Más allá de la ley del más fuerte

La lógica del más fuerte puede ser más rápida y más visible, pero su costo humano es elevado. La imposición genera obediencia, la legitimidad genera adhesión.

Vivimos en un tiempo que vuelve a hablar con naturalidad de imposición y dominio. La lógica del más fuerte parece reaparecer como criterio suficiente para ordenar el mundo. Se impone quien puede, prevalece quien tiene más recursos, gana quien logra doblegar al otro. Pero la historia enseña que lo que se impone por la fuerza puede conquistar territorios, pero rara vez conquista legitimidad duradera.

Gobernar no es lo mismo que dominar. Gobernar implica orientar, custodiar y proyectar un futuro común. Supone asumir responsabilidad por las personas y por el orden que se construye. Y para eso hay una condición previa que rara vez se menciona en los manuales de estrategia: para gobernar hay que comprender, respetar y estar dispuesto a asumir responsabilidades.

La ley del más fuerte puede producir un vencedor y establecer un orden inmediato. Puede silenciar al adversario, modificar fronteras o imponer una ideología. Pero casi siempre deja tras de sí rencores históricos y fracturas generacionales. La violencia puede reconfigurar el mapa, pero es incapaz de reconstruir el tejido social que ha sido erosionado.

La historia de los imperios es elocuente. Roma en su momento de mayor esplendor, ejerció un poder militar, político y económico sin precedentes. Marco Aurelio en sus Meditaciones, reflexionaba sobre el deber, la disciplina y la responsabilidad del gobernante frente al orden que debía custodiar. Incluso desde su visión estoica, comprendía que el poder sostenido únicamente por la fuerza estaba siempre expuesto a la fragilidad humana y a la erosión del tiempo. La autoridad que no descansa en convicciones compartidas termina dependiendo exclusivamente de la coerción. Los grandes imperios han dejado huella, pero también cicatrices.

Frente a esta lógica, el cristianismo introdujo una comprensión distinta del poder. No nació con ejército ni con poder económico. No se expandió mediante imposición militar. Surgió desde una propuesta ética y antropológica. Mientras el poder político preservaba el orden mediante la coerción, las primeras comunidades cristianas construían redes de cuidado social, atendían enfermos, huérfanos y viudas; reconocían valor donde antes había descarte. No gobernaban desde el trono, pero sí generaban cohesión cultural. Su influencia no fue inmediata ni espectacular; fue profunda y transformadora.

No se trata de romantizar la historia, sino de reconocer la constante de que el poder que trasciende no es el que doblega, sino el que construye legitimidad. La lógica del más fuerte puede ser más rápida y más visible, pero su costo humano es elevado. La imposición genera obediencia, la legitimidad genera adhesión. El miedo produce control, la convicción compartida produce estabilidad.

Se puede gobernar desde la coerción o desde la autoridad moral. Se puede dirigir desde el cálculo inmediato o desde una visión de largo plazo. Se puede transformar mediante decretos o mediante cultura. Lo segundo es más lento, pero más duradero.

Quien gobierna exclusivamente con la lógica de la fuerza obtiene resultados inmediatos, pero no construye permanencia. Gobernar con responsabilidad implica conocer aquello que se gobierna, comprender su historia, respetar su identidad y tomar decisiones que busquen su bien integral, incluso cuando son exigentes.

Los líderes que han marcado la historia no fueron únicamente estrategas eficaces, fueron personas capaces de reconocer en los demás algo más que instrumentos de poder. Supieron que la cohesión social no se impone, se construye. Que el orden sostenible requiere justicia. Que la estabilidad auténtica exige sentido compartido.

Hoy cuando las tensiones globales vuelven a exhibir la tentación de resolver disputas mediante la fuerza, conviene recordar que el mundo puede cambiar por imposición, pero sólo se transforma de manera duradera cuando cambia la conciencia de las personas. Las ideologías pueden imponerse pero las convicciones se forman.

Para gobernar —una nación, una institución, una empresa o una universidad— no basta con tener poder. Es necesario asumir responsabilidad por su destino. La fuerza puede conquistar pero no está llamada perdurar. La primera deja memoria de victoria; la segunda deja estabilidad histórica. Y al final, es esa estabilidad la que determina qué permanece cuando el poder pasa y los imperios caen.

X