—Señora, juro por esa Luna sagrada, que platea sin distinción las copas de estos frutales —dice Romeo a Julieta, a lo que ella responde: —¡Oh! No jures por la Luna, por la inconstante Luna, cuyo disco cambia cada mes, no sea que tu amor se vuelva tan variable. Shakespeare nos pudo enamorar con estas líneas, pero no le hizo justicia a nuestro satélite. La Luna puede ser muchas cosas, pero no inconstante. Gracias a ella, los primeros humanos consiguieron contar el tiempo como retorno de lo mismo, organizándolo en los mismos ciclos (reloj) en que se traslada la Luna, midiendo lapsos de fertilidad y esterilidad de campos (estaciones) y de los animales cuyos periodos estrales coinciden con los lunares (28 días).
Nuestro satélite se consolidó a partir del material que se desprendió de la colisión contra la Tierra primitiva de un protoplaneta que tenía aproximadamente la mitad del tamaño de ella. Desde entonces, esto es, hace más de 4 mil 500 años, ha estado orbitándonos. Además, gira en el mismo tiempo que orbita la Tierra, con una rotación sincrónica que hace que desde la superficie terrestre permanentemente veamos el mismo hemisferio de ella. Tener una cara oculta, o “lado lejano”, como se denomina propiamente a ese hemisferio en astronomía, inspiró al mítico grupo de rock Pink Floyd para dar el título de The Dark Side of the Moon a uno de los discos más populares de todos los tiempos. Con toda certeza, esto contribuyó a propagar la idea de que la Luna tiene un lado permanentemente oscuro, algo lógicamente falso; basta con pensar dónde impacta la luz solar durante un eclipse. Sin embargo, es probable que la supuesta “oscuridad” también se haya popularizado, no haciendo referencia a la luz del Sol, literalmente, sino, metafóricamente, a la mirada humana. Piénsese lo siguiente: se estima que han existido alrededor de 117 mil millones de seres humanos. Hoy, unos ocho mil millones estamos vivos. De todos ellos, sólo 24 personas habían visto con sus propios ojos el lado lejano de la Luna. Después de más de 50 años, ayer, los cuatro astronautas de la misión Artemis II se sumaron a esos privilegiados, sumando 28 los seres humanos que han conseguido verlo.
Secretos como este han aureolado a nuestro satélite de un atractivo misticismo que ha llevado a la Luna a nuestros mitos, religiones, refranes, canciones, poemas, pinturas…, en pocas palabras, la ha vuelto una constante en nuestras expresiones intelectuales, espirituales y artísticas. Observarla “de cerca” y que sepamos más de ella es buena noticia; la mala podría derivar de por qué queremos hacerlo. Resulta que el objetivo a mediano plazo de la misión es llegar a establecer una base lunar equipada con módulos de alunizaje, hábitats, vehículos y drones exploradores que nos permita volver recurrentemente para que consigamos establecer una base permanente que, a largo plazo, sirva de plataforma para explorar Marte, para comenzar. Y no sería tan mala noticia si no se enmarcara en una competencia internacional, que ya se ha bautizado como: “nueva carrera lunar”, entre Estados Unidos y Canadá, representantes de Occidente, y China y Rusia, de Oriente, o si la experiencia nos hubiera demostrado que, hasta ahora, nuestro satélite ha estado mejor lejos de nosotros.
POCOS SABEN
La Luna regula las mareas, estabiliza el clima, fija la inclinación del eje terrestre y sincroniza los ritmos biológicos de plantas y animales. Lo anterior estuvo amenazado a finales de los años 50, en medio de la Guerra Fría y de la primera carrera lunar, porque Estados Unidos estuvo cerca de bombardearla con un proyectil nuclear, sólo con fines propagandísticos ante la Unión Soviética.
