Si nos quitan la libertad de expresión nos quedamos mudos y silenciosos y nos pueden guiar como ovejas al matadero.
George Washington
La libertad de expresión y de prensa, la seguridad de los periodistas están hoy bajo ataque, están amenazadas por la violencia criminal, por gobiernos autoritarios, golpeadas tanto por la precariedad laboral como por la propia transformación de la comunicación.
Por eso mismo debemos recordar hoy a quienes construyeron un mundo periodístico basado en la libertad, la independencia y la responsabilidad. Hoy cumpliría 100 años Julio Scherer García, el que fue director de Excélsior, fundador de Proceso y seguramente el periodista más importante de la segunda mitad del siglo XX en México.
No creo en las apologías ni tampoco en los próceres de la política, la cultura, los espectáculos. Obviamente tampoco en los del periodismo. Creo en el trabajo, en el profesionalismo, en el intento, por lo menos en esta profesión, de hacer el mayor esfuerzo por la verosimilitud, la coherencia, la explicación del porqué de las cosas, creo más en los sustantivos que en los adjetivos, en los datos duros, en el ejercicio de los géneros más que en el amarillismo, en una página bien escrita que en una exclusiva prestada.
Eso es lo que representó Scherer García. Hoy en su centenario quiero recuperar algo de lo que escribimos hace ya muchos años, el 10 de agosto de 2007, con motivo de la publicación del libro La terca memoria, un texto, decíamos entonces, imprescindible para comprender mucho de lo que ha sucedido en la vida de quien es, sin duda, el periodista más representativo de una generación tan brillante como contradictoria, que cimentó las bases del periodismo actual.
La terca memoria es quizás el mejor de los libros de Julio Scherer García, porque resulta tan auténtico como suyo, es un libro personalísimo, con el que se puede o no estar de acuerdo en sus muchos juicios de valor, pero ante el que no se puede permanecer indiferente. Y eso es hacer buen periodismo, lo que le da coherencia y humanidad a su autor: la amistad, el rencor, el respeto y el desprecio son explícitos.
Para Scherer García, como para muchos de los periodistas de su generación, aquella frase de Borges que decía que “yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”, sencillamente no aplica. Y don Julio es en eso paradigmático: es soberbio, lo reconoce, y sus juicios son lapidarios. Es soberbio por formación: dice en el libro que, en parte, fue para combatir su timidez innata, pero también porque era, es, el recurso para estar entre los mejores, para exhibir su personalidad ante el poder y ante los demás.
La coherencia personal que se impone en su vida y su carrera no se contrapone con sus juicios de valor. Así, don Julio no puede esconder, junto con el desprecio por el personaje, la admiración profesional por las capacidades de Carlos Denegri o el ultraje de la traición, magnificado por el reconocimiento de la inteligencia, de Gastón García Cantú. Acepta una vieja amistad rota con Carlos Hank González, pero desprecia su enriquecimiento, y no tiene atenuantes contra Jorge Hank Rhon (su retrato es lo mejor del libro) ni ante Adolfo López Mateos.
Ése es el auténtico don Julio, el que se muestra sin tapujos en el libro, con sus grises, su luminosidad y sus claroscuros, con su magnífica (y por lo tanto contradictoria) historia a cuestas.
Recuerda en el texto a uno de los personajes más significativos del exilio sudamericano, el periodista uruguayo Carlos Quijano, fundador del semanario Marcha, y lo cita recordando a su vez a Miguel de Unamuno, cuando dijo que “no me preocupaba la dictadura, me preocupa la república”. Quijano sostenía que “le preocupaba la dictadura, pero que le preocupaba más la izquierda”.
Escribe Scherer García que le escuchó decir a Quijano que “la verdad, la verdad incontrovertible es tema de Dios y la verosimilitud asunto de los hombres. Es verdad, agrega (y un servidor coincide plenamente), y si alguien cree poseerla, sólo se encierra en una cárcel que construye con sus propias manos”. Hoy, cuando tantos intentan encerrar la libertad, lo último que podemos hacer los periodistas es construir esa cárcel con nuestras propias manos. Lo más notable de Scherer García fue su insistencia a todo lo largo de su carrera en construir esos espacios de libertad y verosimilitud en el ejercicio periodístico, para evitar encerrarse, para darle vuelo a esa verosimilitud que construimos los hombres.
El centenario del natalicio de don Julio Scherer García debe servir para trascender sus juicios: es una jornada para recordar, para reflexionar, para releerlo y comprender la historia reciente, con tantas similitudes con la actual, y hacerlo desde la perspectiva de un periodista paradigmático, pero sobre todo imprescindible.
LA OTRA CARA
En las antípodas de ese periodismo está lo que se hace día con día desde el poder, desde los espacios que ocupan Jesús Ramírez, Jenaro Villamil, lo que se hace en Infodemia, las mentiras y manipulaciones que se construyen con imágenes falsas, descalificaciones a medios y periodistas, con bots y personajes salidos casi de la comedia para tratar de manipular a la opinión pública. El costo para el país y para la legitimidad del propio gobierno es altísimo.
