¿Más vitaminas significa mejor alimentación? Los límites de los alimentos fortificados

Los alimentos fortificados pueden ayudar a cubrir deficiencias nutricionales, pero no sustituyen una dieta equilibrada ni garantizan beneficios por sí solos.

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Los alimentos fortificados podrían ayudarImagen generada con IA

En el supermercado, el mensaje parece sencillo: productos “con más vitaminas”, “enriquecidos” o “fortificados” prometen cerrar brechas nutricionales con solo incorporarlos a la dieta diaria. Sin embargo, la evidencia científica y la experiencia clínica coinciden en algo menos cómodo: ningún alimento, por sí solo, garantiza una mejor salud. La fortificación puede ayudar, pero no sustituye una alimentación equilibrada ni corrige los problemas estructurales de la dieta.

Durante la presentación de una reformulación de Nutri, especialistas en nutrición insistieron en ese punto.

“No hay ningún producto del que te podamos decir: consúmelo y va a tener un beneficio”, señaló Mary Mondragón, directora de Nutrición de Grupo Lala, al hablar sobre los posibles beneficios cardiovasculares de sustituir grasa láctea por grasa vegetal.

La afirmación no es menor en un contexto donde la fortificación suele presentarse como una solución rápida a deficiencias persistentes.

Fortificar no es lo mismo que alimentar mejor

La fortificación consiste en añadir vitaminas y minerales a un alimento para ayudar a cubrir carencias nutricionales frecuentes en la población. En México, estas deficiencias están bien documentadas por la ENSANUT, que ha identificado déficits recurrentes de vitamina A, vitamina D, hierro, zinc y vitaminas del grupo B.

Con base en estos datos, distintos productos han incorporado micronutrientes de forma intencionada. En el caso de Nutri, se trata de un producto lácteo combinado cuyo ingrediente principal sigue siendo la leche, pero que ha sido modificado para retirar grasa saturada de origen animal, sustituirla por grasa vegetal y añadir vitaminas y minerales específicos para la población mexicana.

El problema surge cuando la fortificación se interpreta como sinónimo de alimentación adecuada.

“La salud cardiovascular no depende de un alimento, sino de una dieta completa: frutas, verduras, proteínas, lácteos y grasas con perfiles saludables”, subrayó Mondragón.

Incluso las grasas vegetales recomendadas —ricas en ácidos grasos linoleico y linolénico— solo muestran beneficios cuando forman parte de un patrón alimentario equilibrado .

La ciencia empieza a mirar más allá de las vitaminas

Esta visión coincide con una tendencia reciente en investigación nutricional: dejar de evaluar los alimentos solo por nutrientes aislados. Un artículo de revisión publicado en The Journal of Nutrition sobre el concepto de food matrix explica que los efectos de un alimento en la salud dependen no solo de sus vitaminas o minerales, sino de cómo esos nutrientes están organizados dentro del alimento, cómo se procesan y cómo se consumen dentro de la dieta total.

El estudio advierte que centrarse exclusivamente en componentes individuales —como “más vitamina D” o “más hierro”— puede llevar a conclusiones simplistas. La matriz alimentaria, es decir, la estructura física y química del alimento, influye en la absorción, el metabolismo y el impacto real en la salud. Por eso, los autores señalan que trasladar estos hallazgos al consumidor requiere cautela y evitar mensajes reduccionistas.

En otras palabras: más nutrientes en la etiqueta no siempre significan mejores efectos en el organismo.

Cuando la fortificación ayuda… y cuando genera nuevos problemas

Un segundo estudio, publicado en The American Journal of Clinical Nutrition, analizó el impacto de la fortificación con ácido fólico en alimentos básicos en México —como pan y tortillas— utilizando datos de la ENSANUT 2012.

Los resultados muestran un panorama complejo: al contabilizar la fortificación, disminuye la proporción de personas con ingesta insuficiente de folato, pero también aumenta el riesgo de consumo excesivo en ciertos grupos, especialmente en niños.

El estudio concluye que la fortificación no regulada puede producir ingestas impredecibles, sin lograr plenamente su objetivo principal —proteger a mujeres en edad reproductiva— y, al mismo tiempo, exponiendo a otros grupos a niveles superiores a los recomendados.

Este hallazgo refuerza una idea clave: la fortificación puede ser una herramienta útil de salud pública, pero no reemplaza políticas alimentarias integrales ni hábitos saludables, y requiere monitoreo constante.

¿Entonces sirven o no los alimentos fortificados?

Desde la nutrición clínica y la salud pública, la respuesta es menos tajante de lo que suele presentarse en la publicidad. Los alimentos fortificados pueden complementar dietas incompletas, especialmente en contextos donde el acceso a alimentos frescos es limitado. Pero no corrigen por sí solos deficiencias estructurales, ni sustituyen frutas, verduras, leguminosas o proteínas frescas.

“La dieta tiene que incluir todos los alimentos que te hacen bien. Todo entra y todo cumple diferentes papeles”, recalcó Mondragón al aclarar que estos productos no buscan modificar las recomendaciones del Plato del Bien Comer, sino ofrecer un apoyo adicional cuando la dieta cotidiana no alcanza a cubrir ciertos nutrientes.

Más que preguntar si un producto “tiene más vitaminas”, la evidencia apunta a una pregunta más amplia —y más incómoda—: ¿cómo se ve el resto del plato y el patrón alimentario en su conjunto?