La narconómina y la verdadera batalla
Hay una ventana que se cierra. Cuando un capo muere, los operadores buscan proteger activos, mover dinero, borrar huellas.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
En las cabañas de La Loma, en Tapalpa, los peritos de la FGR no encontraron sólo las huellas de un capo prófugo. Encontraron la contabilidad del Cártel Jalisco Nueva Generación. Documentos manuscritos y digitales con nombres, alias, montos, frecuencias de pago y redes de complicidad institucional. La radiografía del músculo financiero de la organización criminal más expansiva del hemisferio. Y ahí reside la verdadera oportunidad estratégica tras la muerte de El Mencho —una que, si no se aprovecha con urgencia, se convertirá en una más de las victorias tácticas diluidas por la inercia institucional mexicana—.
Sólo en diciembre de 2025, el CJNG registró ingresos por 8.7 millones de pesos únicamente en Tapalpa. Los costos operativos incluían 138 mil pesos a la policía municipal —20% de su nómina— y sobornos etiquetados como “gobierno”, “PGR” y “Judas”. Aparecen 650 mil pesos para “GN Mich Picten”. Treinta y dos halcones cobrando entre 2,500 y 3,000 pesos semanales; 26 pistoleros a cuatro mil. Y los gastos en dólares: 2 millones a “Mono Flako”, 600 mil bajo el concepto “regalos de nietos”. Sumando Cocula y Tapalpa, la ganancia mensual superaba los 17 millones de pesos. Sólo en dos municipios de Jalisco.
El CJNG opera en 40 países con activos estimados en 50 mil millones de dólares. Su brazo financiero, Los Cuinis, perfeccionó redes chinas de lavado, criptomonedas y comercio exterior. Las propias cabañas donde El Mencho fue localizado figuraban en la lista negra de la OFAC desde 2020. Su hija Jessica Johanna (a quien le confieren “genio financiero”) fue detenida en Washington por facilitar lavado a través de esos complejos turísticos. El modus operandi estaba documentado internacionalmente. Y el capo seguía operando desde ahí.
El argumento central, el más incómodo: matar al líder no es desmantelar la organización. Benjamín Arellano Félix, Osiel Cárdenas, El Chapo o El Mayo: a ninguno le fueron confiscados oportunamente activos financieros tras su captura. Las organizaciones se fragmentaron, mutaron y se volvieron más violentas. El propio CJNG nació de las cenizas del Cártel del Milenio tras la captura de su cúpula. La estrategia kingpin produce resultados incompletos sin asfixia financiera.
Y hay una ventana que se cierra. Cuando un capo muere, los operadores buscan proteger activos, mover dinero, borrar huellas. Cada día sin congelar cuentas ni rastrear empresas fachada es un día en que la estructura puede reagruparse. Colombia enseñó que la captura de capos sólo funciona acompañada de investigación financiera profunda y presencia del Estado en los territorios recuperados.
La narconómina de El Mencho es una brújula hacia las venas financieras del cártel. Los nombres de El Sapo, El Meño y La Gallina son nodos de una red que puede ser rastreada y desarticulada. El verdadero campo de batalla no está en la sierra de Jalisco. Está en las cuentas bancarias, las plataformas de criptomonedas, cada nómina municipal contaminada y cada soborno etiquetado como “Gobierno” en un cuaderno escrito a mano.
Los cárteles no se destruyen sólo cortando cabezas, sino cortando también flujos de dinero. La narconómina es, paradójicamente, el regalo más valioso que pudo dejar un capo muerto. Falta saber si alguien, del otro lado de la ley, sabrá aprovecharlo.