 1896, era un asunto personal.

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Foto: Ambulante.

Había entrenado muchos kilómetros. Justo cuando el alba vestía de una luz perlina el inmenso territorio de California, ella salía a correr por más de tres horas.

Marcó la fecha en su calendario con un círculo, el 19 de abril de 1966, lunes, como es habitual en el Maratón de Boston, por el día del patriota, una celebración de idiosincrasia que se da cada tercer lunes de abril en Massachusetts.

La larga travesía de Roberta Gibb para llegar a competir en Boston

Gibb viajó tres días y cuatro noches en autobús desde California. Su marido, un oficial de la Marina, aunque no la acompañó, apoyó su treta para correr. Hacía dos meses antes de esta locura, habían contraído nupcias. En ese momento, Roberta Gibb tenía 23 años.

El aire en Hopkinton estaba cargado de electricidad, esa que emanan cientos de personas estirando los músculos antes del tormentoso recorrido de 42 kilómetros  y sus 195 metros que, según relatan los que han corrido esa distancia, son la muerte.

Los rostros de los competidores, cada vez más intensos y briosos apuraron a la salida.

El disparo sonó como una cáscara hueca, pero penetrante.

Comenzaron las pisadas.

Entre los arbustos, un par de ojos aguzados esperaban el momento exacto.

Roberta Gibb, Bobbi para las amigas y familiares por ser el tradicional diminutivo del nombre, salió de pronto de entre los matorrales. Nadie la reconoció, era imposible saber que era una mujer porque llevaba una sudadera con capucha de su hermano, bermudas y tenis blancos de enfermera.

Sus primeros pasos fueron con miedo, no por su fondo físico, sino por la policía. A ratos oteaba a los lados para buscar a algún que otro organizador. Pronto empezó a apilar rivales, los iba esquivando de frente. Sin pensarlo más, corrió con la mente en blanco hasta que el amanecer comenzó a tener esas tonalidades cobrizas y broncíneas que anuncian un gran día.

Fue su mejor primavera. Se soltó el cabello una vez que confió en ella misma, pero comenzaron las murmuraciones, aquello era enigmático para el Maratón de Boston, una mujer lo corría.

Los estudiantes del Wellesley College salieron a gritar eufóricos para apoyarla, aunque otros para burlarse. La radio pronto cundió la noticia en cada rincón… ¡una mujer!

Sus tenis de enfermera le hirieron los pies. Ampollada llegó a la meta en 3 horas, 21 minutos y 40 segundos, un tiempo que se podía considerar, incluso, un triunfo masculino en cualquier época. Era una corredora clandestina, sin número, pero agradecida con la vida por haberlo terminado.

La organización oficial le negó a Bobbi el tiempo que corrió

El tumulto y el escándalo fue atronador. El gobernador de Massachusetts, John A Volpe, le estrechó la mano, pero la organización oficial, recelosa de las tradiciones, le negó el tiempo que corrió. Aun así, ella regresó feliz a casa.

Su inspiradora participación dio ínfulas a Kathrine Switzer, quien al año siguiente se inscribió sin apuntar su sexo. Mientras la trataba de sacar de la competencia el codirector Jock Semple al arrancarle el número 261, Roberta Bobbi Gibb volvió a correr clandestinamente y sin ser reconocida. En dos años burló el machismo del Maratón de Boston y abrió la grieta más grande en una tradición que entendió que ya no tenía sentido negarse a la realidad. 

*mcam