En esta esquina, ¡el Dr. Garfias!
Profesor de la UNAM o villano del ring, la doble identidad de José Ángel Garfias, quien pretende convertir la lucha libre en un tema universitario. Es el responsable del centro de investigaciones y fundador de finisterra

CIUDAD DE MÉXICO.
Ciencias Políticas de la UNAM suele asomarse un corpulento enmascarado, de mal genio, bravucón y malhablado. Algunos dicen que se trata de un maestro de Metodología y Teorías de la Comunicación, quien esconde su identidad en este rudo personaje. Otros aseguran que pretende convertir la lucha libre en un tema universitario, que las aulas se transformen en cuadriláteros y que sociólogos, antropólogos y otros investigadores se reúnan cada 21 de septiembre para hablar (seriamente) del pancracio.
El que aparece en el cubículo 9 del edificio E de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM es el doctor José Ángel Garfias, culpable de que los videojuegos, animes, cómics y enmascarados se conviertan en temas de estudio. Hombre de 36 años, barbado, de letras y un lenguaje distinto al rudo encapuchado que aparece y desaparece de los salones como un Houdini. El doctor Garfias es el responsable del Centro de Investigaciones y fundador del proyecto Finisterra de la UNAM, el que parte de las Ciencias de la Comunicación para impulsar la investigación académica alrededor de los cómics, el anime, los videojuegos y la lucha libre.

Aquel cubículo cubre sus paredes con pósters de Los caballeros del zodiaco, Halo 4 y Dragon Ball; algunos muñecos coleccionables de superhéroes y un par de máscaras de aquel rudo luchador, al que se le conoce como El Académico.
El doctor Garfias baja la voz, confiesa su doble identidad y reconoce que “antes que profesor, fui luchador en pueblos y barrios”. Su pasión por la lucha libre lo llevó a practicar la lucha grecorromana a la par que estudiaba Ciencias de la Comunicación en territorio puma.
Argumenta que visitó gimnasios como el Jordán, donde conoció al profesor Solar, y poco a poco probó la aventura de pisar cuadriláteros en barrios como Tacubaya y Peralvillo, en luchas clandestinas. “¿Vivir de la lucha?, para nada. Si acaso llegué a ganar unos 200 pesos en alguna función”.
Y ante la difícil decisión de ser profesor de la UNAM o villano del ring, José Ángel Garfias se inclinó por las aulas, dejando a El Académico como parte del pasado. “Dejé la lucha libre hace cuatro años, aunque en ocasiones la nostalgia me orilla a ponerme la máscara y permitir que el enmascarado se asome por unos momentos”.

De hecho, el doctor Garfias permite que el encapuchado se asome al final del semestre y dicte -con todo y máscara- la última clase a los eufóricos alumnos del catedrático con nombre y apellidos.
Cada 21 de septiembre
Entre los logros del doctor en ciencias políticas está crear la Academia Mexicana de Altos Estudios en Lucha Libre (AMAELL) que se dedica a estudiar la lucha libre más allá del entarimado. “Desde hace dos años se instauró el Día de la Lucha Libre, cada 21 de septiembre, y aprovechamos para invitar a sociólogos, antropólogos e investigadores de la lucha libre en coloquios universitarios”.
Estudiar, por ejemplo, el significado de las máscaras, la lucha libre como espectáculo y la catarsis del pueblo ante el ritual de combate entre dos personajes. “En Japón valoran mucho la lucha libre mexicana, aunque es un público callado y muy respetuoso. Eso llega a descontrolar a los luchadores, acostumbrados a los aplausos, los gritos y las mentadas de madre”.
También están las campesinas bolivianas (cholitas) que se suben al cuadrilátero para combatir con faldas largas. Existen los luchadores exóticos en Londres o los enmascarados en Hamburgo, donde son acompañados por músicos clásicos y el público va a los teatros con sombrero y corbata.
En México, el espectáculo es entre el bien y el mal. Si los personajes en cuestión hacen bien su papel, el técnico suele llevarse los aplausos y al rudo le llueven mentadas de madre. Si al luchador rudo no le escupen groserías, seguramente no está dando un buen espectáculo”.

Confiesa que en ocasiones escucha una voz interior, la de El Académico, que le suplica que se ponga la máscara y regrese a los cuadriláteros. “Me dice, ‘¡Qué haces aquí?, deberías estar en el gimnasio’. Lo estoy pensando”.
¡En esta esquina..!
El profesor Garfias cae en la tentación. La máscara, de negro y oro, lo seduce y en un tris ya le cubre el rostro. Se transforma. La voz es rasposa, la mirada crápula y la postura de un gladiador rudo y gandalla. Es El Académico, el enmascarado que José Ángel lleva dentro y que muy pocas veces le permite asomarse. Observa el escritorio del tal Garfias, escupe maldiciones, mira al reportero y dice retadoramente: ¿En qué te puedo servir?
Platicaba con el profesor Garfias antes de que se pusiera la máscara.
Pues ese güey ya no está. Escapa siempre que yo me asomo.
Académico, ¿no te llevas bien con el profe Garfias?
Me cae mal porque me sacó del ring y por su culpa he perdido muchas mujeres. Yo estaba a gusto en el ring, acabando con los rivales, saludando a las nenas y saboreando la fama. Y este cabrón prefirió las aulas y vivir con el perfil de un maestro.
Pero, tengo entendido que a veces se pone la máscara y te deja existir.
Bueno, cuando el güey hace conferencias sobre la lucha libre o al final del semestre. Le gusta que yo dé la última clase a sus alumnos. Los chamacos lo gozan.
¿Dónde luchabas?
En los barrios, en cuadriláteros clandestinos y en los pueblos. Mi sueño era convertirme en un luchador rudo, de esos que reciben mentadas de madre como premio. Pero un día tuvimos que decidir en un duelo muy cruento (el profesor Garfias vs. El Académico) quién se iba a imponer. José Ángel se decidió por el profesor de la UNAM. Prefirió la investigación y los videojuegos en lugar del sudor y los candados arriba del ring. Yo le digo a cada rato, qué haces aquí, volvamos a los cuadriláteros. Vestir de nuevo la máscara azul y oro, las mallas azules, botas, calzón y brazalete dorados.
¿Cuando andas enmascarado por las aulas de la UNAM, no hay maestro alguno que te critique?
Mido 1.80 metros de estatura y peso más de 100 kilogramos, estoy esperando al cabrón que se atreva. Además, enmascarado, ningún alumno se pasa de listo.
Contrario al profesor Garfias, El Académico dice groserías.
Y me sé todo el repertorio. ¿Mis palabrotas favoritas?: chingado y pendejo, las uso cuando el Garfias me deja dar clase. Lo malo es que cuando me emociono, el güey se quita la máscara.
¿Algún sueño?
Convencer al Garfias de que deje la UNAM y regresar a los encordados. Sangre, sudor y lágrimas, como en los viejos tiempos. Sé que algún día sucederá.
cva