Cómo el estrés afecta al cerebro y puede desencadenar un accidente cerebrovascular
El cortisol liberado por el estrés constante puede alterar la presión y dañar las arterias, elevando el riesgo de un accidente cerebrovascular.

Aunque el estrés suele asociarse con cansancio o ansiedad, sus efectos pueden ser mucho más profundos. Cuando se prolonga en el tiempo, el estrés crónico puede alterar el funcionamiento del cerebro y del sistema circulatorio, incrementando el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular (ACV).

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El vínculo entre el estrés y el cerebro
Un accidente cerebrovascular (ACV) ocurre cuando el flujo de sangre hacia el cerebro se reduce o se interrumpe. Sin oxígeno ni nutrientes suficientes, las células cerebrales comienzan a dañarse o mueren, provocando lesiones que pueden dejar secuelas permanentes.
Mayo Clinic indica que se trata de una emergencia médica que requiere atención inmediata, pues cada minuto sin atención puede aumentar el daño cerebral.
Diversos factores pueden elevar el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular, y uno de los más comunes —aunque frecuentemente subestimado— es el estrés, señala un artículo publicado por Banner Health.
Esta es la forma en que el cuerpo y la mente reaccionan ante situaciones que perciben como un desafío o una amenaza.
En pequeñas dosis, el estrés puede ayudarnos a mantenernos concentrados y resolver problemas. Sin embargo, cuando se vuelve constante o intenso, puede alterar funciones vitales del cuerpo y aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares y neurológicas, incluido el ACV.
Tipos de estrés y sus efectos
Los especialistas suelen distinguir dos tipos principales de estrés:
- Estrés agudo: aparece como respuesta inmediata a un evento puntual, como una presentación importante o un examen. Es parte normal de la vida y, en general, desaparece al resolver la situación.
- Estrés crónico: se mantiene durante largos periodos de tiempo. Suele estar relacionado con problemas laborales, económicos o familiares, o incluso con pequeñas tensiones diarias que se acumulan. Este tipo de estrés, cuando se prolonga, puede dañar el corazón, elevar la presión arterial y alterar el equilibrio químico del cerebro.
Un estudio de Mayo Clinic advierte que el estrés crónico prolonga la activación del sistema nervioso simpático —el responsable de la respuesta de “lucha o huida”—, lo que genera aumento de la presión arterial, frecuencia cardíaca elevada y tensión muscular persistente. Estos efectos, mantenidos en el tiempo, son perjudiciales para el sistema cardiovascular.

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Cómo responde tu cuerpo al estrés
Cuando el cuerpo se enfrenta a una situación estresante, libera cortisol, conocida como la hormona del estrés.
Esta sustancia tiene la función de preparar al organismo para reaccionar ante el peligro: aumenta la glucosa en la sangre, acelera el pulso y eleva la presión arterial, permitiendo una respuesta rápida.
Según información de Banner Health, este mecanismo es útil en el corto plazo, ya que proporciona más oxígeno y energía a los músculos. Sin embargo, cuando el estrés se vuelve constante, esa reacción deja de ser una aliada y se convierte en una amenaza para la salud.
El exceso prolongado de cortisol daña los vasos sanguíneos, favorece la acumulación de grasa en las arterias (aterosclerosis) y altera la coagulación y los procesos inflamatorios, lo que puede interferir en el flujo sanguíneo hacia el cerebro. Estos cambios aumentan la probabilidad de desarrollar un accidente cerebrovascular o un infarto cardíaco.
Además, el estrés crónico suele venir acompañado de hábitos poco saludables: mala alimentación, consumo de alcohol o tabaco, falta de sueño o sedentarismo.
Cómo identificar las señales de estrés
En ocasiones, el estrés se nota de inmediato: tensión muscular, irritabilidad o cansancio extremo. Pero otras veces puede pasar desapercibido, ya que las personas suelen normalizar la sobrecarga diaria.
El estrés puede manifestarse de distintas formas:
- Síntomas físicos: dolores de cabeza frecuentes, rigidez en el cuello o espalda, fatiga, alteraciones del sueño, aumento de peso o incluso cambios en la presión o el azúcar en sangre.
- Cambios emocionales: irritabilidad, ansiedad, tristeza o sensación de estar abrumado.
- Efectos cognitivos: dificultad para concentrarse, olvidos o pensamientos acelerados.
- Cambios en el comportamiento: comer en exceso, consumo de tabaco o alcohol y aislamiento social.
Prestar atención a estas señales permite actuar a tiempo, antes de que el estrés derive en un problema mayor. Una charla con un amigo, un descanso adecuado o la atención psicológica oportuna pueden marcar la diferencia.

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Estrés y riesgo en adultos jóvenes
Aunque durante años se pensó que el ACV era una enfermedad exclusiva de personas mayores, hoy los especialistas alertan que cada vez afecta a más jóvenes.
De acuerdo con la Fundación Española del Corazón, el estrés laboral y las jornadas extensas son factores que incrementan el riesgo de padecer un accidente cerebrovascular antes de los 40 años.
El exceso de trabajo, la falta de sueño y la presión constante activan de manera crónica la respuesta hormonal del cuerpo, lo que dispara la presión arterial y acelera el desgaste del sistema circulatorio.
A largo plazo, esto puede traducirse en un daño vascular que compromete tanto al corazón como al cerebro.
Cómo reducir el estrés y cuidar tu salud
Los expertos en salud coinciden en que cuidar la mente es una forma de cuidar el cuerpo. La Fundación Española del Corazón y Mayo Clinic recomiendan incorporar en la rutina diaria algunas prácticas sencillas que ayudan a reducir el estrés y proteger la salud cardiovascular:
1. Mueve el cuerpo
La actividad física regular —caminar, bailar, nadar o practicar yoga— ayuda a liberar endorfinas, las hormonas del bienestar, que reducen la tensión y mejoran el estado de ánimo.
2. Cuida tu alimentación
Opta por una dieta rica en frutas, verduras, cereales integrales y grasas saludables (como las del aguacate o el aceite de oliva). Evita el exceso de azúcar, cafeína y alcohol, ya que pueden aumentar la ansiedad y alterar el sueño.
3. Duerme lo suficiente
Dormir bien es fundamental para mantener el equilibrio emocional. Intenta dormir entre 7 y 8 horas diarias, establecer horarios regulares y evitar pantallas antes de acostarte.
4. Practica técnicas de respiración o relajación
Ejercicios como la respiración de coherencia cardíaca pueden ayudar a disminuir la frecuencia cardíaca y estabilizar la presión arterial. Consiste en inhalar por la nariz durante cinco segundos y exhalar por la boca otros cinco, durante unos minutos. Este simple hábito genera una sensación de calma casi inmediata.
5. Busca apoyo profesional
Si la tensión emocional es persistente, es importante buscar ayuda psicológica o psiquiátrica. La terapia puede brindar herramientas para manejar el estrés de forma saludable y evitar que se transforme en un riesgo físico.
El estrés es una respuesta natural y necesaria del cuerpo, pero cuando se vuelve crónico deja de ser un aliado. Controlarlo no solo mejora el bienestar mental, sino que también protege al cerebro, el corazón y los vasos sanguíneos.
En palabras de la Mayo Clinic, “aprender a manejar el estrés puede ser tan importante como tomar medicamentos para prevenir enfermedades cardiovasculares”.
Dedicar unos minutos al autocuidado, priorizar el descanso y mantener hábitos saludables es, en realidad, una inversión directa en la salud cerebral y emocional.
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