Manual de navegación para el mundo sin reglas

Por Ormuz pasa una quinta parte del petróleo mundial. Y los que van a pagarlo no son quienes tomaron las decisiones.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Ayer dejamos la columna en el momento del diagnóstico. El orden liberal de las últimas cuatro décadas terminó. No como metáfora, sino como realidad verificable en cada frente abierto, en cada institución vaciada, en cada tratado ignorado con la despreocupación de quien sabe que no habrá consecuencias. El mundo ya fue. Y hoy toca la pregunta más incómoda: ¿qué viene?

El primer dato que ordena todo lo demás es Irán. El conflicto que inició el 28 de febrero con bombardeos aéreos de Estados Unidos e Israel sobre varias ciudades iraníes (mientras estaban en curso negociaciones diplomáticas) resultó en el asesinato del líder supremo Alí Jameneí, miles de muertos entre civiles, y represalias iraníes con misiles y drones contra bases estadunidenses en media docena de países de la región. Lo más perturbador no es la brutalidad del ataque, sino su absoluta improvisación: Estados Unidos lo realizó sin un plan claro, y funcionarios, incluido el propio Donald Trump, han ofrecido diversas y cambiantes razones para lanzarlo. Una guerra sin doctrina. Una potencia nuclear disparando primero y explicando después.

Las consecuencias energéticas son inmediatas. La Guardia Revolucionaria iraní declaró que el Estrecho de Ormuz no era seguro para el tránsito; el tráfico comercial se había reducido ya en 70 por ciento y los precios del crudo comenzaron a aumentar. Por Ormuz pasa una quinta parte del petróleo mundial. Y los que van a pagarlo no son quienes tomaron las decisiones.

Europa, mientras tanto, ya no disimula el pánico. Von der Leyen ha declarado que la Unión Europea ya no puede confiar en un orden mundial basado en reglas y debe proyectar su propio poder. Varios países van a reintroducir el servicio militar. Las repúblicas bálticas y Polonia alcanzarán o rozarán 5 por ciento del PIB en gasto en defensa. El viejo continente, que construyó su identidad sobre la promesa de nunca más, está volviendo a contar soldados.

Hay tres lecturas posibles sobre lo que viene y ninguna es reconfortante. La primera: una crisis de transición que producirá un nuevo equilibrio multipolar con reglas distintas, pero reglas al fin. Es la más optimista y la menos sustentada en los hechos. La segunda: el regreso estructural a la política de poder puro, un mundo hobbesiano donde la paz no es un derecho, sino una negociación entre quienes tienen armas suficientes. Esta tiene demasiada evidencia a su favor. La tercera —y la más perturbadora—: que todavía no hemos visto lo peor. En contextos de alta tensión, el mayor peligro, más que la intención, es el cálculo incorrecto. Un error de interpretación o una respuesta desproporcionada pueden acelerar la escalada.

Un mapa sin cartógrafo, una transición sin plan de aterrizaje. Mañana hablaremos de qué significa todo esto para México, que no está mirando este tablero desde las gradas, sino desde el centro de la cancha, con mucho menos margen de maniobra del que su gobierno parece advertir.