‘Me han robado un palco’, el libro en memoria de Cesáreo Victorino

Tras años de hurgar en cajas de cartón, donde habitan fotos y recortes periodísticos, Patricia Mungaray escribe el libro recordando a la leyenda de aquella Máquina setentera

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CIUDAD DE MÉXICO, 19 de mayo.- Hay una mujer llamada Patricia, cuya habitación está llena de cajas de cartón. Cada una lleva recortes de diarios deportivos, fotos en blanco y negro de futbolistas, crónicas color sepia de los años sesenta y setenta. La imagen que se repite es la de Cesáreo Victorino, mediocampista de aquella Máquina Celeste que se abrió paso en el balompié mexicano a base de goles y títulos. El equipo se mudaba al estadio Azteca. Venía de Hidalgo. Al futbolista, el cronista Ángel Fernández lo bautizó como El hombre de la máscara.

Patricia Mungaray es de Oaxaca y no fue una niña normal. En un rincón del país, en donde la radio era la manera de estar conectado al mundo, Patricia gastaba las tardes escuchando crónicas de futbol, en lugar de radionovelas. Compraba cuanta revista de balompié llegaba al kiosco del pueblo y llenaba su cuarto con recortes de futbolistas. Ella era americanista, siempre lo ha sido. ¿Sus ídolos?: El narigón Borjita y aquel chaparrito chileno llamado Carlos Reinoso.

Sus padres la preferían comprando revistas de moda y para el mundo femenino. Ella, por culpa de su hermano atlista, escuchaba los goles de hombres en calzoncillos, en amplitud modulada. Como aficionada a los Canarios, se sabía uno a uno los nombres de sus ídolos, así como sus posiciones. Lamentablemente comenzó a aprenderse nombres de los acérrimos rivales y, por lógica, aparecieron Javier Sánchez Galindo, Héctor Pulido, Octavio Muciño y un tal Cesáreo Victorino.

Un día miró a Cesáreo en una de esas revistas pamboleras y se enamoró de él. Sin importar que perteneciera al equipo equivocado, Paty comenzó a interesarse en aquel mediocampista mexicano, quien tenía el empeine tan alto que parecía que danzaba en el césped. Le decían La bailarina. También llamaba la atención por saltar al campo de juego con el rostro blanqueado por una crema protectora de los rayos solares. Tenía un problema en la piel.

Un día, Patricia se enteró que aquel equipo rival de su América (Cruz Azul) daría un partido de exhibición en Lagunas, Oaxaca, aprovechando que la cementera inauguraría su horno número cuatro. También supo que el equipo de Cesáreo se hospedaría en el hotel en el que su hermana llevaba las relaciones públicas.

¡Tienes que presentármelo!

¿A quién?

¡A Cesáreo, el jugador del Cruz Azul!

Me han robado un palco

Para enterarse qué ocurrió con Patricia y Cesáreo hay que acudir a una cita con la viuda. Ella ya no es la adolescente de uniforme escolar que buscó conocer al ídolo del equipo equivocado. Hoy es la madre de Cesáreo Victorino Mungaray (también futbolista) y abuela de seis niños. De tanto hurgar en las cajas llenas de recortes y recuerdos; y ante la insistencia de los nietos por conocer quién fue su abuelo, Patricia decidió escribir un libro.

Confiesa que “desde hace diez años tenía la intención de escribir un libro en honor al que ha sido mi ídolo, mi amor y compañero. Yo iba a verlo jugar todos los partidos; corría de puntitas y para atrás”.

Después de darle vueltas al asunto, Patricia Mungaray Cruz Ahedo se animó a escribir sobre Cesáreo Victorino Ramírez. La afición celeste de la vieja guardia sabe que se trata de uno de los integrantes de aquella Máquina setentera que llenó las vitrinas de títulos. Una alineación que todavía  se saben de memoria muchos nostálgicos cementeros: El Gato Marín; Marco Antonio Ramírez, el Kalimán Guzmán, Alberto Quintano y el Pierna fuerte Sánchez Galindo; Manuel Alejándrez, Cesáreo Victorino y Héctor Pulido; Fernando Bustos, el Centavo Muciño y Eladio Vera. ¿En la banca?: Jesús Prado, Alberto Gómez y el Ojitos Meza. El técnico era el Güero Raúl Cárdenas.

En el libro Me han robado un palco, editado por La Bachita, de lo último lo más sabroso, Patricia Mungaray recorre la vida de Cesáreo, su niñez en la colonia Tránsito, su familia (de padre albañil) y su incursión al mundo futbolístico. La época dorada en el Cruz Azul campeonísimo, su traspaso al Jalisco y de ahí la mudanza al enemigo llamado América. “Cesáreo quería retirarse en Cruz Azul, pero los americanistas eran dueños de su carta y no se lo permitieron”.

Victorino sería entrenador de fuerzas básicas y promotor de una escuelita de futbol en Oaxaca. Siendo entrenador del equipo Pachuca de Segunda División, Cesáreo Victorino perdería la vida, con otros jugadores, en un accidente carretero, luego de que el autobús del equipo se estrellara en Cuernavaca, Morelos, en horas de la madrugada. Fue el 19 de junio de 1999. Victorino tenía 52 años de edad.

“¿Por qué el título de Me han robado un palco? Porque al morir Cesáreo, no volví más al futbol”.

La segunda vez

Patricia mira las fotos de una caja semivacía y recuerda: “Aquella vez que conocí a Cesáreo, en el hotel de concentración, me regaló un balón autografiado y me pidió mi teléfono. Dos veces nos vimos. La segunda ocasión fue hasta un año después, cuando él se acordó de aquella jovencita de ojos claros. Esa semana decidimos casarnos”. Hoy, Patricia Mungaray, viuda de Cesáreo Victorino, quiere contar su historia.