Edson Álvarez, de Tlalnepantla al Mundial 2026, la historia de resistencia del capitán de México
De los 55 kilómetros diarios en Tlalnepantla a una lesión que lo obliga a esperar, Edson Álvarez sostiene su sueño de liderar a México en el Mundial 2026

Mucho antes de que las luces de los grandes escenarios europeos iluminaran su rostro y de que su nombre resonara en el Estadio Azteca, la realidad de Edson Álvarez se definía en la penumbra de la madrugada en Tlalnepantla. Allí, donde la ciudad se estira entre naves industriales y calles repletas de comercios, un adolescente de 16 años desafiaba diariamente al mapa. Su destino no era un juego, era una certeza plantada en el sur de la capital de nuestro país, en Coapa, a tres horas de distancia. Eran poco más de 55 kilómetros de un viaje agónico en transporte público, un trayecto que no se medía en tiempo, sino en la resistencia de un cuerpo menudo que aprendía a soñar mientras el resto de la ciudad todavía dormía.
En ese trasiego cotidiano se fue templando el mediocampista que hoy se aproxima a encabezar a la Selección Nacional de México en la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026. El próximo 11 de junio, el ahora estadio Banorte volverá a ser el centro del mundo, un coloso que se adapta al tiempo pero conserva la memoria de 1970 y 1986 como referencia inevitable.
En el centro del campo, Álvarez intercambiará banderines con el capitán de Sudáfrica y coronará el sueño de un niño que en su propia ciudad disputará una Copa del Mundo.
Yo sigo siendo ese niño que salió del barrio de Tlanepantla queriendo jugar un Mundial. Sigo disfrutando cada día. Para mi es cumplir un sueño y demostrar que si se puede. Que alguien como yo puede llegar con mucho trabajo", contó en entrevista con Excelsior desde Estambul en donde reside desde 2025 cuando arribó al Fenerbahçe.
Ese mismo temperamento, moldeado en la resistencia de un trayecto diario, es el que hoy le exige otra forma de fortaleza. El calendario le impone la prueba de la paciencia. Desde el 2 de febrero, una lesión de tobillo lo apartó de las canchas y terminó por llevarlo al quirófano. La recuperación es su nueva carrera paralela, con días medidos en pequeños avances y una cuenta regresiva que apunta al Mundial. Lejos del ruido del estadio, el capitán redefine su identidad y aprende a competir en silencio.
No es grato tener una lesión a un par de meses, pero tampoco me puedo castigar porque son cosas que pasan dentro del deporte”, reflexiona. “Lo que me llena es saber que cada vez estoy más cerca de poder volver a ser lo que más amo”.
En esa pausa obligada, Álvarez encontró una lectura distinta de sí mismo. La inactividad no fue un vacío, sino un espacio de reconstrucción personal, una forma de seguir en movimiento sin tocar la pelota.
Soy fiel creyente de que todo lo que pasa en nuestras vidas es por algo. Traté de sacarle el mayor de los provechos a esta lesión, seguir creciendo como persona, como futbolista, como padre, como hermano, como pareja. Para mí es un ganar siempre de la vida”, explica. Y cuando mira el calendario, la ansiedad no rompe su discurso,: “Estoy a unos días de poder volver a ser lo que más amo y estoy seguro que lo voy a hacer de la mejor manera si tengo la oportunidad”.
Asume la responsabilidad como un privilegio
La responsabilidad que lo espera tampoco lo abruma. La entiende, la dimensiona y la asume como parte del trayecto que empezó mucho antes de que existiera la palabra capitán en su biografía.
La presión es un privilegio. Hoy puedo entender esas cosas de una mejor manera. Sé la responsabilidad que conlleva, pero al mismo tiempo lo disfruto”.
Esa historia de resistencia tiene una raíz artesanal. En su infancia, esa raíz tenía forma concreta, un taller de camisetas para equipos de futbol de llano y un padre que sostenía el oficio como extensión del juego. Entre telas, hilos y números estampados, el dorsal 19 adquirió sentido mucho antes de convertirse en símbolo de jerarquía. Aunque de niño buscaba la estética de Ronaldinho o la elegancia de Rafael Márquez, el destino lo fue empujando hacia atrás en el campo, el delantero que celebraba terminó siendo el futbolista que equilibra el caos de los demás.
El camino, sin embargo, estuvo a punto de romperse. A los 13 años, tras dejar su casa para formarse en Pachuca, la historia se interrumpió de golpe. El regreso a Tlalnepantla fue silencioso, con la tentación de abandonar el juego instalada en la rutina. Hubo un año de vacío, un crecimiento físico que alteró su perspectiva y, finalmente, una prueba en el Club América que reabrió la puerta cuando parecía cerrada con llave.

En Coapa encontró la estructura. Debutó en 2016 y entendió rápido que en la élite el error es un maestro cruel. Un penal en un clásico o un autogol desafortunado fueron parte del peaje. Ricardo La Volpe sostuvo el proceso, convencido de que la permanencia no se negaba por la imperfección, sino por la insistencia. El vestidor terminó por graduarlo. Con el tiempo, ese impulso se tradujo en un liderazgo que no necesita de gritos, sino de la constancia que ordena.
Su salto a Europa fue la consolidación. Del orden del Ajax a la intensidad del West Ham United, en una operación de 45 millones de dólares, Álvarez se volvió una pieza de arquitectura defensiva. La selección fue la consecuencia natural, el más joven en Rusia 2018, más de 90 partidos internacionales y, finalmente, el brazalete.
Ese recorrido no se agota en la élite. También define la forma en que Álvarez mira hacia atrás, hacia el punto donde todo comenzó, y proyecta su historia como un mensaje que intenta ser útil más allá de su propio trayecto.
Que nunca dejen de soñar. Todos empezamos desde cero, con una idea que a veces parece lejana. Yo hoy puedo decir que luché, trabajé y no me rendí para estar aquí. La vida termina encontrando a quien insiste, a quien cree y a quien es constante todos los días.”
El 11 de junio ya no es una promesa lejana. Es una fecha que se acerca con la misma cadencia de aquellos trayectos interminables desde Tlalnepantla. Sólo que ahora, en lugar de un adolescente que cruza la ciudad en silencio, será un capitán el que camine hacia el centro del campo con la certeza intacta.
