Por mi raza hablará el espíritu

Con el triunfo de la Revolución, derivada del hartazgo popular al que orilló el porfirismo, y la profunda transformación que implicó para la vida pública, llegó a la Rectoría de la UNAM el mítico José Vasconcelos

Por Fadlala Akabani

Escribo este artículo como un orgulloso egresado de la máxima casa de estudios de México, la Universidad Nacional, la autónoma, la nacionalista, la latinoamericanista, la mexicana, la nuestra, la Universidad Nacional Autónoma de México.

Aclaro, primero, que asistí a una UNAM diversa, inclusiva y solidaria. Tuve el privilegio de cursar el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria No. 1, cuya sede fue hasta 1980 el número 16 de Justo Sierra en el Centro Histórico, más precisamente, en el edificio conocido como Antiguo Colegio de San Ildefonso.

La propia historia del cómo este edificio del siglo XVIII, y altísimo valor patrimonial, pasó a ser propiedad de la Universidad Nacional se entrecruza con la historia nacional: construido y usado por los jesuitas como colegio, dejó de pertenecerles tras el decreto de expulsión (1767) que recayó sobre la orden en las postrimerías del periodo colonial.

En las etapas más oprobiosas del México independiente, del mismo México que ha ido en contra del colonialismo europeo y el imperialismo estadounidense, el Colegio de San Ildefonso llegó a fungir como cuartel de las tropas estadounidenses en 1847 y del ejército francés en 1862, sus paredes pueden contarnos el dolor de la humillación política, tras la derrota militar.

La profunda transformación de la vida pública nacional –la segunda– que representó el gobierno liberal de Benito Juárez trajo la reivindicación para el recinto, pues le fue asignada la tarea de albergar a la recientemente creada Escuela Nacional Preparatoria en 1867. Su primer director fue Gabino Barreda, médico y filósofo, que combatió la intervención de Estados Unidos (1846-1847); estudió medicina en Francia donde estuvo fuertemente influenciado por la filosofía positivista de Auguste Comte, del que fue alumno. Fue Gabino Barreda quien imprimió a la Escuela Nacional Preparatoria el espíritu de las ideas positivistas y la aplicación del método científico en la pedagogía de la UNAM y del país entero, y no el burdo “afrancesamiento” que distinguió al porfiriato.

Con el triunfo de la Revolución Mexicana, derivada precisamente del hartazgo popular al que orilló el porfirismo, y la profunda transformación que implicó para la vida pública –la tercera– llegó a la Rectoría de la Universidad Nacional el mítico José Vasconcelos, fundador de la Secretaría de Educación Pública, cuyo prolijo legado político-pedagógico también incluyó la creación del escudo y lema universitario.

El escudo, con el águila mexicana y el cóndor andino, es un reconocimiento a la historia e identidad común de los pueblos de América, de nuestra América, la América Latina. Los nopales, parte insustituible del mito fundacional de este país y el lema: “Por mi raza hablará el espíritu”; al que explicaba como el despertar de una larga noche, un corolario a su acción como rector en la que buscó formar universitarios al servicio del pueblo y apartó a la universidad del elitismo que impregna y contamina la vida académica.

Aprovechando la libertad otorgada por Álvaro Obregón, José Vasconcelos llevó una nueva reivindicación al recinto del número 16 de Justo Sierra, la de impregnar al recinto de una estética acorde a los tiempos políticos de transformación; para ello dispuso de los maestros del movimiento muralista, Orozco, Rivera y Siqueiros, que no tuvieron empacho alguno en hacer que aquellas paredes, testigo de la infamia extranjera, pudieran contarnos a los preparatorianos otra historia, una de reivindicación a los pueblos originarios del México prehispánico y una mirada esperanzadora hacia el futuro, motivado por la victoria popular de una revolución armada.

Tras concluir el bachillerato, estudié Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde tuve el privilegio de contar con profesores chilenos y argentinos, perseguidos políticos del plan Cóndor, que nos motivaron a estar orgullosos del pueblo mexicano y honrarlo con nuestro ejercicio profesional; a no darle la espalda nunca, pues el privilegio del que éramos usufructuarios se lo debíamos al pueblo que con su trabajo pagaba nuestra oportunidad de acceder a la mejor educación en México. Entendieron y adoptaron como suyo el espíritu que Vasconcelos imprimió en nuestra universidad, la Universidad Nacional, la mexicana, la latinoamericanista.

Voces opositoras, desde la más absoluta desesperación, se lanzan a la supuesta defensa de la UNAM, una universidad en la que no estudiaron y a la que no sólo no entienden, sino desprecian profundamente. La UNAM y sus profesionales al servicio del pueblo estamos llamados a alzar la voz ante la injusticia social o denunciar con datos y fundamentos las atrocidades como la falsa guerra al narco, una corrupción generalizada o el saqueo de los recursos energéticos a nombre de las energías verdes.

La mezquina oposición pretende confundir, tergiversando conceptos como autonomía y pluralidad; pueden mentir en busca de ejercer influencias en un espacio como la UNAM, pero

no pueden cambiar la historia de México ni tampoco la de su universidad pública. El Presidente busca recuperar el espíritu vasconcelista de la UNAM como una conciencia crítica colectiva centrada en servir al pueblo y a la nación, no una entelequia elitista al servicio del mercado y apartada de la realidad.

Temas: