Las mil y una mañanas
Ese día cayó el silencio. La gente, aterrada. Por bloqueos, no salió a la calle y menos a carreteras. Cancelaron vuelos; disturbios en un penal. Transporte público paralizado. Incendios por doquier. Más de medio país, lugar propicio para fantasmas. Hubo refugiados en zoológicos y en pueblos en vilo.
Con dolor por las vidas perdidas
“En lo que transcurrió la reciente antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, él, el más sabio entre los sabios, el más poderoso y el más benéfico, le dio a su pueblo una lección. El día para detener al descarriado criminal, se fue lejos, sin dañar su investidura. Negoció sus intereses y ordenó liberarlo.
Como los descarriados han pululado cual plaga maldita, me tocó atrapar al más poderoso. Recordé y me fui lejos, lejos. Cuando me avisaron de la detención del malandro, me distraje con unas vecinas. No podía imitar al gran maestro. El Gran Depredador amenazaba la serenidad del reino. A quienes propalan rumores, les dije que mi general informaría. Por mi modestia, bella virtud femenina, él, heroico y justiciero, valorará mi empeño. Las ciudades ardieron. Las fuerzas del orden hicieron cuanto pudieron. Al anochecer, mande mensaje, la vida recuperaba su ritmo.
Ese día amaneció templado. Mi señor es siempre madrugador y ésa fue la afortunada ocasión para seguir sus pasos. Hacia las seis de la mañana, una lluvia ligera no impidió cumplir la misión. El plan se preparó al milímetro y al segundo. Unos empleados del Gran Depredador hablaron con mi general y le dieron avisos.
Al siguiente día, informar al pueblo bueno y sabio, sin decir mucho. Mi general tomó en sus manos la comisión. El dolor asomó y estrujó sus palabras, emotivo y noble mensaje humano. Luego, siguió con el ingrato relato de lo vivido allá, en un pequeño y bello pueblito. Mi secretario de Seguridad dijo lo mínimo. Las palmas bien merecidas, se las llevó el general.
¡Gloria a Allah! protegió a los nuestros por mi señor, hijo favorito y yo, su heredera. Llegaron al ultralujoso nido de amor, por una escurridiza sílfide, por la cual el malandro más poderoso estaba alucinado. ¡Oh!, el ciego amor lo perdió, una pasión malsana. ¡Sería un prodigio ver salir a un hombre indemne de la seducción de las mujeres! La sílfide será desgraciada para siempre. Fue sólo la carnada del traidor.
En cuanto mis hombres llegaron a la cercanía del nido, fueron atacados por guardias del malandro. No se rindieron. Un gran estruendo estalló. Rayos y centellas, balazos y gritos aterradores inundaron el entorno y hasta las ardillas se fugaron aterradas. Los malandros, al verse perdidos, intentaron huir, les dieron alcance y los derribaron. ¡Oh! señor, una mañana terrorífica, pero tu sabiduría y templanza los acompañó cada instante.
Más valía muerto y quizá, miró a los ojos su destino. Su imperio del mal, enorme. Secuaces por todas partes. Sólo confío en ti y en mi secretario. Mi señor, necesito tu comprensión y consejo. El Gran Depredador mandó mensaje: hay que intensificar la batalla. ¡Oh, poderoso señor, no me sueltes de tu mano! Lo sabes, soy sólo una gacela de Thomson, cabeza fría para huir de depredadores, dicen que ágil y elegante, pero estoy perdida. Son tantos los hilos de este enredo. Rondan sombras de miedo.
Ese día cayó el silencio. La gente, aterrada. Por bloqueos, no salió a la calle y menos a carreteras. Cancelaron vuelos; disturbios en un penal. Transporte público paralizado. Incendios por doquier. Más de medio país, lugar propicio para fantasmas. Hubo refugiados en zoológicos y en pueblos en vilo.
¡Oh, hábil y cauteloso adalid! del huachicol, estoy atenta. Que el Gran Depredador no sople ese abanico, por piedad, sería calamitoso. Las palabras muerte y guerra prohibidas por ti, ¡oh! sublime sabio, ya no se escuchan. Teuchitlán fue pedrada contra la frágil mentira.
Allah, ¡que mi señor no se enoje! Imploro que otros compañeros no crean que es tiempo para cultivar cartelitos. Escucho y obedezco líneas para la reforma electoral. Presagian turbulencias. Afortunadamente, esa preciosa fortaleza donde reposas tranquilo, no fue tocada ni por el estruendo de la batalla”.
