Memo Ochoa en su jardín. Camina solo por la cancha en su sexto Mundial sabiendo que es suplente
A pesar de no jugar, la gente en el Estadio Ciudad de México lo ovacionó en cuanto apareció ante ellos para disfrutar, a su manera, su última copa.

La Selección mexicana llegó poco antes de las 11 de la mañana al Estadio Ciudad de México desde su zona de concentración en el Centro de Alto Rendimiento. El recorrido de unos 6 kilómetros fue especial para todos, pero para Guillermo Ochoa llevaba una carga emocional.
El guardameta fue el más ovacionado del equipo mexicano cuando apareció en las pantallas del estadio. Su rostro inconfundible con la melena ensortijada provocó que la gente se emocionara pensando en verlo jugar.
Atrás quedaron los rencores y los reclamos. Parece que la gente es feliz cuando lo tiene de su lado, en la selección y lo vapulea cuando lo ve de lejos en Europa. El fenómeno Ochoa siguió escarbando en el sentimentalismo de la gente. Odiado y querido, amado y repudiado.
El sexto Mundial de Ochoa llegó
La FIFA lanzó unas horas antes una publicación de homenaje. Lo puso a la altura de Leonel Messi y Cristiano Ronaldo con seis Copas del Mundo. Memo Ochoa a diferencia de ellos sólo jugó en tres.

La noche antes del debut, acabando la cena, Javier Aguirre les comunicó a los porteros quién era el elegido. Como una película vista hace 16 años, la escena fue la misma con Memo, se quedaba en la banca ante Sudáfrica. Si aquella vez de 2010 perdió con la experiencia de Óscar Pérez, ahora lo hizo con la juventud de Raúl Tala Rangel.
A pesar de eso, hizo grupo. Cerró filas y abrazo a su compañero. "Esa es la otra razón por la que el Vasco lo quiere en el equipo, es el pegamento que une todas las piezas en el vestidor. Lo necesitamos adentro o afuera del campo", comentan desde adentro del Tri.
El final de la carrera de Ochoa se acerca
Será una Copa y un verano diferente para Memo, cuyo reloj de arena va esparciendo los últimos granos. Él lo sabe y trata de disfrutarlo. Salió al campo de juego cuando no había nadie más que el verde clorofila de una cancha inmaculada. Quería jugar ahí. El Vasco le prometió que quizá, si en algún momento en la Copa hay oportunidad, le dará minutos.

Ochoa a pesar de todo, vive su momento feliz. Caminó por el campo, lo olió y disfrutó. Sabe que el tiempo es inmisericorde.