La piedra

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Reflexionando sobre los regímenes populistas, Jan-Werner Müller propone tres ideas de una claridad meridiana. La primera es que éstos suelen ser una “respuesta democrática antiliberal al liberalismo antidemocrático”; y, si se analiza con cuidado esta frase, pronto se deduce que hay una alta probabilidad de que al final deriven en un antiliberalismo antidemocrático. La prueba de lo anterior se encuentra en la segunda potente idea, la cual expresa de la siguiente manera: “Se debe criticar a los populistas por lo que son: una verdadera amenaza a la democracia (y no sólo al liberalismo)”. La tercera idea, que abordo al final de esta reflexión, se deriva de comprender que en los orígenes de todo régimen populista está el autoconvencimiento de haber liberado al pueblo de alguna opresión histórica.

El mismo día de la final mundialista, y eclipsada por ésta, Daniel Ortega, el actual presidente nicaragüense, “se aventó” una declaración que debería haberle helado la sangre a cualquiera, dijo: “Aquí no volverá a haber elecciones para que por ahí intenten ellos atrapar el poder”. Ortega se encuentra en su cuarto mandato consecutivo, desde 2007, cuando regresó al poder, después de haber gobernado de 1985 a 1990, tras derrocar la dictadura de la familia Somoza. Durante sus recientes mandatos, su país ha descendido consistentemente en el ranking de países más democráticos. Al momento de retomar el gobierno, la suya estaba considerada como una democracia defectuosa, pero pasó a régimen híbrido en 2010 y a régimen autoritario desde 2018. La clasificación por tipo de régimen se divide en cuatro categorías: democracia plena (8 a 10 puntos), democracia defectuosa (de 6 a 7.99), régimen híbrido (4 a 5.99) y régimen autoritario (menos de 4). En resumen, esto se traduce en que, de 167 puestos, en el mundo hay 71 democracias solamente, lideradas por Noruega (9.81 puntos), siendo el país más autoritario Afganistán (0.25 puntos). Con Ortega, Nicaragua se desplomó de 5.68 puntos hasta 1.97, actualmente, y contando. 

Ayer fue cuestionada la Presidenta de México sobre el dicho de Ortega, y su respuesta recordó una célebre paradoja filosófica medieval sobre la omnipotencia divina. Dicha paradoja se suele formular así: si Dios es omnipotente, ¿podrá crear una piedra tan pesada que no consiguiera levantar? El paralelismo es palpable en su respuesta: “Bueno, primero es la autodeterminación de los pueblos, lo que decide el pueblo de Nicaragua. Y nosotros siempre estamos de acuerdo con la democracia en todos sus términos”. Su respuesta admite dos interpretaciones, la primera sería que manifestó su adhesión a que un pueblo pueda autodeterminar no autodeterminarse, o sea que, al haber elegido democráticamente a Daniel Ortega, el pueblo nicaragüense decidió ser antidemocrático, y la segunda, que en realidad respondió que no está de acuerdo con él, aunque de la manera más diplomática que pudo.

El viernes pasado, el presidente estadunidense, por segunda ocasión, bromeó diciendo que se postulará para un cuarto mandato y se puso una gorra con la leyenda: “Trump 2028”. La ley consagrada en la Constitución estadunidense lo prohíbe, en su Vigésima Segunda Enmienda. El chiste no cambia la ley, pero sí cambia el clima político: acostumbra a la opinión pública a considerar pensable lo que antes parecía inadmisible. Si nos preguntamos por qué alguien querría hacer esto, damos con la tercera idea que se deduce de las reflexiones de Müller: los mandatarios populistas creen que han salvado al pueblo por fin, y pueden llegar a pensar que admitir el democrático regreso de la oposición sería una traición. 

CONFESIÓN

Secretamente, considero que la respuesta a la paradoja de la piedra es un liso y llano sí. Sencillamente, sería omnipotente antes de crearla y, después, ya no.